PRENSA INDEPENDIENTE
Febrero 1, 2005
 

SOCIEDAD
Vida de perros

Ana Leonor Díaz, Grupo Decoro

LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - Esa no fue una buena tarde. Iba mirando las penurias cotidianas de mi Habana cuando casi tropiezo con él y su guardián, en la esquina de Neptuno y Soledad, si no hubiera sido por los ladridos exaltados de un perrito de barrio, defendiendo lo que ya era territorio invadido.

Impertérrito, un gran pastor alemán descansaba sobre sus patas traseras con las fauces abiertas, mirando a lo lejos, sordo a la algarabía temeraria del sato. Su amo, un policía con el uniforme negro de las tropas de asalto, miró de reojo al alborotador, y algo le musitó al mastín, que no se movió.

Los vecinos de esa céntrica esquina del municipio Centro Habana miraban la escena. Unos curiosos, otros apurados, pero ninguno pudo explicar la presencia policial. Semanas antes fui testigo de un espectáculo similar; un tórrido domingo, al mediodía, en el concurrido Parque Central de La Habana, donde varios policías en mono negro de campaña conducían perros pastores. Todo ante la mirada indiferente de turistas y el paso rápido de los cubanos por el lugar. Varios uniformados a bordo de un vehículo color blanco de la policía esperaban sentados.

Ahora el régimen despejó parcialmente el misterio con el anuncio de que se trata de "unidades cinófilas" (un perro con policía o viceversa) destinadas al enfrentamiento de acciones de terrorismo, narcotráfico, contrabando y preservación del orden interior (sic.).

Las razas que las fuerzas represivas utilizan, además de los pastores alemanes, son Springer Spaniel, Cocker Spaniel y Labrador, cuyo entrenamiento comienza 15 días después del nacimiento, y entre cuyas virtudes olfatorias y auditivas destacan la capacidad de diferenciar una molécula de olor en un litro de aire, o diez millones de olores. Y también escuchar tonalidades ultrasónicas imperceptibles al oído humano, y detectar un ruido a 80 ó 100 metros de distancia.

Confieso que me encantan los perros, y cualquier tipo de animal. Pero no me imagino a estos canes policiales, cada uno entrenado en olores diferentes, vigilando los barrios de La Habana para detectar el tráfico de marihuana, cocaína y crack. Y también los olores de langostas, camarones, pescado de costa, o los simples paquetes de leche en polvo, queso blanco criollo, y el humilde sobre de celofán con café de chícharos, mercancías todas que a diario se mueven por las calles habaneras y por cualquier rincón de la Isla.

Si como se afirma el entrenamiento de un perro para olfatear olores implica que deban oler esas sustancias, habrá canes adictos al ron para detectar las fábricas clandestinas (algunas muy sofisticadas) de esa bebida, o de refrescos y cervezas enlatadas, de jamón, quesos, y de puros habanos envasados en las mismas cajas de cedro que vende el estado a precios prohibitivos para el turismo barato que viene a la Isla.

No me imagino a un perro detectando una bomba con explosivo sintético, que se afirma no tiene olor; pero es terrible pensar que, por el sudor de adrenalina que generan aquellas personas con miedo a los perros, estos peligrosos mastines podrían, por equivocación, acusar a simples ciudadanos, que sí llevan una vida de perros.


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