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SOCIEDAD
Las reglas del juego
Rafael Ferro Salas, Abdala Press
PINAR DEL RIO, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- Desde 1959 se prohibió el juego en Cuba.
Nos estamos refiriendo a los juegos de azar. Pero
el juego es parte de la idiosincrasia del cubano,
y los cubanos siguen jugando a pesar de los riesgos.
La lotería se ha convertido en el pasatiempo
nacional. Se escucha de manera clandestina la
rifa de Miami. Los bancos ocultos pagan a los
premiados mediante las cadenas de listeros que
tienen incluidos en sus planillas clandestinas.
Muchos cubanos de bajos ingresos tienen en la
suerte de la lotería la esperanza soñada
para, al menos, mejorar por un día la cuota
de miseria que les toca por asignación
del Estado.
También se juega a ocultas en los estadios
de pelota. Y los fines de semanas los más
arrestados se internan en la campiña y
se involucran en lides de gallos finos. Pero todo
juego tiene sus reglas, y el juego prohibido en
Cuba no es excepción. Hay reglas y cobradores.
Cada banquero de la lotería tiene un cobrador,
y ese cobrador es el policía del barrio.
El método es simple: Los fines de semanas
se le envía al uniformado su remesa de
dinero por guardar silencio y dejar que las cosas
sigan como van.
Los amantes de las lides de gallos finos tienen
otro modo de silenciar a las autoridades. Cada
campo cubano tiene un guardabosque representando
al Estado. Cuando hay pelea de gallos pactada,
el guardabosque se persona en el sitio donde se
va a efectuar la lid. Cada asistente al evento
paga su cuota. El funcionario se va y todos contentos.
Los más beneficiados en las lides de gallos
son los expendedores de alimentos y bebidas. Esos
pagan, pero después recuperan el dinero
de la cuota donada. Allí los alimentos
y las bebidas suben mucho de precio. Un vaso de
agua fría cuesta un peso. Un pan con carne
diez pesos. Un cigarrillo alcanza el precio de
un peso. Los apostadores siguen pagando, son fieles
al viejo adagio: A un gustazo, un trancazo.
Así las cosas. Cuba entera juega, unos
pocos ganan y casi todos pierden, pero el cubano
se mantiene fiel a sus costumbres. El mismo Nicolás
Guillen lo decía en sus memorias al referirse
a su vicio de apostador de la lotería:
como buen cubano, juego mi número. (El
favorito del poeta nacional era el número
61).
"Siempre se ha jugado y se va a seguir jugando.
Al fin y al cabo uno lo hace con el dinero de
uno", nos dijo un seguidor de las peleas
de gallos finos durante nuestra visita a una valla
(sitio donde se llevan a cabo las peleas de gallos)
clandestina. "Nosotros le damos el dinero
al guardabosque. Es como si pagáramos un
impuesto, ya con eso estamos cumpliendo. Lo que
sucede es que a veces la policía se 'tira'
en el lugar y nos quitan todo lo que tenemos encima.
Entonces uno pierde por partida doble", dijo
otro apostador que en un vaso bebía ron
comprado a vendedores clandestinos en el mismo
sitio de las peleas.
Conversamos también con los vendedores
que van a esos sitios. Casi ninguno hace apuestas.
"A mí no me interesan las peleas de
gallos. Lo mío es vender lo que traigo.
Lo mismo vengo a vender agua fría, que
cigarrillos al menudeo o ron. También he
traído cerveza. Una cerveza en la calle
cuesta diez pesos. Aquí hay que darme por
una cerveza veinte pesos. Hay que pagar el gusto
y el riesgo que corro", agregó sonriendo.
El juego de lotería se realiza en los
mismos barrios. Cada cuadra tiene sus jugadores
y por cada casa va al caer la tarde el apuntador
que lleva el dinero al banco. También recogimos
criterios de seguidores de la lotería de
Miami. "Antes jugábamos por la de
Venezuela, pero Chávez (Hugo) le hizo caso
a Castro y la quitó. Entonces apareció
la de Miami. Los que tienen buenos radios la escuchan
por la Poderosa, la emisora radial de Miami. Al
otro día ya todo el mundo sabe los números
que salieron, eso no falla", dijo un señor
jubilado de 67 años y conocido como "Miguelo"
en el lugar.
Estuvimos también en el estadio de béisbol
("Capitán San Luis"). Allí
nos ayudó en nuestras entrevistas un apostador
que conocemos. Convenció a dos colegas
suyos para que dieran testimonio a esta agencia:
"Yo llevo apostando en la pelota 30 años,
ahora tengo 61. El mayor peligro aquí no
es perder, para eso se juega ¿no? Uno pierde
unas veces y otras gana. Lo malo aquí está
en si la policía te coge. Sabemos que de
vez en cuando nos meten entre nosotros a un chivato
(delator) y entonces nos 'cargan' a todos y nos
multan. Cuando nos cogen reincidiendo nos meten
presos. Entre nosotros los hay que ya hemos estado
presos por jugar. Nadie puede impedir que el cubano
juegue, compadre", sentenció el entrevistado,
que se identificó como Julián.
"A mí me gusta el juego desde chiquito.
Yo soy cubano y la pelota como mejor se ve es
apostándole a un equipo. Es más
emocionante. Aquí prohíben eso por
capricho; al fin y al cabo apostamos con nuestro
dinero. Es abusivo que metan presa a una persona
por apostar con su dinero", dijo un joven
que dijo ser estudiante de Medicina de cuarto
año y no quiso dar su nombre.
Así va Cuba en su mapa. El juego sigue
y hay sus reglas. Son acuerdos clandestinos entre
perseguidos y perseguidores; aunque, de vez en
cuando los que mandan cambian las reglas a su
favor.
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