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SOCIEDAD
Vida de perros
Ana Leonor Díaz, Grupo Decoro
LA HABANA, febrero (www.cubanet.org) - Esa no
fue una buena tarde. Iba mirando las penurias
cotidianas de mi Habana cuando casi tropiezo con
él y su guardián, en la esquina
de Neptuno y Soledad, si no hubiera sido por los
ladridos exaltados de un perrito de barrio, defendiendo
lo que ya era territorio invadido.
Impertérrito, un gran pastor alemán
descansaba sobre sus patas traseras con las fauces
abiertas, mirando a lo lejos, sordo a la algarabía
temeraria del sato. Su amo, un policía
con el uniforme negro de las tropas de asalto,
miró de reojo al alborotador, y algo le
musitó al mastín, que no se movió.
Los vecinos de esa céntrica esquina del
municipio Centro Habana miraban la escena. Unos
curiosos, otros apurados, pero ninguno pudo explicar
la presencia policial. Semanas antes fui testigo
de un espectáculo similar; un tórrido
domingo, al mediodía, en el concurrido
Parque Central de La Habana, donde varios policías
en mono negro de campaña conducían
perros pastores. Todo ante la mirada indiferente
de turistas y el paso rápido de los cubanos
por el lugar. Varios uniformados a bordo de un
vehículo color blanco de la policía
esperaban sentados.
Ahora el régimen despejó parcialmente
el misterio con el anuncio de que se trata de
"unidades cinófilas" (un perro
con policía o viceversa) destinadas al
enfrentamiento de acciones de terrorismo, narcotráfico,
contrabando y preservación del orden interior
(sic.).
Las razas que las fuerzas represivas utilizan,
además de los pastores alemanes, son Springer
Spaniel, Cocker Spaniel y Labrador, cuyo entrenamiento
comienza 15 días después del nacimiento,
y entre cuyas virtudes olfatorias y auditivas
destacan la capacidad de diferenciar una molécula
de olor en un litro de aire, o diez millones de
olores. Y también escuchar tonalidades
ultrasónicas imperceptibles al oído
humano, y detectar un ruido a 80 ó 100
metros de distancia.
Confieso que me encantan los perros, y cualquier
tipo de animal. Pero no me imagino a estos canes
policiales, cada uno entrenado en olores diferentes,
vigilando los barrios de La Habana para detectar
el tráfico de marihuana, cocaína
y crack. Y también los olores de langostas,
camarones, pescado de costa, o los simples paquetes
de leche en polvo, queso blanco criollo, y el
humilde sobre de celofán con café
de chícharos, mercancías todas que
a diario se mueven por las calles habaneras y
por cualquier rincón de la Isla.
Si como se afirma el entrenamiento de un perro
para olfatear olores implica que deban oler esas
sustancias, habrá canes adictos al ron
para detectar las fábricas clandestinas
(algunas muy sofisticadas) de esa bebida, o de
refrescos y cervezas enlatadas, de jamón,
quesos, y de puros habanos envasados en las mismas
cajas de cedro que vende el estado a precios prohibitivos
para el turismo barato que viene a la Isla.
No me imagino a un perro detectando una bomba
con explosivo sintético, que se afirma
no tiene olor; pero es terrible pensar que, por
el sudor de adrenalina que generan aquellas personas
con miedo a los perros, estos peligrosos mastines
podrían, por equivocación, acusar
a simples ciudadanos, que sí llevan una
vida de perros.
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