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SOCIEDAD
Un buen café aquí
Tania Díaz Castro
LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - Un verdadero
ejército callejero y nada invisible de
jubilados asume la venta de café en taza
a todo lo largo y ancho de Cuba. En hospitales,
funerarias, centros de producción, y en
ocasiones, a escondidas, pueden verse a estos
hombres y mujeres pertenecientes a la tercera
edad, y en su totalidad "ilegales".
Se trata de una pelea a la que muchos le ven
un buen fin, porque a la corta o a la larga el
pueblo vencerá. Un pueblo que se enfrenta
cada día a la política represiva
del gobierno de Fidel Castro, pues se trata de
casi un millón de personas viviendo de
la venta ilícita.
Las razones para que esto suceda son muchas:
situación económica, con su consabido
"período especial", un alto índice
de egresados de las prisiones que no pueden optar
por buenos empleos, y algo que, al parecer, no
tiene solución: los salarios humillantes
que ofrece el estado.
Es por eso que esta mujer que conozco desde hace
algunos meses, jubilada por enfermedad, con más
de sesenta años, no tiene otra elección
que hacer lo que hace cada día, cuando
se levanta con la luz de las estrellas en el cielo
para vender dos termos de café en lugares
siempre distintos, con el fin de evadir a la policía.
A un peso cada taza.
Para ella, como para el resto de la población,
conseguir alimentos es su preocupación
principal. Se lleva la mano al vientre y me pregunta
si se puede controlar esa sensación de
vacío en las tripas. Es por eso, dice,
que no pierde el coraje.
De nada vale que el gobierno, de Pascuas a San
Juan, apriete las tuercas, reparta inspectores
por las calles para aplicar multas, firme resoluciones
para suspender licencias a determinados trabajos
por cuenta propia, y oriente a los agentes del
orden para que adviertan a los ancianos que competir
con el estado es una desobediencia civil.
"¡Pero, quién vive hoy de su
trabajo o de su retiro!", exclama esta mujer
achacosa, con una pierna enferma, diabética
desde muy joven.
Su ganancia diaria oscila entre veinte y veinticinco
pesos, menos de un dólar, según
el cambio a moneda convertible. Debe comprar el
café en bolsa negra donde la libra, ya
molido, tiene un costo de treinta pesos.
Desciende, me aclara, de una familia de trabajadores.
Ni en sueños concibió alguna vez
convertirse en comerciante. Ahora ha aprendido
hasta a pregonar, aunque ya apenas lo hace. Muchos
la conocen y le celebran la calidad de su café,
algo que la hace sentir bien, complacida. La gente
la quiere. En ocasiones le avisan cuando se acerca
un policía. Entonces, rápidamente,
esconde sus termos y se pasea como si nada.
Así la vi alejarse, pregonando en voz
baja, sonriendo un poco, medio encogida por el
cansancio, y como un nido de pájaros sus
cabellos blancos.
"¡El buen café aquí!
¡El buen café aquí!"
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