PRENSA INDEPENDIENTE
Diciembre 22, 2005
 

SOCIEDAD
Las barajas de Maria Luisa

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org) - Se les puede ver por el casco histórico de la ciudad. A la sombra de la Catedral o del Templete. Por la calle Obispo o en la esquina de la Bodeguita del Medio.

Todas son negras. Visten faldas holgadas y largas. Usan altos turbantes de colores. Llevan los collares y pulseras de sus orishas. Azules, blancos, rojos y amarillos.

Con la mediación de un vaso de agua espiritual, leen la suerte en las cartas. En divisas o en moneda nacional.

Las demás, sentadas en un quicio, soportan el sol y sonríen a los transeúntes, mientras fuman un descomunal habano.

Son las santeras de utilería de la Oficina del Historiador de la Ciudad. Eusebio Leal, ducho historiador y empresario, materializó en las adoquinadas calles del lado presentable de la ciudad vieja los grabados decimonónicos de Milhaud y Landaluce.

Una Habana virtual, sepia o technicolor, al gusto, a sólo metros de La Habana profunda, la real. Folklore en venta para satisfacer las más exóticas fantasías de turistas exigentes. Sólo faltan los títeres del bululú. El tinglado está montado para recaudar la moneda dura de los visitantes.

Las cartománticas de Eusebio Leal, que es diputado, católico y comunista, cobran por su consulta tres pesos convertibles o diez pesos a los nativos. Preparan resguardos y, previa cita, tramitan limpiezas, rogaciones de cabeza, como mismo otorgan Guerreros o la Mano de Orula.

Zoila, Teresa, María Luisa y las demás cartománticas no pretenden engañar a nadie. Luchan a su manera, como diría el Viejo Sinatra, pero no mienten. Menos a los suyos.

Con los foráneos, todo funciona. Ellos no conocen. Sólo buscan diversión y entretenimiento. Con los cubanos es distinto. Con ellos hay que hilar fino. Aquí, cualquiera ha caminado y le sabe a la materia.

Ellas no pueden mentir. Fingir, cual mercenarias de la buenaventura, les cerraría las puertas en el plano cósmico. Les traería atraso.

Al margen del negocio tienen que hacer la caridad. La hacen siempre que pueden. Buscando aché. Como misioneras enfrentadas a muertos oscuros, daños, maleficios y caminos cerrados.

Dicen lo que tienen que decir a quien las quiera y las pueda oír. Que lo que se sabe no se pregunta.

Encontré a María Luisa sentada sobre un periódico colocado en el piso mugriento, la espalda apoyada en una columna del Palacio Aldama. Fumaba tabaco ajena a todo lo que la rodeaba.

Ya había terminado su jornada como cartomántica para turistas. Era la víspera de San Lázaro. Babalú Ayé, prefiere decir ella. El mejor de los días para hacer la caridad.

María Luisa tiene unos 60 años. Es hija de haitianos. Creció oyendo hablar de hougans y mamáns famosos. Entre ensalmos para aplacar al Barón Samedi y demás amos de cementerios. Habla de los orishas como amigos que veces se ponen majaderos.

La curiosidad pudo más que mi escepticismo. La saludé con respeto y empezamos a conversar. Insistió en que me consultara. Si no tenía dinero, no importaba. Me dijo que le diera lo que quisiera. Le di un billete de diez pesos, encendí un cigarro y me senté en el piso, frente a ella.

Dividí en tres grupos el mazo de barajas españolas. Fe, esperanza y caridad. Rezó algo que apenas entendí. Entonces me miró despacio a los ojos y empezó a decir. Tuve que creerla.

Me preguntó si era artista. Pintor o escritor. Bajó la voz y miró a los lados antes de decirme que me cuidara. Que me vigilaban. Siempre me vigilaban. Que no entendía de política, pero que tuviera cuidado. Podía terminar en la cárcel. Resignado, asentí con la cabeza.

Cuando nos despedimos, me apretó la mano y sonrió con dulzura maternal.

Me dolían las sienes. La tarde caía sin prisa. Enredada en la tristeza. Como caen siempre las tardes de La Habana.


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