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SOCIEDAD
Lavando jabitas
Adrián Leiva
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Los
actos diarios de las personas reflejan, en mayor
o menor medida, las características de
la sociedad donde vive. Hay hechos de la vida
cotidiana que a primera vista parecen ser producto
del desgaste de una mente en su etapa senil. Pero
cuando nos detenemos a analizar los detalles y
nos adentramos en la situación, terminamos
por descubrir que las circunstancias existentes
son las que realmente propician esas maneras de
actuar.
El hecho que provoca este escrito es uno de esos
casos que a primera vista parecen estar relacionados
con situaciones normales de cualquier persona
maniática o con un estado mental poco favorable.
La protagonista pertenece a ese grupo al que se
le ha denominado tercera edad, al parecer como
una forma de quitar el mal sabor que la palabra
anciano o viejo puede dejar en algunos.
El hecho es demostrativo de cómo un producto
de sencilla fabricación industrial puede
adquirir una importancia extraordinaria, al punto
de provocar acciones aparentemente irracionales
para recuperarlo o mantenerlo en plena disposición
para un uso prolongado.
En este caso se trata de las bolsas de nylon
desechables que entregan cuando se realiza una
compra en las tiendas que comercializan en divisa
en la red nacional cubana, uno de los pocos lugares
donde los clientes cubanos gozan de este servicio,
pues en el resto de los comercios del país
el comprador debe llevar el envase para adquirir
cualquier cosa.
Hasta finales de los años ochenta las
tiendas en Cuba contaban con cartuchos o envases
de papel donde se embalaban los alimentos que
se vendían en bodegas y mercados. Lo mismo
ocurría en los almacenes de ropa y calzado.
Pero la única fábrica del país
que producía este material cerró
sus puertas durante el tristemente célebre
Período Especial, y desde entonces los
cubanos tuvieron que agenciárselas cada
uno según su iniciativa para buscar en
que echar lo que compraban.
Según un chiste popular, el cuerpo humano
de los cubanos consta de cuatro partes: cabeza,
tórax, extremidades y jaba. Y es que la
compañía de una jabita ha pasado
a ser imprescindible en las andanzas de los nacionales
por las calles de cualquier población o
ciudad. De no tener una de estas auxiliares puede
que al aparecer en su camino algún producto
necesario, se quede sin poder llevarlo por falta
de envase.
Adquirir las famosas jabitas desechables de nylon
no es tarea muy fácil, ya que además
de estar disponibles solamente en las tiendas
por divisa, no es raro que en ocasiones sean deficitarias.
También se pueden encontrar en el mercado
negro por el valor de un peso cubano la unidad
en el interior del país, o a dos por un
peso en la capital. Debido al necesario uso cotidiano
de las mismas, esta compra se vuelve un gasto
permanente. Por esta razón el carácter
desechable de este producto pierde sentido en
nuestra querida Isla y las jabitas de nylon son
recicladas una y otra vez en su uso diario en
el hogar, conservándose con el mayor esmero
para que su vida útil se prolongue el mayor
tiempo posible.
La pasada semana, mientras hacía una visita
en un edificio multifamiliar, pude constatar la
manera en que algunos se esmeran en el cuidado
de sus jabitas. En la azotea del inmueble se ha
habilitado un lavadero colectivo, donde los vecinos
después de lavar las ropas las tienden
en los escasos e improvisados alambres que de
un extremo al otro se extienden por el área.
Ese día varias mujeres hacían uso
de los lavaderos y la cantidad de piezas era mayor
que los espacios disponibles para el secado en
las tendederas. La situación era aún
más problemática porque una de las
vecinas hacía uso de esta instalación
para colgar no sus ropas, sino una veintena de
jabitas de nylon que había lavado para
volver a usarlas, y que ocupaban toda una hilera
en la tendedera.
Varias de las mujeres que habían terminado
de lavar comenzaron a protestar por no encontrar
espacio para su ropa, pero la propietaria de las
dichosas jabas, una octogenaria con muy malas
pulgas, pasó por alto que bien pudo dejar
esa tarea para el siguiente día, y con
toda dignidad afirmó que el lavado de sus
jabitas también constituía una necesidad
vital para poder resolver las cuestiones que le
impone la realidad diaria.
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