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SOCIEDAD
Apuntes
del tiempo perdido
José Antonio Fornaris, Cuba-Verdad
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- El ómnibus, de los que en Canadá
y Estados Unidos se utilizan para transportar
escolares, pero que en La Habana están
al servicio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias
(FAR), como iba casi vacío se detuvo en
la esquina más transitada de la barriada
Managua, donde había decenas de personas
esperando algo en qué transportarse, a
recoger pasajeros.
El inspector popular del transporte, persona
que tiene la facultad de parar a los vehículos
estatales, exceptuando a algunos, como los de
las FAR, para que recojan a algún pasajero,
estaba situado a cuarenta metros de donde se detuvo
el ómnibus. Se acercó a reclamarle
responsabilidad al conductor del vehículo.
El chofer le dijo que él paraba donde le
daba la gana. El inspector, ni corto ni perezoso,
le lanzó un golpe al chofer por la ventanilla.
El agredido se levantó de su asiento, pero
ya con un cohete en la mano, arma que evidentemente
lleva siempre consigo para cualquier percance
que se presente.
El inspector, al ver la reacción del conductor,
comenzó a buscar piedras en los alrededores
para lanzarlas al chofer. A su vez, algunas personas
de las que estaban en el ómnibus, asustadas,
trataban de bajar, mientras que otras, que tal
vez pensaron que era mejor aprovechar el ómnibus
que asustarse, intentaban subir. Una señora,
muy nerviosa, gritaba que la dejaran bajar, que
había ido a la policlínica porque
tenía la presión alta y que le iba
a dar un infarto.
Algunos de los militares que viajaban en el ómnibus
calmaron a los contrincantes. No obstante, el
inspector fue a quejarse a un policía,
pero éste, sabiamente, no reprimió,
sino que sirvió de mediador.
Por fin, el ómnibus echó a andar,
no sin antes golpearse el chofer a sí mismo,
en la cara, con el ánimo de contener su
ira.
Cuarenta minutos después, en el reparto
Eléctrico, un "camello" (camión
con arrastre para el transporte público)
llegó a su primera parada. Se dirigía
al Vedado con catorce personas ocupando casi la
mitad de los treinta asientos con que cuenta este
tipo de transporte.
Como era 16 de diciembre, vísperas de
San Lázaro, uno de los santos más
venerados en Cuba, el gobierno reforzó
las rutas de ómnibus que se dirigen hacia
la zona donde está el santuario a San Lázaro,
sacando carros de las demás líneas.
Por lo tanto, éstas se encontraban más
críticas que de costumbre.
Previendo situaciones desagradables, fueron situados
inspectores en los sitios donde las congestiones
son más serias. Una inspectora exigió
que bajaran del "camello" diez de los
empleados que venían ocupando asientos,
pues según lo establecido por la empresa
de ómnibus, sólo deben ser cuatro.
Algunos de los empleados se negaron a bajar,
alegando que el M-6 estaba pasando con una frecuencia
de dos horas. La discusión que se armó
(amenizada por palabrotas y la invitación
de la inspectora a una pasajera a fajarse, porque
quería continuar sentada) fue tal, que
daba la impresión de que la estructura
metálica del "camello" se estremecía.
Por fin, después de diez minutos en ese
ajetreo, y ante la amenaza de la inspectora de
que retiraría el derecho de continuar viaje
al carro, la propia tripulación del "camello"
(chofer y cobradores), le pidieron a sus compañeros
que se bajaran.
Una hora después me encontraba en una
casa de cambio de divisas (CADECA) de la calle
Belascoaín, municipio Centro Habana, y
de pronto, la gerente le dijo a la empleada que
atendía en la ventanilla que detuviera
su trabajo.
De inmediato apareció otra empleada con
una torta de chocolate y un frasco de perfume.
La jefa dijo que se trataba de un presente que
sus compañeros le hacían por su
cumpleaños.
Me uní al coro que le deseó felicidades
a la empleada, y dije, sin que nadie me preguntara
mi opinión, que era muy bueno que hiciéramos
este tipo de cosas.
Todavía quedan en Cuba algunos reductos
de buenas costumbres y gestos amables. Tal vez
no todo se haya perdido.
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