PRENSA INDEPENDIENTE
Diciembre 22, 2005
 

SOCIEDAD
Crónica sin final

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org) - Todavía me parece mentira que en pleno año 2005, y mientras tantos activistas del movimiento de derechos humanos han recibido como castigo del gobierno actos de repudio a la misma puerta de sus casas, organizados de antemano por la policía política, el cronista del diario Juventud Rebelde, Ciro Bianchi Ross, fuera capaz de escribir sobre la porra machadista, precisamente el 24 de julio, cuando unas cincuenta personas, provenientes de distintos centros de trabajo, fueron citados en la calle 36, del barrio habanero Nuevo Vedado para gritarle oprobios a Vladimiro Roca, presidente del ilegal Partido Social Demócrata Cubano, y a otros disidentes en algunos barrios capitalinos.

La crónica de mi viejo amigo y colega Ciro cayó como anillo al dedo. Si alguien por allá por Bolondrón o Tumba la Mocha no sabía que los actos de repudio ejecutados por las Brigadas de Respuesta Rápida, eran una copia fiel de la porra de Gerardo Machado, con el artículo de Ciro lo supo.

Conocí a Ciro Bianchi por los años setenta, cuando entrevistaba dos veces por semana al escritor José Lezama Lima sin ninguna posibilidad de publicar las entrevistas. Era, bien lo recuerdo, una persona agradable y de talento.

Fiel a aquella amistad, y sobre todo a su talento, lo primero que leo en Juventud Rebelde es su página, siempre con alguna historia interesante, desconocida, sobre nuestro país, escrita en forma amena.

Cuando publicó su crónica titulada "La porra", ¿sabía mi amigo que también en el gobierno actual se practica esa vieja costumbre, bárbara por cierto? Estoy segura que sí.

En su crónica, Ciro explica en detalle cómo surgió la porra en Cuba y menciona a su jefe, el coronel Juan A. Jiménez, más conocido entonces por Lico, quien tenía como misión "evitar por todos los medios los actos públicos contra el gobierno machadista". La consigna era: "Ni una manifestación más".

Nadie sabe, según el cronista, quién le puso el nombre de porra a esos grupos de personas que se prestaban a ofender y golpear en defensa y apoyo del régimen. Es posible que la palabra venga de palo o porrazo.

Lo cierto es que el dictador Gerardo Machado dirigía la porra desde su despacho, indignado y nervioso. Organizó, con el fin de controlar a las mujeres opositoras, la porra femenina, compuesta por grupos de muchachas de pelo en pecho, dirigidas por Estela Moré, cuyo nombre ha quedado para la historia por su singular bravura. La idea era golpear en plena calle a las mujeres que protestaban contra el dictador.

El final de la porra fue trágico. El coronel Lico fue perseguido por la multitud hasta morir a manos de uno de sus propios soldados. Fernández Rosa, su creador, fue ajusticiado por miembros de la organización ABC y estudiantes universitarios, en la calle Lugareño y la avenida Carlos III, en La Habana.

Pero esta crónica de mi entrañable amigo, como todas las que escribe de excelente factura, no finaliza diciendo que la porra resurgió en las calles cubanas en 1980, contra los que se iban del país por el puente de Mariel. Tampoco dice que se usó, desde los primeros meses de 1988, contra los activistas de los derechos humanos dirigidos por Ricardo Bofill. Esa es una historia que mi amigo escribirá algún día.


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