PRENSA INDEPENDIENTE
Diciembre 28, 2005
 

CULTURA
Las exageraciones de Don Guillermo

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org) - A Guillermo Cabrera Infante siempre lo acusaron, entre otras cosas, de ser un exagerado. Tengo que admitirlo, creo que tenían razón.

Exageró con lo de su amor por La Habana. Él, que era de Gibara, vivió menos de 15 años en La Habana y fue a morir al destierro londinense, eternizó la magia de las noches habaneras. Sólo él podía narrar la magia de una ciudad, que como si la hubiera soñado, ya sólo existe en sus novelas.

Exageró con Lunes de Revolución. Lo culparon de querer cogerse la cultura revolucionaria para él solo. Se quedaron cortos los comisarios con la acusación. A él no le apetecían los monstruos mitológicos y menos los esperpentos. Desmesurado como era, quiso que la revista abarcara toda la cultura, no sólo la revolucionaria.

Pobre, provinciano, hijo de comunistas, se confió demasiado. Ignoraba que el arte era culpable. Que en el socialismo, el hombre y todo lo que hace siempre son culpables. Pensó que aquí no sería así. Solía repetir que en Cuba nunca se sabe. Debía haberlo sabido. Si lo sabía casi todo, hasta el color de las cenizas de Marx. Erró al pensar que en el trópico todo era más suave.

Exageró con su manía de escribir bien, insoportablemente bien. Para conseguirlo, se apropió, siempre exagerado, del idioma castellano y de "los diferentes dialectos del español que se habla en Cuba".

Parece ser que, sin timidez, cenaba a menudo con Cervantes y algunos fines de semana con Shakespeare y Hemingway. Fue por la época que Julio Cortázar con barbas y algunos de sus colegas del boom quisieron condenarlo al ostracismo.

También exageró su pasión por la música y el cine. Envuelto en tórridos enredos con Bárbara Stanwick, Rita Hayworth o Liza Minelli, Miriam Gómez, triunfante, siempre tenía que rescatarlo. Como si la vida fuera uno de esos boleros que recuerdan amores o perfidias. O un solo de la trompeta con sordina de Miles Davis.

Implacable, de la dictadura dijo todo. Dijo más. Dijo tanto y fue tan exagerada su pasión por la libertad que ni la muerte le mereció la absolución de comisarios y mandarines.

Gozó, eterno jodedor, con el odio de sus enemigos. Presumía de la rabia que le mostraban en el reino. Halagaba su vanidad de proscrito. Dice Fermín Gabor, con su lengua de estilete, que se aferró a la leyenda de su heroísmo intelectual que, "como tantas de las que escribió, era una exageración".

Cabrera Infante gustaba comentar cuánto y cómo se leían, a despecho de las prohibiciones, sus libros en Cuba. Solía decir que sus lectores cubanos ofrecían por sus libros de 5 a 10 latas de leche condensada.

Señores, doy fe de que en ese asunto sí que Don Guillermo no exageró. Si acaso, las latas de leche condensada son sólo un símbolo. En el Período Especial, desaparecieron, no existían. Hoy, son un lujo asiático.

Soy testigo de que una legión de lectores cubanos, entre los que obviamente me incluyo, ha rastreado durante años los libros de Guillermo Cabrera Infante por todas las ventas de libros usados de la ciudad. Dispuestos a todo por conseguirlo. Incluso a no tomar leche, lo cual, en su hambre casi sudanesa, era el menor de los sacrificios.

Tras hallazgos milagrosos, proposiciones misteriosas, revelación de insólitos escondites y regateos interminables, hemos pagado, sin chistar o chistando, diez dólares por manoseados ejemplares extranjeros de "Delito por bailar el Chachachá" o "Así en la paz como en la guerra" (Ediciones R, 1960) y 20 dólares por "Tres Tristes Tigres".

Sé que ése puede ser su precio en cualquier otro país. Sólo que los cubanos no ganan su salario en dólares. En Cuba, al cambio actual, dichos precios equivalen a sumas que oscilan entre 250 y 500 pesos moneda nacional. El equivalente del costo de 6 a 10 latas de leche condensada en las tiendas recaudadoras de divisas. Pregunte a cualquier cubano de la isla si es mucho.

A pesar de mis pesquisas entre los libreros por cuenta propia de la ciudad, sigo sin conseguir -y por tanto sin haber podido leer- "La Habana para un Infante difunto". Vaya título exagerado que resultó profético.

Por este medio, ofrezco una recompensa de diez latas de leche condensada por dicho libro. Aunque me cueste la cárcel o el divorcio.


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