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CORRUPCION
La
corrupción, un cancer en crecimiento (I)
Oscar Espinosa Chepe
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- Una nueva campaña contra la corrupción
está en marcha. Un proceso repetido cada
cierto tiempo contra un mal que no deja de crecer
y penetrar por todos los poros de la sociedad
cubana. Sus efectos, devastadores en la esfera
económica, son aún más terribles
en los aspectos sociales y espirituales de la
vida nacional.
Muchas campañas de este tipo, bajo el
manto de combatir la corrupción y el delito,
fueron llevadas a cabo en el pasado, siempre con
medidas represivas, amenazas y la adopción
de reglamentos llenos de restricciones y prohibiciones.
Recuérdense las operaciones Adoquín
y Pitirre en el Alambre, entre una larga lista
de acciones anticorrupción que, con singulares
apelativos, no han podido erradicar un cáncer
que cual gigantesca Hidra, cuando le cortan una
cabeza le surgen tres.
Con la pérdida de la sustentación
económica en forma de subvenciones provenientes
del Este de Europa a fines de los años
80, y el consiguiente aumento radical de la precariedad
y escasez de bienes, se ha incrementado la corrupción
a niveles insospechados. Este fenómeno
está acompañado de un irracional
manejo de los recursos materiales, financieros
y humanos que, en el marco de un anárquico
capitalismo de estado, ha desembocado en un colosal
despilfarro de bienes, de tal magnitud que podría
pasar a los anales de la historia universal como
único, y digno de estudio para las generaciones
venideras.
Los periodistas independientes y disidentes pacíficos
vienen denunciando este terrible estado de cosas
desde hace muchos años, y han recibido
por ello la incomprensión oficial, persecución
y largas condenas de cárcel. Las informaciones
recientes ratifican que sus llamados y denuncias
contra la corrupción y el delito en la
sociedad cubana en modo alguno eran elucubraciones.
Si acaso, pecaban por defecto ante el alcance
del desastre expuesto por las autoridades recientemente.
La experiencia que comenzó en la provincia
de Pinar del Río al sustituirse el personal
suministrador de combustible -los llamados pisteros-
en las estaciones de gasolina por jóvenes
trabajadores sociales provenientes del oriente
de la isla, pronto desveló que lo sustraído
era tanto o más que lo ingresado por la
venta del carburante. En algunos momentos se robaba
casi la mitad, y en ocasiones más de la
mitad. Cálculos oficiales aseguran que
en breve las dos terceras partes de la energía
consumida por la nación podría ahorrarse
con las medidas y controles en vías de
implementación, lo cual puede brindar una
somera idea del caos existente.
La corrupción y el delito, como se ha
demostrado, no sólo están presentes
en las refinerías, la distribución
y el suministro del combustible. Se evidencia
con fuerza pujante en todos los sectores de la
sociedad cubana. Puede hallarse en hospitales,
fábricas, hoteles, farmacias, tiendas de
venta en divisas, mercados agropecuarios, obras
en construcción, puertos, panaderías
y otros muchos lugares. Sin olvidar a millones
de cubanos que viven en la mentira, con una doble
moral por temor a que se les hunda el mundo si
reconocen públicamente la verdad.
La Fiscalía General detectó unos
16 mil delitos en entidades estatales durante
los últimos tres años, según
informaciones ofrecidas en junio pasado. Una prueba
más de la grave situación existente
en la salud moral de lugares donde administran
personas de confianza, militantes del Partido
Comunista, donde además existen sus organizaciones
de base y otras subordinadas, como la Unión
de Jóvenes Comunistas y los sindicatos
oficialistas.
Lo más preocupante del calamitoso escenario
nacional en cuanto al indetenible avance de la
corrupción y el delito no es el fenómeno
en sí, sino la forma en que las autoridades
se obstinan en combatirlo. Otra vez utilizan viejos
y fracasados métodos, basados en la represión
y las amenazas, negándose a reconocer que
la causa principal del problema radica en un sistema
económico, político y social absolutamente
obsoleto, que en todos los lugares donde se ha
aplicado ha dado idénticos resultados:
miseria, marginación, pérdida de
valores, escasez y, por consecuencia, corrupción
y delito a gran escala.
Nadie debe dudar de la buena voluntad de los
jóvenes trabajadores sociales, ni de generales
en retiro con meritorios expedientes, por querer
solucionar las enormes tareas asignadas. No obstante,
las perspectivas de éxito, como en otras
ocasiones -recuérdese la recuperación
de la industria azucarera- so bastante dudosas,
con misiones imposibles de cumplir si sólo
se aborda la corrupción y el delito desde
el punto de vista de los efectos y no de sus causas.
En un país donde los salarios y pensiones
cada día alcanzan menos para vivir, la
escasez de los artículos esenciales se
profundiza, existe una voluntad estatal encaminada
a controlarlo todo mediante una vasta burocracia
desestimulada, incapaz de controlar algo. Todo
en un contexto al cual se añade la anárquica
interacción de distintas monedas, mercados
y precios en el marco de una persistente crisis
de 15 años, que además de perjuicios
económicos y sociales ha provocado daños
incalculables en el alma nacional.
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