PRENSA INDEPENDIENTE
Diciembre 22, 2005
 

SOCIEDAD
En defensa propia

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org) - Cuando la calumnia se convierte en un vicio y la manipulación llega a conceptualizarse como un ejercicio legítimo, se hace necesario sonar la alarma. No es la recurrencia de tales prácticas el único motivo para preocuparse, sino la impunidad de los difamadores, su estridencia, el delirio por canonizar el chisme y la invalidación total para formular una réplica.

Impugnar desde una tribuna bajo la sombrilla del poder absoluto es un acto no solamente bárbaro y mediocre, es además algo siniestro y abusivo. Más que poner en perspectiva un asunto para su análisis y conclusiones, lo que prima en el ambiente es el deseo de descalificar, tergiversar y estructurar las coordenadas que dibujen en la opinión pública los contornos de un presunto delito.

Es imposible sostener criterios que difieran de las normativas impuestas por un gobierno que teme el pluralismo en cualquiera de sus manifestaciones. Disponerse a expresar opiniones que choquen con el dogma oficial significa la muerte y no sólo la que termina en el sarcófago.

En Cuba hay otras formas de morir por articular palabras indebidas, por poner en entredicho la viabilidad de un sistema que en 47 años de vida ha llevado la corrupción a niveles de escándalo, no ha podido resolver el problema de la vivienda, ha generado más de un millón de exiliados y que ha sometido a la cárcel a no menos de medio millón de personas.

Arrojar luz sobre esas realidades que persisten en ausentarse de las gargantas de los funcionarios y de las publicaciones, pantallas y espacios radiofónicos, es suficiente para ser juzgado, sin garantías procesales, por un tribunal en el cual jueces, fiscales y abogados son militantes del único partido que se niega rotundamente a buscar la legitimidad en las urnas en un proceso donde la competitividad y la transparencia jueguen un papel primordial.

Los comunistas optan por la ortodoxia, insisten en el igualitarismo a toda costa, criminalizan las discrepancias, dan preeminencia al terror para mantener clausurados los espacios de expresión a la ciudadanía y usan el periodismo como un apéndice de la labor inquisitorial. Los "comunicadores" oficiales, insultan, agravian, mienten, adulteran, confunden, atrincherados en el búnker facilitado por su soledad mediática. Las dictaduras ensalzan la uniformidad, los coros de las alabanzas bien afinados, las obediencias sin ruidos. En cambio odian el debate y la moderación, queman la cordura y elevan a la fama el atropello.

Ahora está en marcha otro ciclo de calumnias. Como de costumbre las andanadas vienen de la Mesa Redonda, un programa radio-televisado que persigue la distorsión informativa y responde a agendas con nada de profesionalidad y excedidas en técnicas que obligan a pensar en policías antes que en periodistas.

Mientras escuchaba el diluvio de invectivas contra la disidencia, sentí pena por los agresores. Su parcialidad, el ánimo de desvirtuar, el odio como protagonista, todo dispuesto para inflamar la confrontación.

Parece que se avecina una nueva ola represiva. Así fue en 2003. Ellos, los de la Mesa Redonda, fueron y podrían ser hoy los que preparen el terreno para otro asalto a la razón.

Yo, realmente, no puedo callar lo que siento. Sería un cínico, un paladín de la doble moral. Elegí manifestarme sin los adornos del miedo. Estoy convencido de la necesidad de una apertura en la que se respeten las ideas diferentes.

Fui a prisión por defender los preceptos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Fui tratado como un cerdo, castigado como un criminal; sin embargo, el rencor no anida en mi mente. Propongo la reflexión a quienes pueden evitar un deterioro mayor de la realidad. Con más presos no se resolverá nada, con más actos de repudio tampoco, con más satanización mucho menos. El problema es dialéctico e histórico. No se puede sacrificar una nación en virtud de caprichos que pueden desatar el caos.

Sé que puedo regresar a la cárcel, quizás a morir, pero rehúso apoyar algo en lo que no creo. Tengo un compromiso con mi conciencia, un pacto con mis convicciones tendientes a asegurar que todos podemos vivir juntos con nuestras respectivas diferencias.

Lo de mercenario es una ofensa, una arista del descrédito, un calificativo para pavimentar el camino de la confusión.

A esos policías disfrazados de periodistas los reto a un debate en igualdad de condiciones. Con 10 minutos me bastaría para defenderme de tantos insultos y manipulaciones.

Les hablaré de mi encarcelamiento injusto, de los alimentos putrefactos, de los escorpiones, mosquitos, roedores que poblaban mi celda, de la convivencia con asesinos y dementes, del hacinamiento, de la insalubridad, de la tuberculosis, de los intentos de suicidios. Estuve en esos infiernos por poner la nota discordante donde la partitura la escribe un régimen dictatorial.

Por último les explicaré que hace 10 meses espero por el permiso de salida del gobierno para marcharme del país definitivamente. Una muestra de hasta dónde puede llegar la ignominia.


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