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SOCIEDAD
El primo Fidel
Tania Díaz Castro
LA HABANA, diciembre (www.cubanet.org) - Hace
tiempo que estaba por escribir esto que les cuento.
Inés María Domínguez Castro
es una de mis tantas primas por la rama materna.
Vive y trabaja como maestra en Camajuaní,
municipio de la provincia Villa Clara. En sus
visitas a La Habana, y durante años, cada
vez que venía a verme lo primero que me
decía era que Fidel Castro era primo nuestro.
Supongo que primo octavo o noveno, si sacamos
bien la cuenta.
Eso era lo que quería Inés María,
que yo sacara la cuenta, que indagara, que fuera
a la embajada de España en busca de una
pista. Yo terminaba muerta de la risa, porque
sus grandes ojos claros cobraban un raro brillo
de entusiasmo mientras me hablaba de lo mismo.
Se basaba mi prima en la sospecha que tenía
mi madre, ya fallecida, y hermana de la mía,
sobre el parentesco que podía existir entre
Juan Castro, mi abuelo materno y Ángel,
el padre del presidente cubano.
Al parecer, fueron las palabras que dijera mi
tía Ofelia, madre de Inés María,
antes de irse al otro mundo. "Investiga,
mi hija -le dijo-, investiga".
Yo, a la verdad, jamás hice nada para
conocer mi supuesto parentesco con Fidel Castro.
Eso me tenía como si nada. Porque, ¿qué
ganaríamos con saber que éramos
primos octavos o novenos del dueño de Cuba,
si total, nada íbamos a obtener que no
fuera una perpetua vigilancia por parte de la
policía política, por si un día
se le ocurre a Inés María o a mí
ponernos una peluca rubia y escapar de su Isla
con un pasaporte falso, como le ocurrió
a Alina, su hija verdadera?
Pero lo peor ocurrió después, hace
más o menos un año. Se apareció
Inés María a mi casa, sofocada,
en un bici-taxi y con un grueso libro entre las
manos, asegurándome que al fin traía
la prueba que tanto había esperado. Puso
el libro sobre la mesa. Se titula "Todo el
tiempo de los cedros, paisaje familiar de Fidel
Castro", escrito por Katiuska Blanco.
La portada es una foto de Ángel Castro,
el padre de Fidel, en compañía de
una jovencita delgada y de rostro inocente, que
más parecía la nieta que la esposa.
En la página 30 de dicho libro hay un
párrafo que Inés María me
leyó en voz alta y nerviosa. "En su
segundo viaje pensó establecerse en Camajuaní,
un pueblo pintoresco de Las Villas, que debía
su existencia al tendido de la línea ferroviaria
para conectar las zonas azucareras con los puertos
de la costa norte. Allí, un pariente suyo
poseía una finca".
Hasta ahí la pista. Sí, efectivamente,
se comentó en el seno de la familia que
Juan, mi abuelo, quien se había incorporado
al Ejercito Mambí para luchar por la independencia
de Cuba, había perdido una finquita arrendada
muy cerca del río Camajuaní. También
se comentaba que finalizada la guerra se dedicó
a criar cerdos para vender su carne por libras,
y regalarla a quien no podía pagarla.
Inés María me regaló el
libro con una dedicatoria: "Para que veas
que mamá tenía razón".
Lo leí completo. No, en absoluto: mi familia
toda (me refiero a los Castro), gente sencilla,
honesta, desinteresada y de ambiciones tan pequeñitas,
no podía ser familia de aquel cacique llamado
Don Ángel, y mucho menos de su hijo, el
dictador.
Mi abuelo Juan Castro era un pedazo de pan que
nada poseía. Por eso, cuando murió,
ni dinero hubo para comprarle un ataúd.
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