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PRISIONES
Gritos
en la oscuridad
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- Su abdomen estaba lleno de parches. Los tejidos
originales habían desaparecido con el tiempo.
Allí, como trazos sobre un óleo,
sobresalían las huellas de las múltiples
intervenciones quirúrgicas. Era un suicida,
un hombre de 36 años persiguiendo a la
muerte con una tenacidad de espanto. Las costuras
apenas evitaban que el estómago con sus
otras piezas se desbordaran de repente. Un leve
corte y las tripas caerían en alud sobre
aquel piso de granito. Una metáfora, un
remiendo, una marca, para siempre, de la desesperación
y de la locura. En eso consistía la pared
abdominal de un analfabeto, un ser mentalmente
disminuido que se robaba toda mi curiosidad y
mis compasiones.
Matar el silencio de las madrugadas con un manantial
de gritos era un acto cotidiano, su manera de
mantener en jaque a la guarnición y, por
supuesto, las señas de la demencia.
Una paliza como calmante, seguida de la decisión
del agredido por la huelga de hambre, fue un acontecimiento
repetido hasta la saciedad. La única excepción
en el momento de iniciar las tandas de golpes
consistía en evitar algún contacto
en la parte delantera del torso. Una mínima
fricción bastaba para un brote de estómago
e intestinos.
Por suerte nunca ocurrió tal cosa, a pesar
de la repetición de aquellas escenas caracterizadas
por la alternancia sonora de los puños
con los improperios y obscenidades intercambiadas
por los enfrascados en la riña.
Varias veces pudimos disuadir al personaje que
con sus historias superaba ampliamente la ficción.
Él había sido capaz de convertir
la punta de un bolígrafo en un arma mortal.
En su vientre se leían las heridas, escritas
con una caligrafía tosca y escalofriante.
Cucharas afiladas, tijeras, entre otros utensilios
de metal se erigían en el instrumental
causante de las rajaduras. En el cuello, los antebrazos
y los muslos se podían obtener lecturas
adicionales de un hombre situado en las antípodas
de la razón.
Este señor nada tenía que ver con
Frankestein, con su cuerpo logrado con los desechos
encontrados en una morgue. Su andar no era tan
erguido, ni sus zapatos tan voluminosos. El corte
de pelo sería lo más parecido al
personaje de la literatura y el cine.
Las suturas lo emparentaban con el monstruo sin
alma. Se podían contar suficientes para
después quedarse encerrado en el asombro.
Arivíctor Peña Rodríguez,
así se llamaba el individuo que sobrevivía
cosido como su camisa gris. En su cama, a unos
cinco metros de la mía, miraba fijamente
al techo durante sus breves minutos de tranquilidad.
Así lo tengo impreso en las instantáneas
del recuerdo. Ambos estábamos en la enfermería
de la prisión de Agüica.
No sé nada sobre su destino. Me asalta
la presunción de que, si no ha muerto,
le falte una oreja. Esa sería su próxima
aventura.
Nunca lo consideré un desalmado. Prefiero
imaginarlo como el hombre que lloraba como un
niño.
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