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SOCIEDAD
Una olla para la Conejera
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- El viejo siempre soñó con tener
una familia unida. Lo consiguió. Después
que enviudó, para evitar disputas por la
casa, pasó la propiedad a nombre de sus
tres hijos. El mayor ya se había casado.
Los otros estaban en edad de casarse. La casa
era grande. Había espacio para todos.
Antes de morir, les hizo prometer que, pasara
lo que pasara, nada los separaría jamás.
Luego, murió con la tranquilidad de los
buenos.
Tras su fallecimiento, la familia creció
y se multiplicó. La casa se dividió
y se subdividió. Paredes, tabiques, escaleras
y barbacoas delimitaron los territorios autónomos
de las nuevas familias de los hijos. Todos con
una misma libreta de racionamiento. Con un acuerdo
tácito de no desglosar parte alguna de
la casa, el patrimonio de todos.
La cohesión familiar enfrentó airosa
las sucesivas bodas, concubinatos, nacimientos,
divorcios y nuevos matrimonios.
Se fueron añadiendo baños, cocinas
y entradas independientes. Los vecinos bautizaron
la casa como La Conejera.
La armonía familiar se mantenía
en un precario equilibrio, sólo turbado
por ocasionales peleas infantiles, borracheras,
desacuerdos pasajeros y algún altercado
doméstico.
A veces las discusiones podían llegar
a alcanzar la categoría de acalorados escándalos.
Pero siempre todo se resolvía en familia.
La paz duró en La Conejera hasta que aparecieron
las ollas.
Llegaron al oscurecer, custodiadas por la policía,
el delegado del Poder Popular, varios militantes
del Partido Comunista y los trabajadores sociales.
Terminaron de repartirlas a medianoche. Era una
actividad priorizada de la batalla de ideas. Además,
no había en la barriada un sitio seguro
donde guardarlas hasta la siguiente mañana.
Ni siquiera la unidad policial parecía
confiable.
Correspondía una olla arrocera eléctrica
Liya por núcleo familiar. El jefe de cada
núcleo, o sea, el primer nombre en la lista
de consumidores de la libreta, recibió,
previa presentación de la cartilla de abastecimientos
y el carnet de identidad, una olla por el costo
de 145 pesos. A pagar en un plazo de un mes.
Fue entonces que estalló la guerra en
La Conejera. Ni el Rey Salomón la hubiera
podido evitar. Ni su sabiduría podría
decidir cuál de las tres familias se quedaría
con la olla.
Como convocadas por el demonio, afloraron de
un golpe todas las contradicciones acalladas durante
años.
El mayor de los hermanos, el jefe de núcleo
según la libreta, defendió con vehemencia
su derecho a la olla. Los otros protestaron. Cómo
la iba a coger él, que era el de mejor
situación económica, dijeron los
desfavorecidos. Ellos tenían menos posibilidades.
Por eso mismo, dijo el primogénito, ellos
no tenían dinero para pagarla. Lo pedimos
prestado, le contestaron, eso no es asunto tuyo.
La necesitamos porque tenemos niños pequeños.
A mí no me importa, respondió acalorado,
¡jódanse! Hubieran estudiado como
hice yo. La revolución les dio la oportunidad
de superarse, si no la aprovecharon, ahora cáguense
en su madre. Necesito la olla y punto. Ya bastante
tengo con tener que soportar a sus chiquillos
malcriados, sus perros cagones y la chusmería
de sus mujeres.
¡Chusma, pero no puta como la tuya, que
te pega los tarros, gordo maricón!, aulló
su cuñada antes de recibir el primer puñetazo
de la noche. El segundo lo lanzó su marido.
Directo al mentón de su hermano.
Cuando llegaron los policías, tonfas en
mano y confiscando machetes y cuchillos de cocina,
los cristales de las ventanas estaban pulverizados.
Ladrillos, restos de sillas, palos y botellas
rotas cubrían el portal y la acera. Los
llantos, gritos, ladridos de perros e improperios
contra las madres de ausentes y presentes, incluidos
Dios y Fidel, auguraban el fin de los tiempos.
Con los espejuelos rotos, el hermano menor, siempre
sentimental, lloraba desconsolado e imploraba
tranquilidad. ¡Está bueno ya, caballeros,
háganlo por la memoria de los viejos!
- ¡Cállate, anda, por eso siempre
estás como estás! -gritaba su esposa,
aferrada a la puerta del carro patrullero.
Regresaron de la unidad a media mañana.
Algunos vendados. Todos multados por escándalo
público. Entonces, llegaron a un acuerdo.
Como siempre, todo se resolvió en familia.
El menor de los hermanos, siempre juicioso, halló
la solución. Vendieron la olla arrocera.
En 20 pesos convertibles o 480 pesos, no estoy
seguro. Al comprador le pareció buen precio.
Con ese dinero, acaban de iniciar los trámites
para oficializar ante la Dirección de Viviendas
la división de la casa. Sólo así,
cada familia podrá tener su libreta de
abastecimientos.
Todos sienten pena cuando piensan en los difuntos
viejos, ¡los pobres!, pero hay que ser prácticos
y dejarse de sentimentalismos. El primogénito
ya habla de buscar permuta para El Vedado.
Dicen que el trámite para desglosar es
largo, engorroso y con mucho papeleo. Esperan
terminarlo, si Dios quiere, antes que lleguen
las ollas de presión.
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