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SOCIEDAD
Historias de amor del hombre nuevo: Raidel y Julie
Luis Cino
LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - Raidel
nunca tuvo nada. Ni un padre ni una casa, ni siquiera
ropa presentable para ir a una fiesta. Vivía
en una ruinosa cuartería, que siempre olía
a orines y kerosén, con un tío viejo
que casi nunca estaba. Tenía a su madre,
invariablemente cansada, los pocos ratos que le
dejaba la microbrigada.
En busca de un apartamento propio, la mujer trabajaba
12 horas diarias, de lunes a sábado, y
dos domingos al mes. Además de las guardias
obreras. Todavía era joven. Algunas noches
salía con algún enamorado. Cuando
estaba en casa, lo que hacía era pelear
y dormir.
Raidel salió jactancioso. Suplía
sus carencias presumiendo de tener las cosas que
no tenía. Nadie osaba contradecirlo. Podía
costarle caro. Si algo sabía hacer Raidel,
además de "bisnear" y aguantar
alcohol, era enredarse a golpes con cualquiera.
Tenía suerte con las mujeres y los negocios,
pero soñaba con tener un hijo y crear un
hogar.
Tras 12 años en la microbrigada, a su
madre le asignaron un pequeño apartamento
en el Reparto Eléctrico. Se mudó
con su nuevo marido y sugirió a Raidel
que se buscara una mujer que tuviera casa.
Cuando conoció a Julie, Raidel dormía
con frecuencia en casa de Elena, una peluquera
cuarentona y divorciada que no estaba nada mal.
Se buscaba los pesos y lo tenía cómodo
como un príncipe. Él tenía
20 años y quería tener un hijo.
Aprovechó uno de sus frecuentes ataques
de celos para tirar a Elena contra el sofá
y gritarle: "¡Ya no me gustas, vieja
comemierda!"
Se fue dando un portazo que estremeció
el edificio.
Julie tenía 17 años, ojos azules
y una cara que mareaba. Algo le dijo a Raidel
que esa sería la mujer que lo haría
eternamente feliz. No podía sacarla de
su cabeza. No paró hasta acostarse con
ella.
La muchacha había abandonado el pre-universitario
en el campo hacía seis meses. Esperaba
el regreso de un canadiense que se iba a casar
con ella para llevársela. El tipo nunca
volvió. Había un italiano con similar
oferta. Recién había partido hacia
Milán.
El padre de Julie vivía en Atlanta, Georgia.
Desde hacía 15 años no sabía
de él. Vivía con su madre en una
casucha de madera al centro de un terreno que
alguna vez estuvo sembrado. Ahora lo invadían
las hierbas y los escombros.
Raidel y Julie llevaban varios meses saliendo
juntos cuando la madre de la muchacha murió
aplastada por las ruedas de un camión,
una noche de fin de año. Regresaba a Mantilla
en bicicleta, borracha. En una bolsa de nylon
llevaba la cena de Julie.
Cuando llegaron a avisar, Raidel y Julie dormían
abrazados la borrachera reforzada con marihuana
en la cama de la madre. Antes de desmayarse, Julie
gritó: "¿Por qué, si
es lo único que tengo?"
El amanecer frío del primer día
de 1998 agarró a Raidel en la semidesierta
funeraria, tratando de calmar a Julie. La abrazó,
pasó su lengua por sus lágrimas
y le prometió que nunca la abandonaría.
Después del entierro, se fue a vivir con
ella. Dos meses después Julie salió
otra vez a "jinetear" en el Vedado.
Con lo que Raidel se buscaba no alcanzaba para
vivir. Él comprendió que era necesario
que ella siguiera "luchando". A menudo
la acompañaba y la ayudaba a buscar "los
puntos". Si había algún problema
él estaba cerca, listo para protegerla.
Los celos no eran problema. Raidel se sentía
seguro. Todas, también Julie, decían
que él era un "master en la cama".
Además, los extranjeros son muy raros.
Algunos no llegaban a hacerlo con ella. Un alemán
se conformaba con que lo abofeteara, le arañara
el pecho, le mordiera la espalda y le tocara las
nalgas. Otros preferían verla acariciando
y besando a otra "jinetera". Con los
que había que hacerlo no era gran cosa.
En definitiva se trataba de un negocio como cualquier
otro.
Llevaban dos años así cuando volvió
Salvatore. Vino cargado de regalos. Julie le presento
a Raidel como un hermano que vivía en Camagüey.
Los dos jóvenes hicieron muy buenas migas
y se emborracharon en la disco del hotel Comodoro.
El italiano se llevó a Julie una semana
a Varadero. Raidel se quedó en la casa
cuidando los puercos, ocupado en sus negocios
y bebiendo con sus amigos las botellas que dejó
Salvatore.
Antes de irse, Salvatore le confesó a
Julie que se había casado, que su esposa
estaba embarazada, y le regaló 500 dólares.
Fue su último viaje a Cuba.
Con ese dinero, sumado a los 300 dólares
y 10 mil pesos que habían logrado reunir
entre los dos, decidieron que había terminado
el "jineteo". Se casaron y acordaron
tener un hijo. Fabricarían una linda casa
de mampostería. El terreno estaba ahí,
enyerbado, esperando por ellos.
Nadie dijo que sería fácil. Raidel
se conectó con todas las obras en construcción
de los alrededores. Su dinero convencía
rápido a choferes, jefes de brigada. Era
frecuente verlo cargando materiales en un vagón,
esquivando y sobornando a inspectores. Un saco
de cemento costaba entre 80 y 100 pesos. Llegó
a pagar 8 pesos por cada bloque. Se convirtió
en un albañil consumado, con sólo
la ayuda ocasional de algunos amigos.
Raidel lleva más de cuatro años
enfrascado en la fabricación. La casa está
a medias todavía. Habilitaron un cuarto
y se instalaron en él. El dinero ahorrado
se acabó. Apenas alcanzó para fundir
la placa. No han podido terminar el baño,
echar el piso ni revestir las paredes.
El niño nació hace poco más
de un año. No pudieron celebrarle su primer
aniversario. Sólo le tiraron varias fotos.
Costaron mucho. Lo nombraron Salvatore, en agradecimiento
al italiano. Era un tipo simpático y buena
persona. Todavía, cada año, les
envía postales desde Cancún, Benidorm
o Saint-Tropez.
Raidel ha ampliado los corrales y traído
más puercos. Pasa mucho trabajo para alimentarlos.
Limpia los corrales dos veces al día, pero
los vecinos se quejan de la peste y amenazan con
denunciarlo.
Anoche vi a Julie montar en un carro rentado
con dos sonrientes extranjeros. Soplaba un frío
siberiano, pero no iba abrigada. Su vestido, muy
sexy, dejaba ver en su espalda el tatuaje: un
trébol carmesí y el nombre Salvatore
escrito con letras góticas. Reía
con ojos tristes.
Tuvo que volver a la lucha. Dicen que a la tercera
va la vencida. No quiere que Raidel venda marihuana
para reunir el dinero. Acabaría en la cárcel.
En seis meses o un año espera conseguir
el dinero para terminar la casa. Tal vez antes,
si aparece "un pepe" que se enamore.
Ella tiene talante y belleza para eso y más.
Raidel está de acuerdo. El único
problema es que ya no puede acompañar a
Julie. Tiene que quedarse con el niño y
vigilar que no le roben los cerdos. Cuando terminen
la casa Julie dejará el "jineteo".
Vivirán tranquilos y felices en su hogar.
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