PRENSA INDEPENDIENTE
Diciembre 15, 2005
 

EDUCACION
La escuela cubana: actualidad y perspectiva

Lucas Garve, Fundación por la Libertad de Expresión

LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org) - La semana próxima en todas las escuelas del país celebrarán la Jornada del Educador. Cada 22 de diciembre, los alumnos y estudiantes festejan a sus maestros. Para la mayoría de los padres, desde días antes la búsqueda de un regalo para el maestro del niño o de la niña constituye otro quebradero de cabeza.

En un país donde casi todo hay que "resolverlo", y según la vox populi, hay que vender algo para vivir, porque del sueldo no vive nadie, los maestros están en desventaja, ya que en las escuelas no hay nada que vender.

La escuela cubana reinició un ciclo de nuevas fuerzas, al ser incorporados a la docencia los llamados "maestros emergentes". Ahora, con otra denominación, los continuadores de los primeros maestros voluntarios de hace 40 y tantos años, enfrentan a niños y adolescentes apoyados por clases televisadas para suplir la experiencia que les falta y la información especializada que sólo el estudio sistemático proporciona.

Valiéndose de un recurso ya estrenado cuando la Campaña de Alfabetización, la incorporación de varios miles de de jóvenes a las aulas, aún sin despedirse totalmente de la adolescencia, sirve para sostener un sistema de clases de doble sesión en las enseñanzas primaria y secundaria que mantenga a los muchachos fuera del ocio de las calles.

De esta manera, las autoridades callan la boca a los padres al evitar que los "nenes" mataperreen en un escenario en donde la emergencia social y económica impera, aderezada por una buena cuota de marginalidad.

En esta fecha, los maestros sienten que han recibido algún reconocimiento al ser beneficiados con cierto aumento de salario. Al mismo tiempo se sienten comprometidos con una tarea muy difícil: la de rescatar la autoridad sobre los educandos y la de soportar la avalancha de tareas burocráticas y políticas.

Los padres tienen una tendencia a sobreproteger a sus hijos. Sobre todo las madres inculcan a sus pequeños que el castigo por cometer faltas sólo ellas pueden decidirlo; aunque en muchos casos ellas mismas no los juzguen de la manera más correcta. Al maestro únicamente se le permite presentar la queja a unos padres que regresan abrumados del trabajo y deben encarar las tareas y necesidades domésticas.

Un niño o un joven pasan buena parte de las horas de su infancia y adolescencia junto a sus compañeros y frente a sus maestros. Ellos son los únicos representantes de una institución que, en definitiva, debe transmitirle los convencionalismos sociales que necesita incorporar para desenvolverse en la sociedad. Sin embargo, hoy mismo, sus maestros aún transitan por una etapa solamente un poco más avanzada del propio proceso en que se encuentran sus educandos.

Quizás todas estas causas provoquen que la denominada "educación formal", que no es otra cosa que las reglas de urbanidad y buenas costumbres que sostienen las relaciones humanas, sea un renglón en la columna del "debe" y no engrose el saldo del proceso educativo.

En perspectiva, la escuela cubana deberá dejar de ser un pivote para la acción política y replantearse justamente los métodos y las vías que garanticen sus fines para nutrir de ciudadanos a la sociedad civil y despojarse de la verticalidad de las decisiones tomadas por funcionarios escudados detrás de sus escritorios. Y restituirles a los maestros la autoridad para decidir sobre el proceso de enseñanza y sobre las normas de educación de sus educandos.

Cuando la escuela cubana enfrente el mayor de sus retos será cuando se encuentre en medio de una sociedad en transición hacia un sistema diferente.

Durante casi medio siglo la educación en Cuba ha sido un asunto político. Ha dependido de una férrea voluntad que decide el rumbo que debe tomar. Por otra parte, sostener que la educación puede despojarse totalmente de lo que se llama ideología, es un cuento de camino. Porque un sistema de educación sin un cuerpo de ideas que lo integre, sencillamente no existe.

Reconstruir la sociedad civil cubana necesitará de la acción de la escuela nacional y del cuerpo de docentes que la formen. No es cuestión de mantener utopías, sino de embridar las realidades que nos vendrán encima y saber manejarlas. Tampoco podremos darnos el lujo de dejar de la mano a cientos de miles de niños y adolescentes cuya existencia cambiará, algunos para bien, otros para mal. La escuela cubana en esa etapa nacional tendrá una responsabilidad tan de primer orden como lo serán las cuestiones económicas.


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