PRENSA INDEPENDIENTE
Diciembre 19, 2005
 

SOCIEDAD
Las reglas del juego

Rafael Ferro Salas, Abdala Press

PINAR DEL RIO, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org) - Desde 1959 se prohibió el juego en Cuba. Nos estamos refiriendo a los juegos de azar. Pero el juego es parte de la idiosincrasia del cubano, y los cubanos siguen jugando a pesar de los riesgos.

La lotería se ha convertido en el pasatiempo nacional. Se escucha de manera clandestina la rifa de Miami. Los bancos ocultos pagan a los premiados mediante las cadenas de listeros que tienen incluidos en sus planillas clandestinas.

Muchos cubanos de bajos ingresos tienen en la suerte de la lotería la esperanza soñada para, al menos, mejorar por un día la cuota de miseria que les toca por asignación del Estado.

También se juega a ocultas en los estadios de pelota. Y los fines de semanas los más arrestados se internan en la campiña y se involucran en lides de gallos finos. Pero todo juego tiene sus reglas, y el juego prohibido en Cuba no es excepción. Hay reglas y cobradores.

Cada banquero de la lotería tiene un cobrador, y ese cobrador es el policía del barrio. El método es simple: Los fines de semanas se le envía al uniformado su remesa de dinero por guardar silencio y dejar que las cosas sigan como van.

Los amantes de las lides de gallos finos tienen otro modo de silenciar a las autoridades. Cada campo cubano tiene un guardabosque representando al Estado. Cuando hay pelea de gallos pactada, el guardabosque se persona en el sitio donde se va a efectuar la lid. Cada asistente al evento paga su cuota. El funcionario se va y todos contentos.

Los más beneficiados en las lides de gallos son los expendedores de alimentos y bebidas. Esos pagan, pero después recuperan el dinero de la cuota donada. Allí los alimentos y las bebidas suben mucho de precio. Un vaso de agua fría cuesta un peso. Un pan con carne diez pesos. Un cigarrillo alcanza el precio de un peso. Los apostadores siguen pagando, son fieles al viejo adagio: A un gustazo, un trancazo.

Así las cosas. Cuba entera juega, unos pocos ganan y casi todos pierden, pero el cubano se mantiene fiel a sus costumbres. El mismo Nicolás Guillen lo decía en sus memorias al referirse a su vicio de apostador de la lotería: como buen cubano, juego mi número. (El favorito del poeta nacional era el número 61).

"Siempre se ha jugado y se va a seguir jugando. Al fin y al cabo uno lo hace con el dinero de uno", nos dijo un seguidor de las peleas de gallos finos durante nuestra visita a una valla (sitio donde se llevan a cabo las peleas de gallos) clandestina. "Nosotros le damos el dinero al guardabosque. Es como si pagáramos un impuesto, ya con eso estamos cumpliendo. Lo que sucede es que a veces la policía se 'tira' en el lugar y nos quitan todo lo que tenemos encima. Entonces uno pierde por partida doble", dijo otro apostador que en un vaso bebía ron comprado a vendedores clandestinos en el mismo sitio de las peleas.

Conversamos también con los vendedores que van a esos sitios. Casi ninguno hace apuestas. "A mí no me interesan las peleas de gallos. Lo mío es vender lo que traigo. Lo mismo vengo a vender agua fría, que cigarrillos al menudeo o ron. También he traído cerveza. Una cerveza en la calle cuesta diez pesos. Aquí hay que darme por una cerveza veinte pesos. Hay que pagar el gusto y el riesgo que corro", agregó sonriendo.

El juego de lotería se realiza en los mismos barrios. Cada cuadra tiene sus jugadores y por cada casa va al caer la tarde el apuntador que lleva el dinero al banco. También recogimos criterios de seguidores de la lotería de Miami. "Antes jugábamos por la de Venezuela, pero Chávez (Hugo) le hizo caso a Castro y la quitó. Entonces apareció la de Miami. Los que tienen buenos radios la escuchan por la Poderosa, la emisora radial de Miami. Al otro día ya todo el mundo sabe los números que salieron, eso no falla", dijo un señor jubilado de 67 años y conocido como "Miguelo" en el lugar.

Estuvimos también en el estadio de béisbol ("Capitán San Luis"). Allí nos ayudó en nuestras entrevistas un apostador que conocemos. Convenció a dos colegas suyos para que dieran testimonio a esta agencia:

"Yo llevo apostando en la pelota 30 años, ahora tengo 61. El mayor peligro aquí no es perder, para eso se juega ¿no? Uno pierde unas veces y otras gana. Lo malo aquí está en si la policía te coge. Sabemos que de vez en cuando nos meten entre nosotros a un chivato (delator) y entonces nos 'cargan' a todos y nos multan. Cuando nos cogen reincidiendo nos meten presos. Entre nosotros los hay que ya hemos estado presos por jugar. Nadie puede impedir que el cubano juegue, compadre", sentenció el entrevistado, que se identificó como Julián.

"A mí me gusta el juego desde chiquito. Yo soy cubano y la pelota como mejor se ve es apostándole a un equipo. Es más emocionante. Aquí prohíben eso por capricho; al fin y al cabo apostamos con nuestro dinero. Es abusivo que metan presa a una persona por apostar con su dinero", dijo un joven que dijo ser estudiante de Medicina de cuarto año y no quiso dar su nombre.

Así va Cuba en su mapa. El juego sigue y hay sus reglas. Son acuerdos clandestinos entre perseguidos y perseguidores; aunque, de vez en cuando los que mandan cambian las reglas a su favor.


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