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Cubanos
que tienen la palabra
Raúl Rivero, El
Nuevo Herald, 27 de noviembre de 2005.
En el centro de la isla la policía sabe
que cada acción represiva tiene su cronista.
Allí están los reporteros de Cubanacán,
la agencia independiente que dirige Guillermo
Fariñas, omnipresente, objetiva, con la
descripción fotográfica de los episodios
de violencia que la dictadura diseña para
acallar y enmudecer a los grupos de la oposición.
Siempre están ellos, con sus lápices
y bolígrafos, sus grabadoras salvadas de
requisas y confiscaciones, para salir al mundo
con la información y los detalles de la
brutalidad, la intensidad de las golpizas que,
con demasiada frecuencia, están destinadas
también a los corresponsales.
En aquella región Cubanacán reporta,
además, cada reunión, comunicado,
empeño o trabajo que realicen quienes quieren
producir, por la vía pacífica, un
cambio radical en la sociedad cubana, atascada
en los canarreos de 47 primaveras negras.
Hay hombres y mujeres como estos en todo el país.
Por muy remota y mínima que parezca una
comarca, siempre hay un representante de la prensa
libre que hace llegar la nota a un destino que
la comparte con quienes respiran en democracia
y quieren saber la verdad de la vida en Cuba.
La ira de un dictador y los campanazos de su
tropa bovina no pueden silenciar a una nación
entera. Tiene en la cárcel, enfermos y
con largas condenas, a 25 periodistas, a centenares
en el exilio, pero su gesto zoológico no
ha podido impedir que las noticias que las alondras
de la propaganda oficial ocultan, enmascaran y
disimulan lleguen a los ojos de los lectores del
mundo.
Pero no hay que escribir sólo de los reporteros.
Hay un sitio especial para los artículos
de opinión, las crónicas y los comentarios
sobre las alternativas del día a día
y acerca de la errática, ruinosa y despiadada
política económica. A la agudeza
de los cronistas independientes no escapan los
vaivenes de unas escandalosas relaciones internacionales
que pretenden, ahora por un poco de petróleo,
ponerle una boina roja a cada ciudadano y convertir
a Cuba en otra isla Margarita.
Esa nómina tiene nombres que se reconocen
en los medios periodísticos y se les distingue
por la voluntad de escribir con honradez y claridad
a sólo unos pasos de los calabozos. Se
les admira y se les respeta porque en esas circunstancias
de asfixia y persecución no han perdido
su lucidez ni su objetividad, porque saben que
en aquel país no hay que decir una sola
mentira para mostrar la cara deforme y espantosa
de la realidad.
Son periodistas como Oscar Espinosa Chepe, Jorge
Olivera, Luis Cino, Miriam Leiva, Iván
García, Ana Leonor Díaz, Víctor
Domínguez y aun Ricardo González,
desde la celda del Combinado del Este donde esta
preso y enfermo.
Son muchos, desde diferentes registros profesionales,
pero con un único principio ético
que distingue al verdadero periodismo de la propaganda
y la escatología: escribir la verdad sin
un mandato y sin defender una fantasía
política personal, ni unas monedas ajenas
y prometidas.
Allí están, en el país apresado
por la banda que lo tomó hace 47 años,
libres en las calles y en sus almohadas, perseguidos,
pero con todas las palabras de la lengua castellana
a su alcance para contar lo que pasa y decir lo
que opinan.
El periodismo independiente no es una obsesión.
Es una realidad que tocamos todos los días
y una realidad que sobresalta y desnuda a los
verdugos.
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