PRENSA INDEPENDIENTE
Diciembre 30, 2005
 

SOCIEDAD
La niña de Ramona

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org) - Conversé con Ramona en su cuarto, en un solar de Centro Habana, hace ya algún tiempo. Guardé los apuntes porque por aquellos días no estaba con ánimo para llevar al papel sus palabras, que me llegaron al alma. Ramona me hablaba de su niña, una muchacha de veinte años, condenada a dos años de prisión por andar con extranjeros.

Cuando recibió la noticia no sabía qué hacer, si llorar, si cerrar los ojos y desear la muerte, si salir a la calle sin rumbo fijo. Su única hija, la niña de sus ojos, que crió y educó como si fuera de cristal, siempre velando porque tuviera buena conducta en la vida, buenas notas en la escuela, y para que fuera una joven de finos modales. Tan bella su hija, desde que nació, me dijo. Parecía una muñeca con sus bucles rubios y sus ojos color miel, tan parecidos a los de su padre, muerto en una de las guerras secretas de Fidel Castro.

Hoy, la niña de Ramona está en prisión, y ella va a verla con el corazón hecho pedazos. Si la ven -dice- no la conocen. No se parece a la niña hermosa que era.

Ramona me cuenta la historia, tan parecida a miles de historias que suceden en Cuba. La Niña tenía un montón de pretendientes, es cierto, pero le decía a su madre que esperaba un "buen partido" para casarse. Un poco en broma, un poco en serio, decía que al cuarto no entraba otra libreta de racionamiento para comprar las limosnas que proporciona el estado a la población.

La hija de Ramona esperaba por un dirigente político que le brindara una vida mejor. Quería sacar a su madre del solar, de la miseria, del calor de la barbacoa, de la cocina de luz brillante. Quería darle a su madre todo lo que no había podido obtener como trabajadora durante treinta años.

Un día conoció al hombre que esperaba. No era precisamente un dirigente político de alto nivel, con auto, cuota especial de alimentos y aire acondicionado en su dormitorio. No, era algo mejor: un turista español que se enamoró de la Niña como un loco, y a la semana siguiente de conocerla le propuso matrimonio y llevársela a su piso de Madrid junto con la madre.

Todo iba viento en popa. Los muebles de Ramona, rotos y sin tapizar desde hacía no se sabe cuánto tiempo, recobraron un poco de su antiguo esplendor. Compraron cortinas, pintaron la barbacoa. En el segundo viaje del madrileño se hicieron de una cocina eléctrica, un refrigerador, un ventilador de techo. La hija de Ramona tenía ropas elegantes, perfumes franceses y lucía feliz.

Como Ramona era una mujer liberada permitió que el español durmiera con su hija en la barbacoa. A fin de cuentas, se casarían, y el novio tenía buen porte, buenos modales. Inspiraba confianza, siempre pidiendo permiso para pasar del baño a la cocina y preguntándole a Ramona: "Suegra, ¿qué quiere comer hoy?"

El final de la historia es el mismo de las miles de historias que se suceden en Cuba. El matrimonio no se llevó a cabo. El madrileño nunca realizó el tercer viaje prometido. De esto hace ya tres años, y la Niña, como todos la conocen, porque a pesar de su edad conserva un rostro infantil, continuó en la búsqueda de un hombre que la sacara de la miseria en que transcurren sus días.


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