|
PRISIONES
Borradas
del mundo
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- Apenas podía entenderse lo que hablaba.
Siempre tenía en plena disposición
un motivo para armar una controversia.
El pleito en primer plano, la oralidad altisonante,
la soltura para lanzar una andanada de obscenidades
revelaban una personalidad en decadencia. ¿Retraso
mental?, ¿esquizofrenia?, ¿desórdenes
paranoicos? Nunca lo supe, pero indudablemente
aquel cerebro como que patinaba sobre el sentido
común, era anfitrión del desliz,
aposento de la insania.
Su procedencia rural se desbordaba en su fisonomía.
La cadencia en articular el amasijo de palabras,
que por costumbre se desprendían de su
garganta en tropel y excedidas en decibeles, me
confirmaban que Guantánamo me acogía
en sus predios. La ciudad-capital más oriental
de Cuba. Desde mi ventana, podía atisbar
la luminosidad de la Base Militar Norteamericana.
A escasos kilómetros, como tallados en
el cielo, los resplandores escapándose
de las edificaciones castrenses. Yo pensando en
mi hogar, mi familia, los amigos, en su intangibilidad
forjada en los 910 kilómetros puestos por
el destino y la inconsciencia, justamente delante
de mis ojos, encima de mis anhelos, en el borde
de mis ansiedades.
Un grito aterrorizante tomó por asalto
mis tímpanos. En un santiamén pude
experimentar el salto de la meditación
al estremecimiento. Pegado en las paredes, el
olor de algún material incinerado, revoloteando
junto al enjambre de mosquitos la alternancia
de las quejas y el llanto.
Dos manos borradas del mundo. Diez dedos devorados
por más de 100 grados centígrados.
Dos antebrazos deformes para siempre. Un hombre
anegado de dolores y desesperación retorciéndose
entre las sombras y la soledad. Desde mi celda
intuía un suicidio a lo bonzo, el fuego
apoderado de todo el cuerpo.
La intensidad de los gemidos ofrecía
una hipótesis más cruenta, mas el
fin de la víctima era la búsqueda
de un daño parcial, no una muerte a expensas
de una hoguera.
Pude verlo en el hospital con las vendas tapando
los muñones. Huraño como de costumbre
e impaciente por la llegada de los documentos
que certificarían la imposibilidad de continuar
en la cárcel a causa de su minusvalía,
el joven nacido en el municipio de Baracoa, se
paseaba de un lado a otro quizás elucubrando
planes una vez en el hogar.
Buena parte de sus 30 años se habían
consumido tras las rejas. Las palizas, el hambre,
el abandono de la familia, las tensiones propias
del ambiente carcelario y la facilidad para obtener
medicamentos con el propósito de drogarse,
daban respuesta a su estado de enajenación.
Constantemente le echaba en cara a los guardias
sus excesos. De su boca partían denuncias
sobre presuntos casos de corrupción ocurridos
en el centro penitenciario por parte de la oficialidad
y de los subordinados.
"Manteca", así se hacía
llamar aquel hombre segado por la locura, al que
muchos mirábamos con asombro al escucharle
su historia en el delito y sus tragedias.
Con varias envolturas de plástico y una
fosforera conseguía salir de la prisión
y de sus manos. Una fórmula que denotaba
el derrumbe del raciocinio y la certeza del desajuste.
Aún estoy perplejo de esta vivencia en
aquellos infiernos. "Manteca" puede
que haya muerto, sobreviva internado en un manicomio
o se encuentre otra vez en la cárcel. Recuerdo
sus brazos incompletos, la crudeza de su analfabetismo
y la hosquedad desprendida de su alienación.
Estuvimos juntos en el Combinado Provincial de
Guantánamo. Terminaba 2003 y nacía,
en esos ámbitos viles, 2004.
|