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CULTURA
Las exageraciones de Don Guillermo
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- A Guillermo Cabrera Infante siempre lo acusaron,
entre otras cosas, de ser un exagerado. Tengo
que admitirlo, creo que tenían razón.
Exageró con lo de su amor por La Habana.
Él, que era de Gibara, vivió menos
de 15 años en La Habana y fue a morir al
destierro londinense, eternizó la magia
de las noches habaneras. Sólo él
podía narrar la magia de una ciudad, que
como si la hubiera soñado, ya sólo
existe en sus novelas.
Exageró con Lunes de Revolución.
Lo culparon de querer cogerse la cultura revolucionaria
para él solo. Se quedaron cortos los comisarios
con la acusación. A él no le apetecían
los monstruos mitológicos y menos los esperpentos.
Desmesurado como era, quiso que la revista abarcara
toda la cultura, no sólo la revolucionaria.
Pobre, provinciano, hijo de comunistas, se confió
demasiado. Ignoraba que el arte era culpable.
Que en el socialismo, el hombre y todo lo que
hace siempre son culpables. Pensó que aquí
no sería así. Solía repetir
que en Cuba nunca se sabe. Debía haberlo
sabido. Si lo sabía casi todo, hasta el
color de las cenizas de Marx. Erró al pensar
que en el trópico todo era más suave.
Exageró con su manía de escribir
bien, insoportablemente bien. Para conseguirlo,
se apropió, siempre exagerado, del idioma
castellano y de "los diferentes dialectos
del español que se habla en Cuba".
Parece ser que, sin timidez, cenaba a menudo
con Cervantes y algunos fines de semana con Shakespeare
y Hemingway. Fue por la época que Julio
Cortázar con barbas y algunos de sus colegas
del boom quisieron condenarlo al ostracismo.
También exageró su pasión
por la música y el cine. Envuelto en tórridos
enredos con Bárbara Stanwick, Rita Hayworth
o Liza Minelli, Miriam Gómez, triunfante,
siempre tenía que rescatarlo. Como si la
vida fuera uno de esos boleros que recuerdan amores
o perfidias. O un solo de la trompeta con sordina
de Miles Davis.
Implacable, de la dictadura dijo todo. Dijo más.
Dijo tanto y fue tan exagerada su pasión
por la libertad que ni la muerte le mereció
la absolución de comisarios y mandarines.
Gozó, eterno jodedor, con el odio de sus
enemigos. Presumía de la rabia que le mostraban
en el reino. Halagaba su vanidad de proscrito.
Dice Fermín Gabor, con su lengua de estilete,
que se aferró a la leyenda de su heroísmo
intelectual que, "como tantas de las que
escribió, era una exageración".
Cabrera Infante gustaba comentar cuánto
y cómo se leían, a despecho de las
prohibiciones, sus libros en Cuba. Solía
decir que sus lectores cubanos ofrecían
por sus libros de 5 a 10 latas de leche condensada.
Señores, doy fe de que en ese asunto sí
que Don Guillermo no exageró. Si acaso,
las latas de leche condensada son sólo
un símbolo. En el Período Especial,
desaparecieron, no existían. Hoy, son un
lujo asiático.
Soy testigo de que una legión de lectores
cubanos, entre los que obviamente me incluyo,
ha rastreado durante años los libros de
Guillermo Cabrera Infante por todas las ventas
de libros usados de la ciudad. Dispuestos a todo
por conseguirlo. Incluso a no tomar leche, lo
cual, en su hambre casi sudanesa, era el menor
de los sacrificios.
Tras hallazgos milagrosos, proposiciones misteriosas,
revelación de insólitos escondites
y regateos interminables, hemos pagado, sin chistar
o chistando, diez dólares por manoseados
ejemplares extranjeros de "Delito por bailar
el Chachachá" o "Así en
la paz como en la guerra" (Ediciones R, 1960)
y 20 dólares por "Tres Tristes Tigres".
Sé que ése puede ser su precio
en cualquier otro país. Sólo que
los cubanos no ganan su salario en dólares.
En Cuba, al cambio actual, dichos precios equivalen
a sumas que oscilan entre 250 y 500 pesos moneda
nacional. El equivalente del costo de 6 a 10 latas
de leche condensada en las tiendas recaudadoras
de divisas. Pregunte a cualquier cubano de la
isla si es mucho.
A pesar de mis pesquisas entre los libreros por
cuenta propia de la ciudad, sigo sin conseguir
-y por tanto sin haber podido leer- "La Habana
para un Infante difunto". Vaya título
exagerado que resultó profético.
Por este medio, ofrezco una recompensa de diez
latas de leche condensada por dicho libro. Aunque
me cueste la cárcel o el divorcio.
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