PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 29, 2005
 

HISTORIA
Una historia roja

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Mi abuela creía conocer bien a los comunistas. Vivió rodeada de ellos. Antes de tenerlos que padecer como gobernantes. Antes de tenerlos en la familia. En sus últimos años solía quejarse de los comunistas con amargura, pero insistía en aclarar que los de la vieja guardia eran distintos. Muchos de ellos fueron amigos en tiempos difíciles. Aceptaba sus mañas y defectos con resignación filosófica. Para ella, la revolución era otra cosa. A pesar de los desengaños, era auténtica y grausista de corazón.

Tenía una imagen romántica de los seguidores de Marx y Lenin que duró casi tanto como la república. Una noche, sentada frente al televisor, nos avisó, con una palabrota, que había salido de su error.

Hasta entonces los había visto, comprensiva, como ilusos. Pálidos, delgados y ojerosos, leyendo como polillas, predicando la revolución, entonando loas a la Rusia Soviética. Recolectaban dinero por cualquier motivo. Le disgustaba a abuela el ateismo de los comunistas y sus eternos y exagerados aires conspirativos. Nunca les perdonó que hubieran pactado con Batista en 1940. En eso coincidía con María Luisa de modo absoluto.

María Luisa y Margot eran como hermanas. Lo fueron a través de cuarenta años. Se conocieron durante la lucha contra la dictadura de Machado.

María Luisa Laffita había nacido en España. Sus padres se establecieron en Cuba cuando ella tenía dos años. Cuando mi abuela la conoció, en 1932, María Luisa era una apasionada revolucionaria de 22 años, ondulada cabellera negra y enormes ojos oscuros que parecían no hallar la paz.

Su padre, el ingeniero Gustavo Laffita, había sido asesinado por los porristas de Machado hacía un par de semanas. Con un grupo de estudiantes radicales había fracasado en un plan para dinamitar el cementerio de Colón y volar a Machado.

María Luisa compartía sus trajines revolucionarios con su trabajo como profesora de música. En su casa, las partituras de Chopin, Mozart y el recién descubierto Lecuona alternaban con panfletos, armas y explosivos.

La caída de Machado y el gobierno de los 100 días mantuvieron a las dos amigas en un estado de permanente efervescencia. Cuando el recién ascendido coronel Fulgencio Batista derrocó a Grau y Guiteras, fue como si el cielo se hubiera desplomado, aplastando todos sus sueños. Desde entonces odiaron a Batista con todas las fuerzas de sus corazones.

En octubre de 1934 María Luisa se casó con el estudiante de Derecho y militante de izquierda Pedro Vizcaíno. Tuvieron un hijo al que nombraron Roberto. El niño no logró apartarlos de la lucha. En 1935 María Luisa fue una de las organizadoras de la huelga de marzo.

La huelga fracasó y Batista desencadenó una ola represiva contra los opositores. Guiteras fue acribillado a balazos por los soldados cuando intentaba escapar al extranjero. En peligro, Pedro, María Luisa y el niño se fueron a España.

Allá los sorprendió el estallido de la guerra civil. No lo dudaron un instante. Su nueva causa fue la defensa de la república española. Fue su apoteosis revolucionaria.

Pedro se alistó en el Quinto Regimiento y partió al frente de batalla. María Luisa encargó el niño a sus familiares y se incorporó como enfermera al Socorro Rojo Internacional.

En un hospital de la retaguardia, atestado de heridos, trabajó con la bella y enigmática conspiradora internacional y ex amante de Julio Antonio Mella Tina Modotti. También entabló amistad con otra enfermera llamada María Valero, la actriz cubana que murió años después.

Armadas con pistolas, Tina Modotti y María Luisa se turnaron cuidando en una habitación del hospital a la líder comunista Dolores Ibárruri, "La Pasionaria", aquejada de una afección hepática.

Tras la derrota republicana, María Luisa, Pedro y el niño regresaron a Cuba, vía París, en 1939. El mundo cambiaba. Cuba también.

Con el pacto Molotov-Ribbentrop, Hitler y Stalin se dividían Polonia. Roosevelt impulsaba el New Deal. Batista conducía a Cuba a una constitución democrática. Aliado a los comunistas y al ABC ganó los comicios de 1940. Pedro y María Luisa trataron de adaptarse a las reglas del juego.

En 1942 Pedro se graduó de abogado. María Luisa había vuelto a ser profesora de música. Ambos votaban por los auténticos. De esa época data una foto de ella conservada por mi familia. Peinada como María Félix, apoya su mano en el hombro de un sonriente Carlos Prío Socarrás, vestido de guayabera.

El golpe de estado del 10 de marzo de 1952 rompió la luna de miel con la democracia y la vida pequeño burguesa de ese matrimonio de clase media que creía enterrado su pasado revolucionario. En 1957, madre, padre e hijo se unieron al Directorio Revolucionario para combatir a Batista.

Cuando de la mano de mi abuela conocí a Pedro y María Luisa, vestían con frecuencia el uniforme de milicianos. Varios perros hacían irrespirable la atmósfera cordial de su casa oscura, poco ventilada y atestada de libros y muebles polvorientos.

Por entonces, María Luisa era activista del Departamento de Orientación Revolucionaria de la Universidad de La Habana. Había engordado. Empeñada en no envejecer, exageraba el maquillaje. Dejó de lavarse la cara con jabón para evitar las arrugas. Pedro estaba cada vez más flaco y taciturno.

En 1989 comenzaron tiempos muy difíciles para ellos. Los sorprendió la caída del Muro de Berlín. Quedaron atónitos con el derrumbe del comunismo en Europa Oriental. Los consternó la desintegración de la Unión Soviética. Si hubieran leído a Lenin con detenimiento, hubieran sabido algunas de las verdades que a veces decía. En un borrador recogido en el último tomo de sus obras completas escribió, dubitativo: "El Poder Soviético es…. una mierda".

Pedro se marchó con tristeza de este mundo en pleno período especial. En su vejez, María Luisa recibió condecoraciones, distinciones y desengaños. Había vivido yendo en pos de la bandera roja. Sus sueños naufragaban en un mar de dudas. Le dolían en silencio. Un militante comunista no puede retroceder jamás.

María Laffita DeJuan murió en La Habana, a los 94 años, el 22 de diciembre de 2004. Era la última de las cubanas que combatieron en la Guerra Civil Española.


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