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SOCIEDAD
Una bola de fin de año
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- Apareció como un pasquín en Macondo.
Todos hablaban de ella. Nadie sabe de donde salió.
Casi unánimemente la daban por cierta.
El listado indicaba los productos alimenticios
que serían vendidos en la canasta básica
con motivo de las festividades de fin de año.
También detallaba los precios. El costo
total era de 92 pesos y 95 centavos MN. Una ganga,
tal como van las cosas.
La lista de 19 artículos incluía
latas de carne de res uruguayas, sardinas, salchichas,
chorizos españoles, aceite y 10 libras
de arroz.
A algunos le pareció rara tanta abundancia
y generosidad. Los que pensaron mal, acertaron.
La lista resultó ser falsa. Fue una broma
cruel y de mal gusto. Mal intencionada. En Cuba,
bromear con la comida es casi humor negro.
Según el gobierno, fue una bola. No de
béisbol ni navideña. Una bola contrarrevolucionaria.
Un rumor propalado por sus enemigos para confundir
y desmoralizar.
Las ha habido frecuentes, de todas las dimensiones
y formas. Esta probablemente sea una de las mayores.
No se escuchaba una bola así desde aquélla
que en tiempos ya lejanos, anunció que
los comunistas quitarían a los padres la
patria potestad sobre sus hijos para enviarlos
a Rusia.
Eran tiempos difíciles y la gente se creía
cualquier cosa. El problema es que los tiempos
siguen siendo difíciles.
La policía política, su agentura
y sus redes casi infinitas de informantes deben
andar muy atareados persiguiendo al autor de la
lista suculenta.
No es para menos. La población se había
ilusionado. Ahora está decepcionada con
el gobierno y el estado, que en Cuba son una sola
cosa.
Por banal o ridículo que pueda parecer,
un hecho como éste sólo pudo ocurrir
en la Cuba de economía planificada, partido
único, colectivismo forzado, paternalismo
estatal, sueños aplazados indefinidamente,
coacción ideológica y alimentos
racionados.
La obediencia total de los ciudadanos tiene un
costo elevado para el Estado. La población
depende enteramente de él para satisfacer
sus necesidades siempre crecientes. Estas nunca
se resuelven. Los mandarines siempre se quedan
por debajo de las expectativas populares.
Como desvalidos pichones en el nido, los ciudadanos
esperan del súperestado benefactor los
beneficios que éste es incapaz de darles.
Las limitaciones sociales, económicas y
sicológicas que impuso lo imposibilitan.
La población, permanentemente insatisfecha
por sus carencias, sigue obedeciendo porque no
tiene otra opción. Teme al estado, pero
no lo ama. En todo caso, le es indiferente.
Como único modo de asegurar su supervivencia,
los cubanos, indefensos pero simuladores, se ven
forzados al robo, el mercado negro y las ilegalidades.
Teóricamente, en el socialismo todo es
del pueblo. En realidad, todo es del Estado. Nadie
se siente dueño de nada. Ni siquiera de
su vida. El bien común resulta algo demasiado
abstracto. Una abstracción molesta, confusa
y sideralmente lejana. A los seres humanos nos
resulta muy engorroso comprender las abstracciones.
La lista de los productos alimenticios de fin
de año era falsa. Dice el refrán
que la alegría en casa del pobre dura poco.
De nuevo, el ánimo de la población
está por el piso. El momento es particularmente
tenso. El estado trata de tapar las goteras. Las
promesas no logran aliviar la sensación
de asfixia.
El Estado volvió a lucir mal ante los
ojos del pueblo. Si ése era el objetivo
de la bola, parece que lo consiguió.
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