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Mentiras
tuyas
Raúl Rivero, El
Nuevo Herald, 25 de diciembre de 2005.
La esencia de las dictaduras totalitarias es
turbia y mentirosa. Sobre esa plataforma de engaños,
sobre esos cimientos de palabrería y populismo
fermentado con un jarabe de lugares comunes y
descalificaciones, se levanta --con un temblor
de flanes-- el argumento de los rufianes desesperados
por el poder.
Así es que lo que más necesita
para mantenerse en el aire un dictador empedernido
es una buena tropa de mentirosos. Una columna
de difamadores profesionales, de gente sin preocupaciones
por la noción que encierran los vocablos,
sin idea de los compromisos de una oración
y ajenos a la trascendencia de la comunicación
humana.
Por lo tanto, aun después de los juicios
donde se condenan a los opositores, juicios que
parecen guiones escritos por un redactor de sainetes,
hay que destacar a una vanguardia que sostenga
el artificio y reafirme la trampa.
Y ahí están decididos, atildados
y obedientes los graduados más brillantes
de la Escuela de Pinochos Emergentes con sus carretas
de difamaciones cosidas con alambre de cobre,
frente a las cámaras de televisión,
ante los micrófonos y el teclado de los
ordenadores estatales, torpes y corrosivos, envueltos
en la tela de araña de un discurso revolcado
por la razón y el tiempo.
Son fonemas de combustión interna. Son
consignas que se lanzan al aire para complacer
a la nomenclatura y a sus maestresalas y que se
diluyen en la atmósfera crispada y tensa
de un país que no puede creer en otra cosa
que no sea el anuncio de la libertad y la apertura.
Para durar un poco más hay que justificar
los años que lleva preso el médico
Oscar Elías Biscet. Se hace necesario acusarlo
de terrorista, de agente enemigo, para que la
servidumbre duerma tranquila y los cómplices
usen esa papelería sin crédito en
sus nebulosas gestiones publicitarias.
Hay que ocultar que la Fundación Lawton
se creó para trabajar en contra de la pena
de muerte y en contra del aborto. No se puede
saber que Biscet, en el tiempo que estuvo en la
calle entre una condena y la otra, había
anunciado que trabajaría por la libertad
de los presos políticos y por un trato
justo y humano a los comunes.
Nadie debe saber que allá dentro, en todos
los calabozos y celdas de castigo donde ha sido
huésped, Biscet ha tenido siempre una posición
de dignidad personal, de coraje, de denuncia y
enfrentamiento con los carceleros y los propagadores
del ruido de candados que usan corbatas de seda
o trajes de campaña y prótesis del
mundo occidental.
Que no se difunda que Biscet lee a los clásicos
españoles y la Biblia. Que no se sepa que
escribe cuando puede versos de amor a su mujer
y mensajes de aliento a sus amigos, y que ha dicho
que la fuerza radica en la fe y en la ternura
y en la capacidad de amar y defender a los cubanos.
No. Que nunca conozcan a este hombre.
Lo que la dictadura necesita en todo el cielo
de la nación es un poco más de odio
y de mentira, tormentas falsificadas, penumbra,
opacidad, para que se retrase un poco el alba
que está ahí.
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