PRENSA INDEPENDIENTE
Febrero 4 , 2005
 

SOCIEDAD
El Malecón habanero (II y final)

Oscar Mario González, Grupo Decoro

LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - Siete kilómetros de muro es suficiente espacio para recibir a todos cuantos quieran visitarlo. Es por ello que el Malecón nunca se llena y siempre encuentra sitio allí cualquier cubano o extranjero que quiera complacerse en sus bondades.

No sé por qué el régimen cubano, que gusta sacar lasca a cualquier acontecimiento histórico, no celebró el centenario del muro del Malecón. ¿Será porque la inauguración estuvo a cargo de los americanos? A lo mejor. ¡El diablo son las cosas! ¡Vaya a saber usted lo que tendrán metido esta gente en la mollera!

Lo cierto es que después de 1959 el lugar fue escenario de hechos impensables. Ya no hubo más carreras de automóviles, y el desfile de las carrozas del carnaval fue limitado en su recorrido. En las movilizaciones militares el Malecón se llenaba de cañones cuatro bocas. El Malecón se convirtió en sede de cuanta cumbancha y bachata revolucionaria se le ocurriera al comandante, así como de las marchas del pueblo combatiente y de las tribunas abiertas amtimperialistas.

El hecho más lamentable de todos, "para el bienestar, progreso y prestigio del país", fue haber asaltado el monumento al Maine, y haber despedazado el símbolo de la nación norteamericana para aliarnos a una potencia lejana y extraña. Medio siglo después, Estados Unidos es más rico y poderoso, y Cuba más débil y empobrecida. En esta parte del Malecón yace lo que queda del monumento a la alianza y amistad entre Cuba y los Estados Unidos.

Pero al Malecón se puede ir por muchas razones, y una de las más poderosas tiene que ver con la cuestión amorosa, sensual, y muchas veces morbosa. Es, sin lugar a dudas, un sitio preferido por los enamorados de todos los tiempos, desde los inicios de la república, cuando la pareja iba formando parte de grupos familiares con el único consuelo de una mirada ardiente y un apretón de manos; hasta mediados del siglo pasado, en que las costumbres eran más flexibles y los novios sólo eran importunados por la "chaperona", con el invariable encargo de la suegra del novio de que abriese bien los ojos "por si acaso".

Hoy, con la onda del modernismo y aquello del amor libre, y de darle al cuerpo lo que el cuerpo pida, el Malecón suele paliar la ausencia de hoteles y posadas para los nacionales.

Pero no deber perderse de vista que en el lugar hay que andar con los ojos abiertos y los restantes cuatro sentidos bien afilados, y con el sexto sentido o la chispa bien prendido.

No son los tiempos en que se lanzaba la pita al agua para que los peces picaran si querían, y mientras tanto se pensaba en las musarañas. Porque te pueden dejar sin la billetera, sin la cadena o te pueden arrebatar la bicicleta o la moto.

Tampoco es la época de los kioscos al costado de la acera, donde se vendían todo tipo de alimentos y chucherías en moneda nacional. ¡Qué va! Eso era en aquella sociedad de consumo. En ésta de la miseria proclamada por el izquierdismo como un "mundo mejor", los comercios son escasos y en moneda convertible. Tienes, además, que ser muy receloso y desconfiado con lo que te oferta un vendedor ambulante y sigiloso. Puede que la botella de chispa e´tren sea otra cosa innombrable. Puede que la botella de Havana Club, pese a la legitimidad de la etiqueta, sea azuquín o algo peor. También te puedes embullar con una prenda de metal precioso y resulte ser del oro que cagó el moro; o una plata de la que cagó la gata. No te puedes quedar dormido aunque el murmullo del mar embobezca tus oídos y la brisa te acaricie. No lo debes hacer, aunque veas a un limosnero haciéndolo. A ti, y más aún si eres extranjero, te dejan sin calzoncillos; te levantan en peso.

De modo que el sitio tiene sus leyes, sus normativas y reglamentaciones, que a diferencia de las otras no están escritas en ningún papel, sin que por ello sean tan inexorables como las naturales.

Tampoco hay que tomar lo que escribo al pie de la letra, como una realidad generalizada. Puede que en un tramo del muro algo concurrido, y junto a otros veraneantes disfrutes de un bolero de Luis Miguel o Lucho Gatica, ejecutado por un trío o un dúo ambulante. Es posible que vean en las líneas de tus manos un futuro promisorio y salgas de allí lleno de esperanzas. En el Malecón todo puede ser. Pero hay que ser precavido para luego no tener que lamentarse.

El Malecón habanero (I)


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