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POLITICA
Berta
y Cindy
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- En noviembre, las noches suelen ser muy frías
en Camaguey. Lo son más cuando se pasan
en un duro banco de un parque.
Con la obstinación de una penitente y
el valor de los que tienen razón, Berta
Antúnez pasó dos días con
sus noches, acompañada por su cuñada,
en un parque camagüeyano. Esperaba una respuesta
de los que mantienen en prisión a su hermano.
Jorge Luis García "Antúnez"
estaba en huelga de hambre en la prisión
Kilo 8. Exigía las condiciones mínimas
de una reclusión digna. Su vida peligraba.
Los carceleros permanecían indiferentes
ante sus demandas.
Berta advirtió que iría de Placetas
a Camagüey y que no se marcharía de
allí hasta que le permitieran ver a su
hermano y las autoridades accedieran a sus demandas.
Berta Antúnez no acostumbra a hablar más
de lo necesario. La policía política
lo sabe.
Tuvieron que atenderla a regañadientes.
No se movió hasta que le permitieron ver
a Antúnez. Las amenazas, la fiebre y el
frío no pudieron vencerla.
Cindy Sheeham es la madre de un joven soldado
norteamericano muerto en Irak. Se ha convertido
en la voz de los que se oponen a dicha guerra
en Estados Unidos.
Los medios la siguen con avidez. Cuando acampa
en las afueras de Crawford, el rancho en Texas
del presidente Bush. Cuando protesta frente a
la Casa Blanca. Recogen todas sus declaraciones,
sin represalias, contra la guerra.
Ambas mujeres son símbolos vivientes.
Cindy Sheeham, de los objetores de la guerra de
Irak. Berta Antúnez, del presidio político
cubano. Sólo que la atención que
reciben por parte de los grandes medios informativos
no es la misma.
La lucha de Berta Antúnez a favor, no
sólo de su hermano y su tío, sino
de los centenares de prisioneros de conciencia
cubanos no atrae los titulares de la prensa internacional.
Su enfrentamiento a la maquinaria represiva de
un régimen totalitario no cuenta con cámaras,
micrófonos ni grabadoras.
Recientemente, el mundo se conmocionó
con la noticia de que varios talibanes prisioneros
en la base naval de Guantánamo habían
iniciado una huelga de hambre. Habían recurrido
a ese recurso extremo desesperados por la ambigüedad
del limbo legal en que se veían atrapados.
Casi simultáneamente, a varios kilómetros
del otro lado de la cerca fronteriza, en la prisión
provincial de Guantánamo, el periodista
Víctor Rolando Arroyo también estaba
en huelga de hambre.
Arroyo fue encarcelado en la primavera de 2003.
Lo condenaron a 26 años de privación
de libertad por ejercer su profesión al
margen del control estatal.
Pocas personas en el mundo supieron que Arroyo
y otros presos cubanos estaban en huelga de hambre
en protesta por los tratos degradantes a que eran
sometidos.
Tampoco saben que los prisioneros de conciencia
Héctor Palacios, Ricardo González
Alfonso, Normando Hernández, Omar Pernet,
Jorge Luis García Paneque, Nelson Aguiar,
Julio César Gálvez, Ángel
Moya y Pedro Arguelles, en crítico estado
de salud, continúan en pésimas condiciones
de confinamiento y recibiendo insuficiente atención
médica.
Un prisionero talibán en Guantánamo,
luego de entrevistarse con su abogado, se cortó
las venas y trató de ahorcarse. La noticia
recorrió el mundo. Sin embargo, las frecuentes
automutilaciones e intentos de suicidio en las
cárceles cubanas no son recogidas por la
prensa internacional.
Es como si el mundo, empeñado en que la
dictadura siga siendo fotogénica, se negara
a escuchar las denuncias que salen de las mazmorras
cubanas.
También alguna vez creyeron que Solshenitzin
exageraba sobre el GULAG soviético. Todavía
hay quienes pretenden creer en la vocación
democrática de los carniceros de Tiananmen.
El escándalo de Abu Grahib centró
la atención en las prisiones norteamericanas.
Incluso en las presuntas cárceles secretas
de la CIA. Sólo se habla de ellas. Cual
si no existiera nada peor. Son las únicas
que parecen preocupar al mundo. Esta temporada
es de buen gusto y políticamente correcto
ser antinorteamericano.
Las dantescas cárceles cubanas sólo
preocupan a las Damas de Blanco, al exilio, a
Reporteros sin Fronteras, Amnistía Internacional
y otros organismos de derechos humanos. De ellas
no se ocupan en cumbres presidenciales ni congresos
académicos. Siguen siendo un agujero negro
en la sensibilidad del mundo.
En las cárceles cubanas, con la complicidad
de la sordera mediática y la mala conciencia
mundial, continúan las palizas, las autoagresiones,
las celdas tapiadas y los castigos arbitrarios.
Asediada por la maquinaria represiva, sin cámaras,
micrófonos ni grabadoras, Berta Antúnez
sigue su lucha por su hermano y todos los demás
prisioneros de conciencia cubanos. Aunque el mundo
pretenda no oírla. Ella sabe que el tiempo
y la razón están a su favor.
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