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CULTURA
Habana blues
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- Benito Zambrano le tomó el pulso a esa
Habana que empuja el discurso oficial a la ficción.
Con buen tino y una indiscutible muestra de talento,
el cineasta español consigue estructurar
una historia en que peripecias, contradicciones,
conflictos tocan la sensibilidad de los cinéfilos.
Para un observador nacido fuera de la isla pudiera
resultar una parábola, una obra de arte
abierta al imaginario de los autores. Pero no,
sobre la pantalla aparece una sucesión
de rupturas, precariedades existenciales y sobre
todo la idiosincrasia del cubano cabeceando entre
los intersticios de la cotidianidad. No hay nada
forzado. Es Cuba en vivo. Copia fiel del derrumbe,
sin atenuantes.
Ardua, extenuante y salpicada de actitudes que
intentan insuflar alivio. Así es la vida
en Cuba, al menos para la mayoría. Lo demás
tiene que ver con la retórica o la metafísica,
nunca con una suma de tragedias que disparan hasta
sitios cercanos al delirio, la tasa de divorcios,
el índice de suicidios, en fin la enajenación
que se proyecta perpendicularmente sobre un pueblo
al que no poca propaganda tilda de feliz y jaranero.
Esto último marca una realidad. Sin embargo,
creo que no siempre una cascada de sonrisas y
chistes sea suficiente para estandarizar respuestas
sociológicas de una población que
sobrepasa los 11 millones de habitantes. La hilaridad
del cubano es real, sus frustraciones mayúsculas,
los rencores una sección dentro de su catálogo
de sensibilidades. Por eso no vale un simple paneo
por la epidermis de la sociedad cubana, es necesario
echar a la basura los prejuicios y ponerle coto
a las pasiones, si se quiere obtener una panorámica,
no absoluta, pero más arrimada a la objetividad.
"Habana Blues"recorre con la brevedad
de un guión el laberinto por el que millones
de cubanos deben desandar, a diario, para derrotar
la escasez y darle forma a sus proyectos. Sobornos
para domesticar la burocracia, incursiones en
el mercado negro como única alternativa
a la inoperancia del gobierno con sus paternalismos
y el inaplazable deseo de irse al extranjero para
cambiar las incertidumbres de todos los días
por las nostalgias que crecen en la lejanía
al compás de los recuerdos.
Juntos, en el avión o en la balsa, se van
en una esquina de la memoria, la familia, los
amigos, el barrio, la zozobra, las alegrías,
los amores, el salitre de la bahía y la
luz del trópico.
En el filme se develan costumbres a las que la
pobreza otorga un toque de exotismo y también
una distorsión que infringe a menudo los
códigos de la civilidad. Está presente
el tono surrealista de la convivencia en un solar,
la picaresca que sortea los rigores de un naufragio
en tierra firme, los diálogos permeados
de una vulgaridad que se ha instituido en casi
una regla.
El Chevrolet de 1952 es un detalle que retrata
un país varado en el tiempo. Gracias al
artefacto es posible ir hilvanando los sueños
de un grupo de músicos que no se entregan
a la pereza ni a la renuncia de sus metas. Con
él pueden evadir las dificultades para
el transporte de los instrumentos, hacer las gestiones
ante funcionarios, frágiles ante la vorágine
de la corrupción con fuerza de huracán.
Nadie a salvo, todos a merced de la ilegalidad
y de los sobresaltos del dogma que sacraliza la
parálisis social, las obediencias incondicionales
y los miedos altos y nervudos como Goliat.
Benito Zambrano acierta en su proposición
cinematográfica. Con perspicacia y sencillez
deja una huella de la tragedia, exhibe sin exageraciones
detalles de cómo se sobrevive en Cuba,
sin caer en discursos panfletarios. Sólo
narra una historia que nos toca de cerca, salta
sobre las vallas apologéticas, toma distancia
de la politización que el régimen
ha entronizado, a perpetuidad, en todos los ámbitos
de la existencia.
Recordé al finalizar la película
a muchos amigos, vecinos, familiares que fueron
o son protagonistas de problemas similares.
Las escenas tuvieron la delicadeza de visitar
un amplio territorio de los sentimientos. Sentí
tristeza, compasión y no pude sustraerme
a soltar alguna que otra carcajada. Equilibrio
y balance en la dramaturgia, excelente fotografía,
desempeño aceptable por parte de los actores
y la imbricación de la música como
un elemento vital en el desarrollo de la obra,
se destacan en la artesanía del creador
en la concepción de un estilo que lo presenta
como un cineasta con madera para continuar por
los caminos del éxito.
No es un filme perfecto, seguro que Zambrano no
perseguía tales pretensiones. Lo que sí
es valido recalcar es el agradecimiento de cuantos
lo pudieron ver en la edición del Festival
del Nuevo Cine Latinoamericano recién concluido
en la Habana.
Fue un mínimo acceso a la Cuba que quieren
tapar con un dedo. Por eso los aplausos dentro
del cine Yara, ubicado en la localidad del Vedado,
convertían en ininteligibles algunas de
las expresiones críticas de los actores.
La avidez por traspasar la puerta del salón
devino en trifulcas, bastonazos de la policía
y personas arrolladas por la multitud compuesta
por más de 1000 personas.
Los allí presentes sabían que era
una oportunidad para disfrutar de ese país
diferente, más afín a la verdad.
Buscaban reír y llorar con la complicidad
de las penumbras, reflexionar y borrar de su mente
el fardo de las ilusiones que la propaganda insiste
en lustrar.
Sentí que los cubanos aman la libertad
de expresión y que el miedo pierde, poco
a poco, su vitalidad.
"Habana Blues" ya no está en
cartelera. No es una sorpresa. La cultura es rehén
de una ideología que suele dar, cuando
le parece, un pestañazo de tolerancia.
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