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SOCIEDAD
El coronel que amó los lienzos
Juan González Febles
LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - El coronel
Tony de La Guardia amó los lienzos. Durante
los años 70 frecuentó el taller
de grabado que funciona en la Plaza de la Catedral
de La Habana. Tenía afición por
la plástica. Para satisfacerla se vinculó
con el grupo bohemio que se daba cita cada sábado
en esa plaza. Tony disponía de un VW. No
era ostentoso. No hacia gala de su terrible poder
sobre personas y haciendas.
Pudo vérsele compartiendo con artistas
plásticos, con artesanos que luego serían
reprimidos y encarcelados en esas convulsiones
represivas recurrentes del castrismo. Tomaba su
mojito en la Bodeguita del Medio. No colocaba
la gorra de oficial en la pizarra trasera del
auto. Anduvo La Habana sin armas cortas en la
guantera del vehículo.
Fue uno más con blue jeans, buen reloj,
auto y simpatía personal. Llevó
a la cama en buena lid a alguna bella de la Plaza
de la Catedral. Compartió ron y cosmopolitismo
con vividores y putas. Quizás de La Guardia
no pensó que poco después sería
fusilado. Al parecer quiso tener conocimiento
de primera de diferentes estratos sociales. Puede
que necesitara un contacto humano auténtico.
El caso es que logró hacer algunos amigos
fuera de la atmósfera viciada del Ministerio
del Interior. Amigos que con el paso del tiempo
lo negaron tres veces y todas las que fueran necesarias.
Éstos le permitieron disponer de una visión
de conjunto que se fue más allá
de la visión profesional de sus colegas.
Le sucedió lo que le sucede a los asesinos
tiernos. No consiguió acallar su conciencia
con el calor de los amigos. No pudo justificar
su vida profesional con la hipotética felicidad
que no halló entre sus conciudadanos. Antonio
de La Guardia perdió su fe en el régimen
en la medida en que se integró a la gente
simple de su ciudad.
¿Cuántos como él existen
entre sus colegas? ¿Muchos? ¿Pocos?
Nunca se sabrá. O quizás algún
día se sepa. No es eso lo más importante.
Cumplir órdenes criminales daña
en un espacio muy interior. Algunos se redimen
en el holocausto propio. Otros ni así lo
consiguen. Viven odiándose y mueren odiando.
La costumbre de escribir sobre las víctimas
no debe excluir la compasión por los victimarios.
Es precisamente la compasión lo que nos
hace mejores y diferentes. Se rumora que sólo
once, entre sus compañeros, votaron por
la vida del Sr. de la Guardia. Esta es una buena
noticia. Once puede ser un mal número para
los que se juramentan contra el amor y la compasión.
Se puede pensar que doce hubiera sido mejor.
Doce es un número para grandes empresas.
Pero siempre para los inicios. Estará condenado
a quedarse en once, en diez, o en siete o seis.
Doce está condenado a disminuir.
Hoy, el coronel de La Guardia vive en el limbo
de las indefiniciones. No se ganó una cruz
en el Memorial de los cubanos en el exilio. Tampoco
cuenta con el rancio incienso oficial. Se fue
con el doble estigma del traidor y del narconegociante.
Sus hazañas se comentan entre resentidos
apartados del aparato represivo. Entre víctimas
potenciales de ese aparato.
En todo caso su recuerdo necesita mucha compasión.
La compasión agiganta el corazón
del compadecido. Lo grande y lo triste es que
quizás el coronel haya alcanzado la comprensión
en el momento postrero.
En su caso esto tuvo que ser terrible. Tuvo que
aferrarse a su autoestima. Recurrir a su concepto
del honor. Ojalá lo haya encontrado y haya
conseguido morir en paz.
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