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HISTORIA
El Malecón habanero (I)
Oscar Mario González, Grupo Decoro
LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - Así
como París tiene su torre Eiffel y Río
de Janeiro al Cristo con los brazos abiertos extendidos,
celador de la bahía desde lo alto del peñasco,
los habaneros se acreditan varios kilómetros
de muros de contención del mar a lo largo
del litoral. Es el Muro del Malecón, donde
muchos cubanos y casi todos los habaneros han
tirado al agua sueños, recuerdos y esperanzas.
No son pocos los que han dejado allí, incrustado
sobre el muro de piedra y cemento un pedazo de
corazón y lo más puro de las juveniles
ilusiones.
Allí han concurrido generaciones de capitalinos,
desde los albores de la república, cuando
se construyó el primer tramo. El Malecón,
hospitalario, acoge a los hijos de esta tierra
sin distinción de raza, credo o jerarquía
social.
Ya desde finales del siglo XVIII los habitantes
de la ciudad se percataron de las bondades de
la zona comprendida entre la fortaleza de La Punta
y el Torreón de San Lázaro, donde
la fresca brisa de las tardes y el remanso del
mar azul liberaba el calor del cuerpo y aligeraba
el peso de las preocupaciones.
Años después, a mediados del siglo
XIX, las familias notables de San Cristóbal
de La Habana unen a la belleza del paisaje el
disfrute de los baños de mar, en las caletas
o pocetas que dibujaba la línea costera,
incrementándose así la solicitud
del lugar.
Fue así como el prestigioso ingeniero
Albear concibe un paseo o alameda que serviría
de recreación y defensa de la ciudad, el
cual no se pone en ejecución por falta
de presupuesto.
El gobierno autónomo (sólo duró
seis meses), aquél que quiso evitar la
debacle española, en 1898 comenzó
las labores de relleno de la zona, las cuales
abandona por falta de fondos.
No es sino con el gobierno interventor norteamericano,
de enorme voluntad constructiva y gran desempeño
en su afán de traer higiene y salubridad
a la Isla, que se consuman los trabajos iniciados
por los autonomistas, materializándose
el primer tramo de Malecón, desde el actual
Paseo del Prado hasta la calle Crespo, de 1901
a 1902.
El segundo tramo fue construido entre 1902 y
1919, y en el mismo se levantaron importantes
edificaciones que sirvieron de asiento a comercios
importantes, como el café Vista Alegre,
donde se reunían Ernesto Lecuona, Sindo
Garay y Barbarito Diez, entre otros. También
surgieron importantes asociaciones, como Unión
Club y el Club Automovilístico.
Los restantes tramos del Malecón se fueron
construyendo en diferentes etapas, hasta concluir
el último, durante los gobiernos de Carlos
Prío y de Fulgencio Batista (1948-1958),
y que abarcó desde la calle G hasta La
Chorrera.
De modo que, comenzando con el primer gobierno
interventor norteamericano, y finalizando con
los siete años del gobierno de Batista,
fueron culminados los más de 7 mil metros
de este cordón de cemento y mirador de
hormigón, que con pupila atenta guarda
la entrada de la bahía.
Visto desde otro ángulo, este cordón
de mar y arrecife que sujeta la cintura de la
mulata habanera, ha sido obra de todos los gobiernos
que llenaron el período de la república.
Cada uno puso su cuota de esfuerzo a través
de las generaciones que se han sucedido desde
su inauguración.
Para darle la bienvenida a cualquier visitante,
se yerguen majestuosas, a lo largo del Malecón,
las esculturas de nuestros principales próceres
independentistas. El Generalísimo Máximo
Gómez, a la entrada de la bahía,
con su regia figura de jinete incansable; el Mayor
General Antonio Maceo, en su briosa cabalgadura
que lanza las dos patas al viento, queriendo alcanzar
los cielos; y el hijo de Holguín, el General
Calixto García, con la frente marcada por
el sacrificio de amor a la patria, mirando al
cielo con sus ojos de estratega innato.
Decir Malecón es hablar del cubano en
todas sus facetas. Es aludir a la rumba y el bolero,
al heroísmo y a la generosidad; a la broma
y el dolor, a la virtud y al defecto. Es dibujar
al cubano en su dimensión de hombre; con
luces y sombras, con virtudes y defectos, pero
siempre marcado con su sello inconfundible: hombre
de bien, afable y jaranero. Un hombre que se entrega.
El Malecón
habanero (II)
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