PRENSA INDEPENDIENTE
Febrero 1, 2005
 

SOCIEDAD
El coronel que amó los lienzos

Juan González Febles

LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - El coronel Tony de La Guardia amó los lienzos. Durante los años 70 frecuentó el taller de grabado que funciona en la Plaza de la Catedral de La Habana. Tenía afición por la plástica. Para satisfacerla se vinculó con el grupo bohemio que se daba cita cada sábado en esa plaza. Tony disponía de un VW. No era ostentoso. No hacia gala de su terrible poder sobre personas y haciendas.

Pudo vérsele compartiendo con artistas plásticos, con artesanos que luego serían reprimidos y encarcelados en esas convulsiones represivas recurrentes del castrismo. Tomaba su mojito en la Bodeguita del Medio. No colocaba la gorra de oficial en la pizarra trasera del auto. Anduvo La Habana sin armas cortas en la guantera del vehículo.

Fue uno más con blue jeans, buen reloj, auto y simpatía personal. Llevó a la cama en buena lid a alguna bella de la Plaza de la Catedral. Compartió ron y cosmopolitismo con vividores y putas. Quizás de La Guardia no pensó que poco después sería fusilado. Al parecer quiso tener conocimiento de primera de diferentes estratos sociales. Puede que necesitara un contacto humano auténtico.

El caso es que logró hacer algunos amigos fuera de la atmósfera viciada del Ministerio del Interior. Amigos que con el paso del tiempo lo negaron tres veces y todas las que fueran necesarias. Éstos le permitieron disponer de una visión de conjunto que se fue más allá de la visión profesional de sus colegas.

Le sucedió lo que le sucede a los asesinos tiernos. No consiguió acallar su conciencia con el calor de los amigos. No pudo justificar su vida profesional con la hipotética felicidad que no halló entre sus conciudadanos. Antonio de La Guardia perdió su fe en el régimen en la medida en que se integró a la gente simple de su ciudad.

¿Cuántos como él existen entre sus colegas? ¿Muchos? ¿Pocos? Nunca se sabrá. O quizás algún día se sepa. No es eso lo más importante. Cumplir órdenes criminales daña en un espacio muy interior. Algunos se redimen en el holocausto propio. Otros ni así lo consiguen. Viven odiándose y mueren odiando.

La costumbre de escribir sobre las víctimas no debe excluir la compasión por los victimarios. Es precisamente la compasión lo que nos hace mejores y diferentes. Se rumora que sólo once, entre sus compañeros, votaron por la vida del Sr. de la Guardia. Esta es una buena noticia. Once puede ser un mal número para los que se juramentan contra el amor y la compasión.

Se puede pensar que doce hubiera sido mejor. Doce es un número para grandes empresas. Pero siempre para los inicios. Estará condenado a quedarse en once, en diez, o en siete o seis. Doce está condenado a disminuir.

Hoy, el coronel de La Guardia vive en el limbo de las indefiniciones. No se ganó una cruz en el Memorial de los cubanos en el exilio. Tampoco cuenta con el rancio incienso oficial. Se fue con el doble estigma del traidor y del narconegociante. Sus hazañas se comentan entre resentidos apartados del aparato represivo. Entre víctimas potenciales de ese aparato.

En todo caso su recuerdo necesita mucha compasión. La compasión agiganta el corazón del compadecido. Lo grande y lo triste es que quizás el coronel haya alcanzado la comprensión en el momento postrero.

En su caso esto tuvo que ser terrible. Tuvo que aferrarse a su autoestima. Recurrir a su concepto del honor. Ojalá lo haya encontrado y haya conseguido morir en paz.


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