PRENSA INDEPENDIENTE
Diciembre 7, 2005
 

PRISIONES
Gritos en la oscuridad

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org) - Su abdomen estaba lleno de parches. Los tejidos originales habían desaparecido con el tiempo. Allí, como trazos sobre un óleo, sobresalían las huellas de las múltiples intervenciones quirúrgicas. Era un suicida, un hombre de 36 años persiguiendo a la muerte con una tenacidad de espanto. Las costuras apenas evitaban que el estómago con sus otras piezas se desbordaran de repente. Un leve corte y las tripas caerían en alud sobre aquel piso de granito. Una metáfora, un remiendo, una marca, para siempre, de la desesperación y de la locura. En eso consistía la pared abdominal de un analfabeto, un ser mentalmente disminuido que se robaba toda mi curiosidad y mis compasiones.

Matar el silencio de las madrugadas con un manantial de gritos era un acto cotidiano, su manera de mantener en jaque a la guarnición y, por supuesto, las señas de la demencia.

Una paliza como calmante, seguida de la decisión del agredido por la huelga de hambre, fue un acontecimiento repetido hasta la saciedad. La única excepción en el momento de iniciar las tandas de golpes consistía en evitar algún contacto en la parte delantera del torso. Una mínima fricción bastaba para un brote de estómago e intestinos.

Por suerte nunca ocurrió tal cosa, a pesar de la repetición de aquellas escenas caracterizadas por la alternancia sonora de los puños con los improperios y obscenidades intercambiadas por los enfrascados en la riña.

Varias veces pudimos disuadir al personaje que con sus historias superaba ampliamente la ficción.

Él había sido capaz de convertir la punta de un bolígrafo en un arma mortal. En su vientre se leían las heridas, escritas con una caligrafía tosca y escalofriante. Cucharas afiladas, tijeras, entre otros utensilios de metal se erigían en el instrumental causante de las rajaduras. En el cuello, los antebrazos y los muslos se podían obtener lecturas adicionales de un hombre situado en las antípodas de la razón.

Este señor nada tenía que ver con Frankestein, con su cuerpo logrado con los desechos encontrados en una morgue. Su andar no era tan erguido, ni sus zapatos tan voluminosos. El corte de pelo sería lo más parecido al personaje de la literatura y el cine.

Las suturas lo emparentaban con el monstruo sin alma. Se podían contar suficientes para después quedarse encerrado en el asombro. Arivíctor Peña Rodríguez, así se llamaba el individuo que sobrevivía cosido como su camisa gris. En su cama, a unos cinco metros de la mía, miraba fijamente al techo durante sus breves minutos de tranquilidad.

Así lo tengo impreso en las instantáneas del recuerdo. Ambos estábamos en la enfermería de la prisión de Agüica.

No sé nada sobre su destino. Me asalta la presunción de que, si no ha muerto, le falte una oreja. Esa sería su próxima aventura.

Nunca lo consideré un desalmado. Prefiero imaginarlo como el hombre que lloraba como un niño.


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