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SOCIEDAD
Crónica
sin final
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- Todavía me parece mentira que en pleno
año 2005, y mientras tantos activistas
del movimiento de derechos humanos han recibido
como castigo del gobierno actos de repudio a la
misma puerta de sus casas, organizados de antemano
por la policía política, el cronista
del diario Juventud Rebelde, Ciro Bianchi Ross,
fuera capaz de escribir sobre la porra machadista,
precisamente el 24 de julio, cuando unas cincuenta
personas, provenientes de distintos centros de
trabajo, fueron citados en la calle 36, del barrio
habanero Nuevo Vedado para gritarle oprobios a
Vladimiro Roca, presidente del ilegal Partido
Social Demócrata Cubano, y a otros disidentes
en algunos barrios capitalinos.
La crónica de mi viejo amigo y colega
Ciro cayó como anillo al dedo. Si alguien
por allá por Bolondrón o Tumba la
Mocha no sabía que los actos de repudio
ejecutados por las Brigadas de Respuesta Rápida,
eran una copia fiel de la porra de Gerardo Machado,
con el artículo de Ciro lo supo.
Conocí a Ciro Bianchi por los años
setenta, cuando entrevistaba dos veces por semana
al escritor José Lezama Lima sin ninguna
posibilidad de publicar las entrevistas. Era,
bien lo recuerdo, una persona agradable y de talento.
Fiel a aquella amistad, y sobre todo a su talento,
lo primero que leo en Juventud Rebelde es su página,
siempre con alguna historia interesante, desconocida,
sobre nuestro país, escrita en forma amena.
Cuando publicó su crónica titulada
"La porra", ¿sabía mi
amigo que también en el gobierno actual
se practica esa vieja costumbre, bárbara
por cierto? Estoy segura que sí.
En su crónica, Ciro explica en detalle
cómo surgió la porra en Cuba y menciona
a su jefe, el coronel Juan A. Jiménez,
más conocido entonces por Lico, quien tenía
como misión "evitar por todos los
medios los actos públicos contra el gobierno
machadista". La consigna era: "Ni una
manifestación más".
Nadie sabe, según el cronista, quién
le puso el nombre de porra a esos grupos de personas
que se prestaban a ofender y golpear en defensa
y apoyo del régimen. Es posible que la
palabra venga de palo o porrazo.
Lo cierto es que el dictador Gerardo Machado
dirigía la porra desde su despacho, indignado
y nervioso. Organizó, con el fin de controlar
a las mujeres opositoras, la porra femenina, compuesta
por grupos de muchachas de pelo en pecho, dirigidas
por Estela Moré, cuyo nombre ha quedado
para la historia por su singular bravura. La idea
era golpear en plena calle a las mujeres que protestaban
contra el dictador.
El final de la porra fue trágico. El coronel
Lico fue perseguido por la multitud hasta morir
a manos de uno de sus propios soldados. Fernández
Rosa, su creador, fue ajusticiado por miembros
de la organización ABC y estudiantes universitarios,
en la calle Lugareño y la avenida Carlos
III, en La Habana.
Pero esta crónica de mi entrañable
amigo, como todas las que escribe de excelente
factura, no finaliza diciendo que la porra resurgió
en las calles cubanas en 1980, contra los que
se iban del país por el puente de Mariel.
Tampoco dice que se usó, desde los primeros
meses de 1988, contra los activistas de los derechos
humanos dirigidos por Ricardo Bofill. Esa es una
historia que mi amigo escribirá algún
día.
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