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SOCIEDAD
Poe en la esquina
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- Tenía el pelo empercudido, anémica
la complexión. Para mí era su tercera
incursión sobre aquella tierra de nadie
y de todos. La esperanza de encontrar un bocado
se insertaba, con buen puntaje, en el ámbito
de las probabilidades.
Insistía, escrutaba como poseído
por el espíritu de Sherlock Holmes en el
centro y los alrededores de la montaña
de avituallamientos. Paciente y entregado de lleno
en su búsqueda, lo volvía a sorprender
en una de las noches de la Habana Vieja, atrapadas
como de costumbre en la levedad del alumbrado
público y acentuando los peligros de "cortarse"
un pie con los excrementos sembrados por las calles
consumidas por las penumbras.
Hace unos días lo vi enfrascado en una
riña. Su contendiente huyó despavorido
después de recibir una mordida en el maxilar
inferior. Defendía el terreno que había
descubierto primero. Allí estaba su despensa
bajo la luz del Sol y los trazos blancos de la
Luna. Inamovible, profusa, en forma piramidal.
Ayer crecieron las ofertas y con ellas los inquilinos.
Mi vecino ahí, empeñado en llevarse
lo mejor y dándole prioridad a la indiferencia
respecto a los recién llegados.
Comprendió que es imposible resolver dos
cosas en el mismo intervalo de tiempo. A fin de
cuentas hay para todos. ¿Para que tanta
pelea?
Entre los asiduos es notorio el apetito y cierta
similitud en las intenciones. La pulcritud es
un vestigio deforme, una nota que desafina en
el concierto de la sobrevivencia. Las huellas
de la enfermedad sobre la piel es otra realidad
que impone un gesto de repugnancia en el rostro
de quienes se atreven a enfocarlos, a boca de
jarro, con las pupilas. Enjutos y con la mirada
perdida en el laberinto de su precariedad arrancan
lástimas y rechazos.
Son los perros que viven en la esquina del edificio
donde resido, restregando sus hocicos en los desperdicios.
Este es el lugar ideal para calmar sus depresiones
y domesticar sus hambres.
Recostado a la pared de un círculo infantil,
el basural crece impunemente a la vista de todos.
La última vez parecía una obra surrealista,
una montaña desde donde las pestilencias
y los microbios despegan con ánimos de
conquista.
Esa es la Habana suprimida de los informes de
la prensa oficial. Mi barrio echado en los brazos
del abandono, con una topografía impuesta
por la deficiente labor de la empresa de comunales.
La ineficiencia en el sector encargado del saneamiento
es también un guiño para los gatos
que ya cuentan con una fuente segura de aprovisionamiento.
Escurridizos, los roedores les toman el tiempo
a sus eternos adversarios para llevarse entre
los dientes los restos de algún animal
enrollados en otras inmundicias.
Caránganos, lombrices, moscas, pulgas,
mosquitos, se agregan a la comitiva que vive a
todo lujo.
En la medida que muchos sufrimos, otros gozan
a sus anchas. Es la dialéctica que prevalece
en estas zonas donde las promesas y el triunfalismo
quedan cubiertos por las náuseas y las
dudas.
Yo creo no haberme equivocado, pero detrás
de un saco con tripas de pescado, justo al lado
de dos perros que degustaban un hueso con puntos
negros, y una rata con los ojos puestos en los
intestinos de un cerdo, pintados de verde por
la descomposición, descubrí el fantasma
de Edgar Allan Poe tomando notas para un relato
espeluznante. A un kilómetro, como pegada
en el cielo, un aura tiñosa. ¿Será
mi próxima vecina?
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