|
SOCIEDAD
En
defensa propia
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- Cuando la calumnia se convierte en un vicio
y la manipulación llega a conceptualizarse
como un ejercicio legítimo, se hace necesario
sonar la alarma. No es la recurrencia de tales
prácticas el único motivo para preocuparse,
sino la impunidad de los difamadores, su estridencia,
el delirio por canonizar el chisme y la invalidación
total para formular una réplica.
Impugnar desde una tribuna bajo la sombrilla
del poder absoluto es un acto no solamente bárbaro
y mediocre, es además algo siniestro y
abusivo. Más que poner en perspectiva un
asunto para su análisis y conclusiones,
lo que prima en el ambiente es el deseo de descalificar,
tergiversar y estructurar las coordenadas que
dibujen en la opinión pública los
contornos de un presunto delito.
Es imposible sostener criterios que difieran
de las normativas impuestas por un gobierno que
teme el pluralismo en cualquiera de sus manifestaciones.
Disponerse a expresar opiniones que choquen con
el dogma oficial significa la muerte y no sólo
la que termina en el sarcófago.
En Cuba hay otras formas de morir por articular
palabras indebidas, por poner en entredicho la
viabilidad de un sistema que en 47 años
de vida ha llevado la corrupción a niveles
de escándalo, no ha podido resolver el
problema de la vivienda, ha generado más
de un millón de exiliados y que ha sometido
a la cárcel a no menos de medio millón
de personas.
Arrojar luz sobre esas realidades que persisten
en ausentarse de las gargantas de los funcionarios
y de las publicaciones, pantallas y espacios radiofónicos,
es suficiente para ser juzgado, sin garantías
procesales, por un tribunal en el cual jueces,
fiscales y abogados son militantes del único
partido que se niega rotundamente a buscar la
legitimidad en las urnas en un proceso donde la
competitividad y la transparencia jueguen un papel
primordial.
Los comunistas optan por la ortodoxia, insisten
en el igualitarismo a toda costa, criminalizan
las discrepancias, dan preeminencia al terror
para mantener clausurados los espacios de expresión
a la ciudadanía y usan el periodismo como
un apéndice de la labor inquisitorial.
Los "comunicadores" oficiales, insultan,
agravian, mienten, adulteran, confunden, atrincherados
en el búnker facilitado por su soledad
mediática. Las dictaduras ensalzan la uniformidad,
los coros de las alabanzas bien afinados, las
obediencias sin ruidos. En cambio odian el debate
y la moderación, queman la cordura y elevan
a la fama el atropello.
Ahora está en marcha otro ciclo de calumnias.
Como de costumbre las andanadas vienen de la Mesa
Redonda, un programa radio-televisado que persigue
la distorsión informativa y responde a
agendas con nada de profesionalidad y excedidas
en técnicas que obligan a pensar en policías
antes que en periodistas.
Mientras escuchaba el diluvio de invectivas contra
la disidencia, sentí pena por los agresores.
Su parcialidad, el ánimo de desvirtuar,
el odio como protagonista, todo dispuesto para
inflamar la confrontación.
Parece que se avecina una nueva ola represiva.
Así fue en 2003. Ellos, los de la Mesa
Redonda, fueron y podrían ser hoy los que
preparen el terreno para otro asalto a la razón.
Yo, realmente, no puedo callar lo que siento.
Sería un cínico, un paladín
de la doble moral. Elegí manifestarme sin
los adornos del miedo. Estoy convencido de la
necesidad de una apertura en la que se respeten
las ideas diferentes.
Fui a prisión por defender los preceptos
de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos. Fui tratado como un cerdo, castigado
como un criminal; sin embargo, el rencor no anida
en mi mente. Propongo la reflexión a quienes
pueden evitar un deterioro mayor de la realidad.
Con más presos no se resolverá nada,
con más actos de repudio tampoco, con más
satanización mucho menos. El problema es
dialéctico e histórico. No se puede
sacrificar una nación en virtud de caprichos
que pueden desatar el caos.
Sé que puedo regresar a la cárcel,
quizás a morir, pero rehúso apoyar
algo en lo que no creo. Tengo un compromiso con
mi conciencia, un pacto con mis convicciones tendientes
a asegurar que todos podemos vivir juntos con
nuestras respectivas diferencias.
Lo de mercenario es una ofensa, una arista del
descrédito, un calificativo para pavimentar
el camino de la confusión.
A esos policías disfrazados de periodistas
los reto a un debate en igualdad de condiciones.
Con 10 minutos me bastaría para defenderme
de tantos insultos y manipulaciones.
Les hablaré de mi encarcelamiento injusto,
de los alimentos putrefactos, de los escorpiones,
mosquitos, roedores que poblaban mi celda, de
la convivencia con asesinos y dementes, del hacinamiento,
de la insalubridad, de la tuberculosis, de los
intentos de suicidios. Estuve en esos infiernos
por poner la nota discordante donde la partitura
la escribe un régimen dictatorial.
Por último les explicaré que hace
10 meses espero por el permiso de salida del gobierno
para marcharme del país definitivamente.
Una muestra de hasta dónde puede llegar
la ignominia.
|