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ECONOMIA
La muerte de un central azucarero
Reinaldo Calderín,
APLO
SANTIAGO DE CUBA, Diciembre (www.cubanet.org)
- En el lugar conocido como Algodonal, un antiguo
batey situado entre los poblados de Alto Songo
y El Cristo, en la actual provincia de Santiago
de Cuba, se ubicaba el central azucarero del mismo
nombre, Algodonal, antes de la Revolución
cubana de 1959. En lo adelante pasó a llamarse
Salvador Rosales.
El batey gozaba de algunos privilegios, con respecto
a los demás asentamientos rurales de la
zona, para aquellos tiempos: luz eléctrica,
agua directa por tubería y un buen poder
adquisitivo de la población, ya que la
mayoría trabajaban en el central. La gente
vivía con un entusiasmo tremendo, parecía
que el batey siempre estaba de fiesta, y así
era. El comienzo de cada contienda azucarera era
una fiesta, pues aseguraba el bienestar y progreso
de cada familia del batey. Así me lo cuentan
moradores del lugar, durante una breve visita,
que realicé al hoy demolido central Salvador
Rosales.
El central Salvador Rosales, uno de los más
eficientes de la provincia de Santiago de Cuba,
varias veces galardonado como Vanguardia Nacional,
fue demolido so pretexto de bajo rendimiento.
Algo muy contradictorio, como contradictorio es
todo lo que pasa allí después de
la demolición del central para implementar
la "Tarea Álvaro Reinoso".
El también llamado plan Alvaro Reinoso,
según las autoridades gubernamentales,
tiene como objetivo la diversificación
agroindustrial, bajo un programa de redistribución
gradual de los recursos humanos y el redimensionamiento
y reestructuración de la industria azucarera
y la agricultura cañera.
La medida ha dejado a más de mil trabajadores
de este central sin sus empleos habituales, se
rompieron las estructuras laborales y sociales
y con ello lo que quedaba de tradición
y vida del batey.
El plan contemplaba la demolición de unas
100 hectáreas de caña, para dedicarlas
a cultivos varios. De ellas, sólo seis
se lograron sembrar de yuca, el resto se convirtió
en terrenos baldíos, que poco a poco se
van transformando en verdaderas maniguas. La UBPC
encargada de explotar dichas tierras apenas cuenta
con equipos agrícolas, los pocos tractores
asignados no tienen neumáticos, piezas
de repuesto y carecen del combustible necesario.
Con el decursar del tiempo las promesas se van
diluyendo, los obreros reubicados y transformados
en estudiantes, ahora se les van incorporando
otras actividades, como custodios de las viejas
maquinarias y de todos los hierros que conformaban
el central. También se les está
exigiendo que participen en los trabajos agrícolas,
de lo contrario se les retira el salario.
Algunos obreros consultados dicen que ya una
gran mayoría pasa de los 50 años,
que volver a estudiar ahora es perder el tiempo,
ya que no asimilan los estudios, y que les falta
la voluntad para hacerlo, que llevan muchos años
en sus oficios y lo que se les están enseñando
nada tiene que ver con una recalificación
laboral.
Mi recorrido me sirvió para constatar
un pueblo que desaparece, su gente, su tradición
y lo más doloroso de todo, comprobar la
muerte de un central azucarero que fue pilar de
la primera industria del país.
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