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Destino de tres antiguas
tiendas habaneras Miguel
Saludes LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - En la intersección
de la avenida Italia, más conocida por los habaneros por su antiguo nombre
de Galiano, y la calle San Rafael, cuyo tramo principal fue convertido hace años
en un populoso boulevard, se encuentran ubicadas tres tiendas que en otra época
se contaron entre las más grandes de La Habana -Flogar, el Ten Cent y Fin
e Siglo, sin contar El Encanto, destruida completamente por un incendio atribuido
a un sabotaje-, atraían la afluencia de gran cantidad de público.
La gran variedad de ofertas que brindaban estos comercios en sus instalaciones
internas, hacía de ellos un sitio ideal para realizar un simple paseo.
La esquina, que hizo época cobrando fama por la elegancia de los paseantes,
se convirtió en una zona de referencia dentro de la vida social en la capital
cubana. Aún después de pasadas las primeras tres décadas
del actual régimen de gobierno, estas tiendas mantuvieron su atractivo,
a pesar de escaseses, falta de artículos y las colas que se hacían
para adquirir los productos normados por la libreta de ropa. Todos los departamentos
se mantuvieron funcionando durante esos años y la categoría de tiendas
de primera que les caracterizara se mantuvo hasta cierto nivel. Por un
breve espacio de seis años durante la década de 1980 estos centros
reverdecieron al implantarse el sistema de ventas liberadas en el marco de las
llamadas tiendas Amistad. Los mostradores se llenaron nuevamente con variados
artículos, desde ropa fina hasta equipos electrodomésticos, venidos
invariablemente de los países aglutinados alrededor de la URSS. Las cafeterías
ubicadas en las áreas interiores volvieron a ofrecer exquisitos platos,
a un precio que posibilitaba a los jubilados almorzar frecuentemente en estos
lugares. Pero no duraría mucho la alegría de la recuperación.
Con el inicio del llamado Período Especial todas las actividades económicas
del país recibieron un fuerte impacto negativo y en estos grandes almacenes
se hizo notar con mayor claridad la hecatombe caída sobre nuestras vidas. Los
mostradores ahora se vaciaron casi por entero. Los amplios salones que se habían
mantenido completamente iluminados en los años más críticos,
quedaron sumidos en la penumbra, alumbrados por lámparas fluorescentes
que se encendían de manera alterna. El aire acondicionado dejó de
funcionar y los comestibles desaparecieron de las vitrinas. Ante la falta de productos
para vender, el personal que trabajaba en las tiendas fue reducido al mínimo
suficiente para atender los pocos departamentos que permanecieron abiertos en
la planta baja. El resto se cerró indefinidamente. Muchos de los edificios
comerciales se vieron prácticamente clausurados. Pero no hay mal
que dure cien años y éste, que se mantuvo un lustro, comenzó
a disiparse con la apertura dolarizada de la economía nacional. Con la
llegada de las corporaciones y las empresas mixtas fue desapareciendo el letargo
y la destrucción en que quedaron sumidos los comercios del país,
en especial los de la capital. El cambio comenzó con la reapertura de La
Época, Ultra y el Mercado de Carlos III. Poco a poco se rescataron tiendas
grandes y pequeñas, con la diferencia que ahora la moneda nacional no era
la que servía para comprar en ellas. De todas las que menos se beneficiaron
con el nuevo estado de cosas fueron las tres de la céntrica esquina de
Galiano y San Rafael. El Ten Cent, rebautizado desde hace tiempo como Variedades,
mantiene solamente su planta baja al servicio de la población. En su interior
se han formado unas especies de islotes cargados de productos de baja calidad
y a un precio excesivamente elevado. El área dedicada a la peletería
deja mucho que desear, con un pequeño muestrario donde se exhiben zapatos
que pueden costar hasta 600 pesos. La cancha de comidas ahora se llena de un público
que acude principalmente a consumir cerveza y si acaso pollo frito, cuyo olor
repugna el ambiente. El desaliño, la baja intensidad de la luz y la falta
de higiene del lugar contrastan con el resto de las tiendas que venden en la otra
moneda, ahora el peso convertible. Por su parte, Flogar, nombre que recuerda
a su antiguo propietario Florentino García, también mantiene abierto
su piso principal, pero al menos le tocó en suerte comercializar ropa usada
-aquí llamada reciclada- además de otros artículos para el
hogar. La cafetería anexa reinició los servicios a un precio no
apto para retirados. Los productos que vende son los mismos que la de su vecina
Variedades. Fin de Siglo, situada en el otro ángulo, ha logrado
recibir una atención más esmerada en cuanto a sus instalaciones.
Completamente iluminada, ahora es una tienda experimental dedicada a la venta
de piezas y mercancías en desuso. Caretas de televisores, máquinas
de escribir eléctricas, cascos de construcción, probetas de laboratorio,
una lámpara para mesa de dibujo, una casetera inservible, caretas para
filtrar el aire- sin los filtros- entre otros, componen toda una gama de cacharros
para los que no faltan clientes, pues el ingenio del cubano hace maravillas con
muy poco. Pero lo que más llama la atención en esta tienda es la
ornamentación de las vidrieras donde aparecen letreros que propagandizan
y promueven su estilo comercial. Entre cascos y equipos rotos y obsoletos, pueden
ser leídas frases como: "Nuestro propósito es que usted salga
complacido", "Ofertas variadas para sus necesidades" o "Tenemos
la solución a su problema" y "Mil oportunidades en una sola visita".
La más graciosa es la que reza "Fin de Siglo: una nueva visión
del comercio". Muchos ni se paran ante esta exposición grotesca, pero
otros sonríen mientras sus miradas pasan de los letreros a lo mostrado. Cuentan
que en los años noventa visitó Cuba uno de los antiguos inversionistas
de Fin de Siglo. Aprovechando su estancia en la capital se llegó al edificio,
otrora uno de los mejores de La Habana. La persona que narraba el hecho hacía
constancia de la emoción, que sin disimulos, asomaba al rostro del visitante.
Al finalizar el recorrido por el interior de la tienda, el hombre manifestó
su deseo de invertir en la recuperación y remozamiento del descuidado inmueble.
Si lo narrado por el testigo es completamente cierto, parece que el ofrecimiento
no cayó en terreno fértil. Por su parte, la tienda hizo honor a
su nombre recibiendo el nuevo milenio, aunque sin lustre alguno. Cada día
que pasa se puede apreciar el frenesí de la restauración que se
desarrolla en muchos puntos de la capital. Mientras varias edificaciones que parecían
irremisiblemente perdidas resurgen de los escombros, Fin de Siglo, Flogar y Variedades
Galiano o el Ten cent, como prefieran llamarle, sólo piden una debida utilización
de sus instalaciones y la recuperación total de sus áreas de servicio,
poniendo fin a la destrucción que les roe interiormente y que amenaza su
permanencia para futuras generaciones de cubanos. |