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SOCIEDAD
Las
barajas de Maria Luisa
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- Se les puede ver por el casco histórico
de la ciudad. A la sombra de la Catedral o del
Templete. Por la calle Obispo o en la esquina
de la Bodeguita del Medio.
Todas son negras. Visten faldas holgadas y largas.
Usan altos turbantes de colores. Llevan los collares
y pulseras de sus orishas. Azules, blancos, rojos
y amarillos.
Con la mediación de un vaso de agua espiritual,
leen la suerte en las cartas. En divisas o en
moneda nacional.
Las demás, sentadas en un quicio, soportan
el sol y sonríen a los transeúntes,
mientras fuman un descomunal habano.
Son las santeras de utilería de la Oficina
del Historiador de la Ciudad. Eusebio Leal, ducho
historiador y empresario, materializó en
las adoquinadas calles del lado presentable de
la ciudad vieja los grabados decimonónicos
de Milhaud y Landaluce.
Una Habana virtual, sepia o technicolor, al gusto,
a sólo metros de La Habana profunda, la
real. Folklore en venta para satisfacer las más
exóticas fantasías de turistas exigentes.
Sólo faltan los títeres del bululú.
El tinglado está montado para recaudar
la moneda dura de los visitantes.
Las cartománticas de Eusebio Leal, que
es diputado, católico y comunista, cobran
por su consulta tres pesos convertibles o diez
pesos a los nativos. Preparan resguardos y, previa
cita, tramitan limpiezas, rogaciones de cabeza,
como mismo otorgan Guerreros o la Mano de Orula.
Zoila, Teresa, María Luisa y las demás
cartománticas no pretenden engañar
a nadie. Luchan a su manera, como diría
el Viejo Sinatra, pero no mienten. Menos a los
suyos.
Con los foráneos, todo funciona. Ellos
no conocen. Sólo buscan diversión
y entretenimiento. Con los cubanos es distinto.
Con ellos hay que hilar fino. Aquí, cualquiera
ha caminado y le sabe a la materia.
Ellas no pueden mentir. Fingir, cual mercenarias
de la buenaventura, les cerraría las puertas
en el plano cósmico. Les traería
atraso.
Al margen del negocio tienen que hacer la caridad.
La hacen siempre que pueden. Buscando aché.
Como misioneras enfrentadas a muertos oscuros,
daños, maleficios y caminos cerrados.
Dicen lo que tienen que decir a quien las quiera
y las pueda oír. Que lo que se sabe no
se pregunta.
Encontré a María Luisa sentada
sobre un periódico colocado en el piso
mugriento, la espalda apoyada en una columna del
Palacio Aldama. Fumaba tabaco ajena a todo lo
que la rodeaba.
Ya había terminado su jornada como cartomántica
para turistas. Era la víspera de San Lázaro.
Babalú Ayé, prefiere decir ella.
El mejor de los días para hacer la caridad.
María Luisa tiene unos 60 años.
Es hija de haitianos. Creció oyendo hablar
de hougans y mamáns famosos. Entre ensalmos
para aplacar al Barón Samedi y demás
amos de cementerios. Habla de los orishas como
amigos que veces se ponen majaderos.
La curiosidad pudo más que mi escepticismo.
La saludé con respeto y empezamos a conversar.
Insistió en que me consultara. Si no tenía
dinero, no importaba. Me dijo que le diera lo
que quisiera. Le di un billete de diez pesos,
encendí un cigarro y me senté en
el piso, frente a ella.
Dividí en tres grupos el mazo de barajas
españolas. Fe, esperanza y caridad. Rezó
algo que apenas entendí. Entonces me miró
despacio a los ojos y empezó a decir. Tuve
que creerla.
Me preguntó si era artista. Pintor o escritor.
Bajó la voz y miró a los lados antes
de decirme que me cuidara. Que me vigilaban. Siempre
me vigilaban. Que no entendía de política,
pero que tuviera cuidado. Podía terminar
en la cárcel. Resignado, asentí
con la cabeza.
Cuando nos despedimos, me apretó la mano
y sonrió con dulzura maternal.
Me dolían las sienes. La tarde caía
sin prisa. Enredada en la tristeza. Como caen
siempre las tardes de La Habana.
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