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CORRUPCION
La corrupción, un cáncer en crecimiento (II y
final)
Oscar Espinosa Chepe
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- Alguien señaló hace mucho tiempo
que ser radical es ir a la raíz de los
problemas. En Cuba, para dar la batalla a la corrupción
y el delito debe irse a la raíz, que está
en un sistema que ha bloqueado las fuerzas productivas,
frenado la iniciativa y la creatividad ciudadanos
y promovido la miseria y la escasez. Al mismo
tiempo, sistemáticamente ha hecho dependiente
a la nación de la subvención extranjera,
antes de la extinta Unión Soviética
y países del Este de Europa, ahora de Venezuela
y las remesas provenientes del "enemigo".
La solución nunca será hallada
a través del incremento de la represión,
la construcción de nuevas cárceles
y el aumento de la ya impresionante población
penal con personas muchas veces empujadas al delito
por el desesperante clima social. Mucho menos
darán resultado las medidas en marcha,
dirigidas a recentralizar la economía,
remonopolizar el comercio exterior y cerrar los
pequeños espacios a la iniciativa individual.
Como en otras oportunidades, estos movimientos
involutivos sólo traerán consigo
dosis más elevadas de ineficiencia e improductividad
que luego se traducirán en menos riquezas
creadas, más precariedad, ingresos reales
de la población disminuidos, desesperanza
y frustración: caldo de cultivo propicio
para el florecimiento de la corrupción
y el delito. Combatir estos males con más
totalitarismo es como querer sofocar un incendio
con gasolina.
El camino acertado para comenzar la lucha contra
la corrupción y el delito es el de la liberación
de las fuerzas productivas, y la promoción
del espíritu emprendedor del cubano en
un marco legal adecuado, con normas éticas
aceptables y el respeto a los derechos humanos
consagrados universalmente.
La versión oficial de que la única
opción al aberrante capitalismo de estado
actuando durante tantos años en Cuba es
un sistema neoliberal resulta un total absurdo.
Para la inmensa mayoría de los cubanos,
ambos modelos -el estatista y el neoliberal- son
rechazables por su naturaleza antidemocrática,
elitista y promotora de injustas diferencias sociales.
El primero basándose en instrumentos ideológicos
para conseguir sus fines de mantener el poder
absoluto, y el otro en un ridículo darwinismo
económico-social para los suyos.
Los cubanos, herederos de una rica tradición
cristiana, patrimonio de creyentes y no creyentes,
y de concepciones liberales promulgadoras de una
democracia integral, donde además de la
libertad política esté priorizada
la justicia social y la solidaridad con oportunidades
de desarrollo para todos los ciudadanos, sin discriminación
de ningún tipo, no ven contradicción
alguna entre la propiedad pública y la
individual en un estado democrático y de
derecho.
La experiencia de muchos países, en especial
de algunos salidos de la extrema pobreza en los
últimos decenios, indica que la combinación
de la iniciativa pública y la privada ha
dado resultados excelentes. Los casos de China
y Vietnam muestran claramente lo anterior. La
populosa nación asiática tuvo una
tasa de crecimiento anual del PIB de 8.2% entre
1975 y 2003, siendo la tasa para el período
1990-2003 de 8.5%, según el Informe de
Desarrollo Humano 2005 del PNUD. Los indicadores
de la nación indochina para iguales etapas
fueron de 5 y 5.9%, respectivamente. Impresionantes
y sostenidos aumentos de la riqueza nacional logrados
por la sabia coordinación de los diferentes
intereses existentes en esos países, y
el uso del mercado y la competencia como categorías
económicas que, controladas debidamente,
resultan magníficos instrumentos para la
distribución de los recursos y el desarrollo
de las naciones.
Los cubanos, con nuestras tradiciones occidentales
y sin el lastre de milenios de despotismo, aspiramos
lograr una rápida reconstrucción
económica e importantes crecimientos del
PIB, y también marchar hacia una sociedad
democrática, en la cual esté vigente
el respeto a los derechos humanos.
Esos objetivos únicamente podrán
alcanzarse en un ambiente de reconciliación
y concordia nacional, donde exista respeto a las
concepciones distintas, y nadie tenga que renunciar
a sus ideas. Esto demandará compromisos
honorables, sin imposiciones ni apresuramientos.
La gradualidad constituye un elemento imprescindible
que garantiza avances constantes y evita los fracasos
de la improvisación.
El crecimiento económico, aunque necesario,
automáticamente no implica desarrollo y
beneficio para la sociedad en su conjunto si se
carece de adecuadas políticas de redistribución
del ingreso que imposibiliten la creación
de polos de pobreza y riqueza, promotores siempre
de inestabilidad social. Cuba, atenazada por una
crisis del sistema, necesita con urgencia nuevas
relaciones de producción y la transición
hacia una sociedad flexible e integradora de todos
sus hijos.
A pesar de la significativa subvención
venezolana, los efectos benéficos sobre
la economía y el nivel de vida de la población
no se perciben. Al contrario, sólo se aprecian
continuos retrocesos, acelerados por medidas involucionistas.
