PRENSA INDEPENDIENTE
Febrero 4 , 2005
 

SOCIEDAD
Historias de amor del hombre nuevo: Raidel y Julie

Luis Cino

LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - Raidel nunca tuvo nada. Ni un padre ni una casa, ni siquiera ropa presentable para ir a una fiesta. Vivía en una ruinosa cuartería, que siempre olía a orines y kerosén, con un tío viejo que casi nunca estaba. Tenía a su madre, invariablemente cansada, los pocos ratos que le dejaba la microbrigada.

En busca de un apartamento propio, la mujer trabajaba 12 horas diarias, de lunes a sábado, y dos domingos al mes. Además de las guardias obreras. Todavía era joven. Algunas noches salía con algún enamorado. Cuando estaba en casa, lo que hacía era pelear y dormir.

Raidel salió jactancioso. Suplía sus carencias presumiendo de tener las cosas que no tenía. Nadie osaba contradecirlo. Podía costarle caro. Si algo sabía hacer Raidel, además de "bisnear" y aguantar alcohol, era enredarse a golpes con cualquiera.

Tenía suerte con las mujeres y los negocios, pero soñaba con tener un hijo y crear un hogar.

Tras 12 años en la microbrigada, a su madre le asignaron un pequeño apartamento en el Reparto Eléctrico. Se mudó con su nuevo marido y sugirió a Raidel que se buscara una mujer que tuviera casa.

Cuando conoció a Julie, Raidel dormía con frecuencia en casa de Elena, una peluquera cuarentona y divorciada que no estaba nada mal. Se buscaba los pesos y lo tenía cómodo como un príncipe. Él tenía 20 años y quería tener un hijo. Aprovechó uno de sus frecuentes ataques de celos para tirar a Elena contra el sofá y gritarle: "¡Ya no me gustas, vieja comemierda!"

Se fue dando un portazo que estremeció el edificio.

Julie tenía 17 años, ojos azules y una cara que mareaba. Algo le dijo a Raidel que esa sería la mujer que lo haría eternamente feliz. No podía sacarla de su cabeza. No paró hasta acostarse con ella.

La muchacha había abandonado el pre-universitario en el campo hacía seis meses. Esperaba el regreso de un canadiense que se iba a casar con ella para llevársela. El tipo nunca volvió. Había un italiano con similar oferta. Recién había partido hacia Milán.
El padre de Julie vivía en Atlanta, Georgia. Desde hacía 15 años no sabía de él. Vivía con su madre en una casucha de madera al centro de un terreno que alguna vez estuvo sembrado. Ahora lo invadían las hierbas y los escombros.

Raidel y Julie llevaban varios meses saliendo juntos cuando la madre de la muchacha murió aplastada por las ruedas de un camión, una noche de fin de año. Regresaba a Mantilla en bicicleta, borracha. En una bolsa de nylon llevaba la cena de Julie.

Cuando llegaron a avisar, Raidel y Julie dormían abrazados la borrachera reforzada con marihuana en la cama de la madre. Antes de desmayarse, Julie gritó: "¿Por qué, si es lo único que tengo?"

El amanecer frío del primer día de 1998 agarró a Raidel en la semidesierta funeraria, tratando de calmar a Julie. La abrazó, pasó su lengua por sus lágrimas y le prometió que nunca la abandonaría.

Después del entierro, se fue a vivir con ella. Dos meses después Julie salió otra vez a "jinetear" en el Vedado. Con lo que Raidel se buscaba no alcanzaba para vivir. Él comprendió que era necesario que ella siguiera "luchando". A menudo la acompañaba y la ayudaba a buscar "los puntos". Si había algún problema él estaba cerca, listo para protegerla.

Los celos no eran problema. Raidel se sentía seguro. Todas, también Julie, decían que él era un "master en la cama". Además, los extranjeros son muy raros. Algunos no llegaban a hacerlo con ella. Un alemán se conformaba con que lo abofeteara, le arañara el pecho, le mordiera la espalda y le tocara las nalgas. Otros preferían verla acariciando y besando a otra "jinetera". Con los que había que hacerlo no era gran cosa. En definitiva se trataba de un negocio como cualquier otro.

Llevaban dos años así cuando volvió Salvatore. Vino cargado de regalos. Julie le presento a Raidel como un hermano que vivía en Camagüey. Los dos jóvenes hicieron muy buenas migas y se emborracharon en la disco del hotel Comodoro.

El italiano se llevó a Julie una semana a Varadero. Raidel se quedó en la casa cuidando los puercos, ocupado en sus negocios y bebiendo con sus amigos las botellas que dejó Salvatore.

Antes de irse, Salvatore le confesó a Julie que se había casado, que su esposa estaba embarazada, y le regaló 500 dólares. Fue su último viaje a Cuba.

Con ese dinero, sumado a los 300 dólares y 10 mil pesos que habían logrado reunir entre los dos, decidieron que había terminado el "jineteo". Se casaron y acordaron tener un hijo. Fabricarían una linda casa de mampostería. El terreno estaba ahí, enyerbado, esperando por ellos.

Nadie dijo que sería fácil. Raidel se conectó con todas las obras en construcción de los alrededores. Su dinero convencía rápido a choferes, jefes de brigada. Era frecuente verlo cargando materiales en un vagón, esquivando y sobornando a inspectores. Un saco de cemento costaba entre 80 y 100 pesos. Llegó a pagar 8 pesos por cada bloque. Se convirtió en un albañil consumado, con sólo la ayuda ocasional de algunos amigos.

Raidel lleva más de cuatro años enfrascado en la fabricación. La casa está a medias todavía. Habilitaron un cuarto y se instalaron en él. El dinero ahorrado se acabó. Apenas alcanzó para fundir la placa. No han podido terminar el baño, echar el piso ni revestir las paredes.

El niño nació hace poco más de un año. No pudieron celebrarle su primer aniversario. Sólo le tiraron varias fotos. Costaron mucho. Lo nombraron Salvatore, en agradecimiento al italiano. Era un tipo simpático y buena persona. Todavía, cada año, les envía postales desde Cancún, Benidorm o Saint-Tropez.

Raidel ha ampliado los corrales y traído más puercos. Pasa mucho trabajo para alimentarlos. Limpia los corrales dos veces al día, pero los vecinos se quejan de la peste y amenazan con denunciarlo.

Anoche vi a Julie montar en un carro rentado con dos sonrientes extranjeros. Soplaba un frío siberiano, pero no iba abrigada. Su vestido, muy sexy, dejaba ver en su espalda el tatuaje: un trébol carmesí y el nombre Salvatore escrito con letras góticas. Reía con ojos tristes.

Tuvo que volver a la lucha. Dicen que a la tercera va la vencida. No quiere que Raidel venda marihuana para reunir el dinero. Acabaría en la cárcel. En seis meses o un año espera conseguir el dinero para terminar la casa. Tal vez antes, si aparece "un pepe" que se enamore. Ella tiene talante y belleza para eso y más.

Raidel está de acuerdo. El único problema es que ya no puede acompañar a Julie. Tiene que quedarse con el niño y vigilar que no le roben los cerdos. Cuando terminen la casa Julie dejará el "jineteo". Vivirán tranquilos y felices en su hogar.


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