PRENSA INDEPENDIENTE
Febrero 2, 2005
 

SOCIEDAD
Destino de tres antiguas tiendas habaneras

Miguel Saludes

LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - En la intersección de la avenida Italia, más conocida por los habaneros por su antiguo nombre de Galiano, y la calle San Rafael, cuyo tramo principal fue convertido hace años en un populoso boulevard, se encuentran ubicadas tres tiendas que en otra época se contaron entre las más grandes de La Habana -Flogar, el Ten Cent y Fin e Siglo, sin contar El Encanto, destruida completamente por un incendio atribuido a un sabotaje-, atraían la afluencia de gran cantidad de público.

La gran variedad de ofertas que brindaban estos comercios en sus instalaciones internas, hacía de ellos un sitio ideal para realizar un simple paseo. La esquina, que hizo época cobrando fama por la elegancia de los paseantes, se convirtió en una zona de referencia dentro de la vida social en la capital cubana.

Aún después de pasadas las primeras tres décadas del actual régimen de gobierno, estas tiendas mantuvieron su atractivo, a pesar de escaseses, falta de artículos y las colas que se hacían para adquirir los productos normados por la libreta de ropa. Todos los departamentos se mantuvieron funcionando durante esos años y la categoría de tiendas de primera que les caracterizara se mantuvo hasta cierto nivel.

Por un breve espacio de seis años durante la década de 1980 estos centros reverdecieron al implantarse el sistema de ventas liberadas en el marco de las llamadas tiendas Amistad. Los mostradores se llenaron nuevamente con variados artículos, desde ropa fina hasta equipos electrodomésticos, venidos invariablemente de los países aglutinados alrededor de la URSS. Las cafeterías ubicadas en las áreas interiores volvieron a ofrecer exquisitos platos, a un precio que posibilitaba a los jubilados almorzar frecuentemente en estos lugares.

Pero no duraría mucho la alegría de la recuperación. Con el inicio del llamado Período Especial todas las actividades económicas del país recibieron un fuerte impacto negativo y en estos grandes almacenes se hizo notar con mayor claridad la hecatombe caída sobre nuestras vidas.

Los mostradores ahora se vaciaron casi por entero. Los amplios salones que se habían mantenido completamente iluminados en los años más críticos, quedaron sumidos en la penumbra, alumbrados por lámparas fluorescentes que se encendían de manera alterna. El aire acondicionado dejó de funcionar y los comestibles desaparecieron de las vitrinas. Ante la falta de productos para vender, el personal que trabajaba en las tiendas fue reducido al mínimo suficiente para atender los pocos departamentos que permanecieron abiertos en la planta baja. El resto se cerró indefinidamente. Muchos de los edificios comerciales se vieron prácticamente clausurados.

Pero no hay mal que dure cien años y éste, que se mantuvo un lustro, comenzó a disiparse con la apertura dolarizada de la economía nacional. Con la llegada de las corporaciones y las empresas mixtas fue desapareciendo el letargo y la destrucción en que quedaron sumidos los comercios del país, en especial los de la capital. El cambio comenzó con la reapertura de La Época, Ultra y el Mercado de Carlos III. Poco a poco se rescataron tiendas grandes y pequeñas, con la diferencia que ahora la moneda nacional no era la que servía para comprar en ellas. De todas las que menos se beneficiaron con el nuevo estado de cosas fueron las tres de la céntrica esquina de Galiano y San Rafael.

El Ten Cent, rebautizado desde hace tiempo como Variedades, mantiene solamente su planta baja al servicio de la población. En su interior se han formado unas especies de islotes cargados de productos de baja calidad y a un precio excesivamente elevado. El área dedicada a la peletería deja mucho que desear, con un pequeño muestrario donde se exhiben zapatos que pueden costar hasta 600 pesos. La cancha de comidas ahora se llena de un público que acude principalmente a consumir cerveza y si acaso pollo frito, cuyo olor repugna el ambiente. El desaliño, la baja intensidad de la luz y la falta de higiene del lugar contrastan con el resto de las tiendas que venden en la otra moneda, ahora el peso convertible.

Por su parte, Flogar, nombre que recuerda a su antiguo propietario Florentino García, también mantiene abierto su piso principal, pero al menos le tocó en suerte comercializar ropa usada -aquí llamada reciclada- además de otros artículos para el hogar. La cafetería anexa reinició los servicios a un precio no apto para retirados. Los productos que vende son los mismos que la de su vecina Variedades.

Fin de Siglo, situada en el otro ángulo, ha logrado recibir una atención más esmerada en cuanto a sus instalaciones. Completamente iluminada, ahora es una tienda experimental dedicada a la venta de piezas y mercancías en desuso. Caretas de televisores, máquinas de escribir eléctricas, cascos de construcción, probetas de laboratorio, una lámpara para mesa de dibujo, una casetera inservible, caretas para filtrar el aire- sin los filtros- entre otros, componen toda una gama de cacharros para los que no faltan clientes, pues el ingenio del cubano hace maravillas con muy poco. Pero lo que más llama la atención en esta tienda es la ornamentación de las vidrieras donde aparecen letreros que propagandizan y promueven su estilo comercial. Entre cascos y equipos rotos y obsoletos, pueden ser leídas frases como: "Nuestro propósito es que usted salga complacido", "Ofertas variadas para sus necesidades" o "Tenemos la solución a su problema" y "Mil oportunidades en una sola visita". La más graciosa es la que reza "Fin de Siglo: una nueva visión del comercio". Muchos ni se paran ante esta exposición grotesca, pero otros sonríen mientras sus miradas pasan de los letreros a lo mostrado.

Cuentan que en los años noventa visitó Cuba uno de los antiguos inversionistas de Fin de Siglo. Aprovechando su estancia en la capital se llegó al edificio, otrora uno de los mejores de La Habana. La persona que narraba el hecho hacía constancia de la emoción, que sin disimulos, asomaba al rostro del visitante. Al finalizar el recorrido por el interior de la tienda, el hombre manifestó su deseo de invertir en la recuperación y remozamiento del descuidado inmueble. Si lo narrado por el testigo es completamente cierto, parece que el ofrecimiento no cayó en terreno fértil. Por su parte, la tienda hizo honor a su nombre recibiendo el nuevo milenio, aunque sin lustre alguno.

Cada día que pasa se puede apreciar el frenesí de la restauración que se desarrolla en muchos puntos de la capital. Mientras varias edificaciones que parecían irremisiblemente perdidas resurgen de los escombros, Fin de Siglo, Flogar y Variedades Galiano o el Ten cent, como prefieran llamarle, sólo piden una debida utilización de sus instalaciones y la recuperación total de sus áreas de servicio, poniendo fin a la destrucción que les roe interiormente y que amenaza su permanencia para futuras generaciones de cubanos.


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