PRENSA INDEPENDIENTE
Febrero 3 , 2005
 

CRIMEN
Crónica roja de una ciudad "tranquila"

Juan González Febles

LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - Desde el año 2002 hasta el 2003, el Estado-Partido castrista se embarcó en su batalla contra los cubanos. Pretendió desestimularlos de llevar adelante modelos de vida que toman distancia de las expectativas oficiales. Se emprendió una aparatosa campaña policial contra el tamal, las pizzas, el maní, los caramelos y los taxistas extraoficiales.

Luego cayeron sobre bibliotecarios, periodistas, opositores y miembros variopintos de una emergente, raquítica e indeseada sociedad civil.

Las grandes historias de ese año 2003, de su negra primavera, fueron, en el espacio internacional, la guerra de Irak, y en el nacional, el proceso, juicio y condena de setenta y cinco personas por pensar con cabeza propia en Cuba.

Estas grandes tragedias silenciaron otras menores. Así quedaron anónimas pequeñas crónicas sórdidas y crueles, dramáticas en su insignificancia en una ciudad oficialmente tranquila y feliz. Historias sin rostro mediático que se quedaron en el rumor.

Mientras la atención se centraba en las peripecias militares de Irak, o en la Primavera Negra de Cuba, el edificio Retiro Radial, en el Vedado, Ciudad de La Habana, en la calle Línea, vivió su propia tragedia. Los vecinos escucharon llamadas de auxilio que provenía de uno de los apartamentos.

Dos jóvenes negros completamente drogados no atinaron a abrir el mecanismo sencillo de la cerradura. Estaban atrapados dentro de un apartamento. Presas de pánico pedían ayuda. Una cerradura convencional y sin notable diferencia con otras les impedía abandonar la escena del crimen en que estaban comprometidos.

Los vecinos avisaron a la policía. Pronto el apartamento estuvo ocupado de especialistas del Departamento Técnico de Investigaciones (DTI), de la Policía Nacional Revolucionaria. Junto a esta versión cubana de la policía criminal, los forenses del Instituto de Medicina Legal y el resto del equipo de criminalista.

Dentro del inmueble los asesinos lloriqueaban y decían cosas sin sentido. Estaban en shock y alegaban no recordar nada. Los encontraron en la sala. La policía concluyó que el móvil del crimen no fue el robo.

Al dueño del apartamento lo encontraron en el dormitorio. Estaba muerto, completamente desnudo, de rodillas sobre el piso. Tenía el torso recostado sobre la cama. La cabeza ladeada y los brazos en cruz. Tenía las nalgas y el ano untados con vaselina simple.

Las manos se crispaban sobre la sábana. Los ojos mantenían una expresión fija y vidriosa de sorpresa, aunque no de dolor. Había muerto de las heridas ocasionadas por punzones. Los estiletes homicidas fueron ocupados por la policía en la escena del crimen.

El apartamento estaba decorado, con gusto. Fue en otro tiempo la residencia de Isolina Carrillo, mientras vivió esa gloria de la cultura nacional. Después pasó al occiso, que se movía también en los predios de la farándula, el arte y los espectáculos.

El muerto se llamó Ricardo Linares y tenía 53 años al morir. Era director de coros y canturías del Teatro de la Ópera habanero. Conocido y querido en el mundo artístico. Pero más en el micromundo gay de La Habana, que se sintió conmocionado y desolado por este suceso.

Hubo muchos elementos que reforzaron la tesis sostenida por los expertos de que no se trató de un robo. En la pared permanecían obras originales de Portocarrero, Mariano y Amelia Peláez. Todas certificadas, y en algunos casos dedicadas. También porcelana, bronce y cerámica de valor reconocido. Todo aportando testimonio de la sensibilidad y las posibilidades materiales del difunto.

Mientras, la policía tomó declaración a los vecinos más cercanos. Para esto ocuparon un rincón en el espacio acordonado del pasillo interior del edificio. De forma paralela, el más joven de los asesinos no conseguía recuperarse de los efectos de la droga. Balbuceaba y se quejaba en voz alta. El otro, que aparentaba ser mayor, lo observaba como si se tratase de una curiosidad ajena que estuviera obligado a presenciar.

Cuando concluyeron las diligencias, la policía los condujo esposados entre dos hileras de curiosos. Eran muchos los que querían enterarse y pugnaban para ver de cerca a los asesinos. Les llevaron en un carro patrullero que partió ululando sirenas. Detrás, un patrullero y unos motociclistas.

Les siguió el carro de la morgue, que salió sin estridencias ni prisas. El cadáver fue transportado en una bolsa de polietileno color verde olivo oscuro. Un color de alta resonancia en Cuba, si de asuntos de muerte se trata.

El apartamento quedó acordonado y custodiado. Un policía gordo que no conseguía mantener su abdomen dentro de los límites del uniforme, estaba a cargo. Debía preservar los bienes culturales del potencial "vandalismo". El policía le comentaba a una vecina, a modo de queja, que tendría que permanecer ocho largas horas de guardia. "Ocho horas por unos cuantos garabatos y otras mariqueras", decía. "¡Qué salación!"


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