|
SOCIEDAD
El Malecón habanero (II y final)
Oscar Mario González, Grupo Decoro
LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - Siete
kilómetros de muro es suficiente espacio
para recibir a todos cuantos quieran visitarlo.
Es por ello que el Malecón nunca se llena
y siempre encuentra sitio allí cualquier
cubano o extranjero que quiera complacerse en
sus bondades.
No sé por qué el régimen
cubano, que gusta sacar lasca a cualquier acontecimiento
histórico, no celebró el centenario
del muro del Malecón. ¿Será
porque la inauguración estuvo a cargo de
los americanos? A lo mejor. ¡El diablo son
las cosas! ¡Vaya a saber usted lo que tendrán
metido esta gente en la mollera!
Lo cierto es que después de 1959 el lugar
fue escenario de hechos impensables. Ya no hubo
más carreras de automóviles, y el
desfile de las carrozas del carnaval fue limitado
en su recorrido. En las movilizaciones militares
el Malecón se llenaba de cañones
cuatro bocas. El Malecón se convirtió
en sede de cuanta cumbancha y bachata revolucionaria
se le ocurriera al comandante, así como
de las marchas del pueblo combatiente y de las
tribunas abiertas amtimperialistas.
El hecho más lamentable de todos, "para
el bienestar, progreso y prestigio del país",
fue haber asaltado el monumento al Maine, y haber
despedazado el símbolo de la nación
norteamericana para aliarnos a una potencia lejana
y extraña. Medio siglo después,
Estados Unidos es más rico y poderoso,
y Cuba más débil y empobrecida.
En esta parte del Malecón yace lo que queda
del monumento a la alianza y amistad entre Cuba
y los Estados Unidos.
Pero al Malecón se puede ir por muchas
razones, y una de las más poderosas tiene
que ver con la cuestión amorosa, sensual,
y muchas veces morbosa. Es, sin lugar a dudas,
un sitio preferido por los enamorados de todos
los tiempos, desde los inicios de la república,
cuando la pareja iba formando parte de grupos
familiares con el único consuelo de una
mirada ardiente y un apretón de manos;
hasta mediados del siglo pasado, en que las costumbres
eran más flexibles y los novios sólo
eran importunados por la "chaperona",
con el invariable encargo de la suegra del novio
de que abriese bien los ojos "por si acaso".
Hoy, con la onda del modernismo y aquello del
amor libre, y de darle al cuerpo lo que el cuerpo
pida, el Malecón suele paliar la ausencia
de hoteles y posadas para los nacionales.
Pero no deber perderse de vista que en el lugar
hay que andar con los ojos abiertos y los restantes
cuatro sentidos bien afilados, y con el sexto
sentido o la chispa bien prendido.
No son los tiempos en que se lanzaba la pita
al agua para que los peces picaran si querían,
y mientras tanto se pensaba en las musarañas.
Porque te pueden dejar sin la billetera, sin la
cadena o te pueden arrebatar la bicicleta o la
moto.
Tampoco es la época de los kioscos al
costado de la acera, donde se vendían todo
tipo de alimentos y chucherías en moneda
nacional. ¡Qué va! Eso era en aquella
sociedad de consumo. En ésta de la miseria
proclamada por el izquierdismo como un "mundo
mejor", los comercios son escasos y en moneda
convertible. Tienes, además, que ser muy
receloso y desconfiado con lo que te oferta un
vendedor ambulante y sigiloso. Puede que la botella
de chispa e´tren sea otra cosa innombrable.
Puede que la botella de Havana Club, pese a la
legitimidad de la etiqueta, sea azuquín
o algo peor. También te puedes embullar
con una prenda de metal precioso y resulte ser
del oro que cagó el moro; o una plata de
la que cagó la gata. No te puedes quedar
dormido aunque el murmullo del mar embobezca tus
oídos y la brisa te acaricie. No lo debes
hacer, aunque veas a un limosnero haciéndolo.
A ti, y más aún si eres extranjero,
te dejan sin calzoncillos; te levantan en peso.
De modo que el sitio tiene sus leyes, sus normativas
y reglamentaciones, que a diferencia de las otras
no están escritas en ningún papel,
sin que por ello sean tan inexorables como las
naturales.
Tampoco hay que tomar lo que escribo al pie de
la letra, como una realidad generalizada. Puede
que en un tramo del muro algo concurrido, y junto
a otros veraneantes disfrutes de un bolero de
Luis Miguel o Lucho Gatica, ejecutado por un trío
o un dúo ambulante. Es posible que vean
en las líneas de tus manos un futuro promisorio
y salgas de allí lleno de esperanzas. En
el Malecón todo puede ser. Pero hay que
ser precavido para luego no tener que lamentarse.
El Malecón
habanero (I)
|