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SOCIEDAD
La niña de Ramona
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- Conversé con Ramona en su cuarto, en
un solar de Centro Habana, hace ya algún
tiempo. Guardé los apuntes porque por aquellos
días no estaba con ánimo para llevar
al papel sus palabras, que me llegaron al alma.
Ramona me hablaba de su niña, una muchacha
de veinte años, condenada a dos años
de prisión por andar con extranjeros.
Cuando recibió la noticia no sabía
qué hacer, si llorar, si cerrar los ojos
y desear la muerte, si salir a la calle sin rumbo
fijo. Su única hija, la niña de
sus ojos, que crió y educó como
si fuera de cristal, siempre velando porque tuviera
buena conducta en la vida, buenas notas en la
escuela, y para que fuera una joven de finos modales.
Tan bella su hija, desde que nació, me
dijo. Parecía una muñeca con sus
bucles rubios y sus ojos color miel, tan parecidos
a los de su padre, muerto en una de las guerras
secretas de Fidel Castro.
Hoy, la niña de Ramona está en
prisión, y ella va a verla con el corazón
hecho pedazos. Si la ven -dice- no la conocen.
No se parece a la niña hermosa que era.
Ramona me cuenta la historia, tan parecida a
miles de historias que suceden en Cuba. La Niña
tenía un montón de pretendientes,
es cierto, pero le decía a su madre que
esperaba un "buen partido" para casarse.
Un poco en broma, un poco en serio, decía
que al cuarto no entraba otra libreta de racionamiento
para comprar las limosnas que proporciona el estado
a la población.
La hija de Ramona esperaba por un dirigente político
que le brindara una vida mejor. Quería
sacar a su madre del solar, de la miseria, del
calor de la barbacoa, de la cocina de luz brillante.
Quería darle a su madre todo lo que no
había podido obtener como trabajadora durante
treinta años.
Un día conoció al hombre que esperaba.
No era precisamente un dirigente político
de alto nivel, con auto, cuota especial de alimentos
y aire acondicionado en su dormitorio. No, era
algo mejor: un turista español que se enamoró
de la Niña como un loco, y a la semana
siguiente de conocerla le propuso matrimonio y
llevársela a su piso de Madrid junto con
la madre.
Todo iba viento en popa. Los muebles de Ramona,
rotos y sin tapizar desde hacía no se sabe
cuánto tiempo, recobraron un poco de su
antiguo esplendor. Compraron cortinas, pintaron
la barbacoa. En el segundo viaje del madrileño
se hicieron de una cocina eléctrica, un
refrigerador, un ventilador de techo. La hija
de Ramona tenía ropas elegantes, perfumes
franceses y lucía feliz.
Como Ramona era una mujer liberada permitió
que el español durmiera con su hija en
la barbacoa. A fin de cuentas, se casarían,
y el novio tenía buen porte, buenos modales.
Inspiraba confianza, siempre pidiendo permiso
para pasar del baño a la cocina y preguntándole
a Ramona: "Suegra, ¿qué quiere
comer hoy?"
El final de la historia es el mismo de las miles
de historias que se suceden en Cuba. El matrimonio
no se llevó a cabo. El madrileño
nunca realizó el tercer viaje prometido.
De esto hace ya tres años, y la Niña,
como todos la conocen, porque a pesar de su edad
conserva un rostro infantil, continuó en
la búsqueda de un hombre que la sacara
de la miseria en que transcurren sus días.
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