En la educación, la salud y la seguridad
social, áreas en las cuales existieron
avances, se observa un acelerado proceso involutivo
que amenaza con despedazar lo que con tantos esfuerzos
logró edificar el pueblo.
Las exportaciones cubanas de bienes se redujeron
al 23% del total del intercambio al cierre de
septiembre pasado, según datos oficiales.
Esto pudiera significar que al finalizar el año
el porcentaje de las exportaciones en relación
con el conjunto de las operaciones mercantiles
sea de un 20%, de acuerdo con el comportamiento
tradicional del comercio exterior de la Isla,
o sea, que por cada dólar exportado se
habrían gastado cuatro en productos comprados
en el exterior, un estado de cosas únicamente
sostenible, a duras penas, por la caridad extranjera.
Entre las compras cubanas están más
de mil millones de dólares en alimentos
-aproximadamente 500 millones al "enemigo"-
incluidas partidas de azúcar provenientes
de América del Sur. Un hecho insólito,
cuando a simple vista puede constatarse que la
mayoría de las tierras cultivables permanecen
baldías y cada vez más cubiertas
por el marabú y otras malezas. ¿Qué
puede justificar esta situación de carencia
de alimentos, cuando existe tanta tierra disponible
para sustentar a los cubanos e incluso generar
excedentes exportables? Podría entregarse
a personas dispuestas a cultivarlas, en calidad
de propiedad -incluidos militares, muchos de procedencia
campesina- que debidamente estimuladas las pondrían
a producir en su provecho y el de sus familias,
pero también en el de toda la sociedad.
¿Por qué, ante el acuciante problema
de la vivienda, uno de los más graves actualmente,
no se flexibiliza la legislación vigente
y se otorga la propiedad en términos reales
a las personas que las habitan? Así, los
inquilinos pudieran quitarse el cúmulo
de disposiciones burocráticas que convierten
en una tragedia reparar o ampliar una vivienda,
alquilar algún espacio o habitación,
permutar o vender según convenga. ¿Por
qué no se deja a los particulares edificar
sus propias casas o apartamentos, vendiéndoles
los materiales y ofreciéndoles créditos
a esos fines? Esas iniciativas pudieran complementarse
con proyectos públicos o de cooperativas
de ciudadanos agrupados voluntariamente para solucionar
la carencia de viviendas, como normalmente se
hace en el mundo entero.
¿Por qué a los cubanos no se les
permite tener negocios, mientras a los extranjeros
se les brindan oportunidades en casi todos los
sectores de la economía? La iniciativa
empresarial de los nacionales combinada con esfuerzos
públicos, como ha ocurrido en China y Vietnam,
daría enormes resultados al conjunto de
la sociedad, tanto a las personas emprendedoras
como al resto de la población, mediante
el aumento de los ingresos al presupuesto por
el pago de impuestos y otros gravámenes,
sin desestimar las ventajas en la creación
de nuevas fuentes de ocupación real y productiva
de la fuerza de trabajo, hoy subutilizada en un
alto grado.
Los compatriotas residentes en el exterior podrían
sumarse a estas iniciativas, al igual que ha ocurrido
en las mencionadas naciones asiáticas.
Ellos pudieran aportar un significativo apoyo
en la reconstrucción del país, no
sólo con las potencialidades financieras
logradas tras años de ardua y eficiente
laborar en el exterior, sino también con
los conocimientos sobre gestión de negocios
en economías de mercado, materia poco dominada
en Cuba por razones obvias.
Si a los cubanos se les permitiera trabajar y
desplegar la creatividad y la iniciativa que los
caracteriza, repetidamente probada en otras latitudes,
la riqueza fluiría en la Isla, y con ella
sería garantizado el sustento económico
indispensable para el desarrollo de sistemas adecuados
de educación, salud pública y seguridad
social para todos los ciudadanos, hoy en plena
involución a causa de la crisis.
Al sustituirse el sobredimensionado y burocrático
Estado actual, que pretende abarcarlo todo y no
controla nada, por un Estado moderno y democrático,
centrado en cuestiones de real importancia nacional,
y no en la pretensión de administrar barberías
y chinchales, podrían crearse condiciones
favorables para la eficiente administración
de los recursos pertenecientes a la sociedad,
evitándose la triste situación actual
de desvío de recursos.
Con el desarrollo del país deberán
mejorar paulatinamente los ingresos reales de
los ciudadanos. El trabajo creador recuperaría
la posición que nunca debió perder.
La pirámide social, hoy invertida a favor
de tramposos, cipayos y fariseos, recuperaría
la posición que le corresponde, privilegiando
a las personas más trabajadoras y capaces.
El cubano con sus esfuerzos crearía los
ingresos necesarios para tener una vida decente
y digna junto a su familia, sin necesidad de corromperse,
vender su conciencia ni cometer delitos.
Así es como pudiera combatirse eficazmente
el cáncer que hoy, de manera creciente,
corroe las entrañas de la nación.
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