PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 20, 2005
 

SOCIEDAD
Paseos turísticos por La Habana en dos tiempos

Miguel Saludes

LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - En Cuba, durante mediados de la década del cincuenta, Fulgencio Batista trataba de consolidar su régimen de facto instituyendo un programa de desarrollo económico que, unido a la estabilización del precio mundial del azúcar, mejoró la economía de Cuba.

El turismo estaba incluido en aquel proyecto de desarrollo. Entre los datos que ofrece sobre nuestra Isla el Almanaque Mundial de 1955 aparece mencionado el turismo como un renglón emergente de la industria nacional. Las cifras reflejadas en las estadísticas de ese año señalan que por esa vía ingresaron al país unos 50 millones de dólares, proveniente fundamentalmente de Estados Unidos. Con la excepción de la Mayor de las Antillas, Mónaco y las Bahamas, los demás países no dan dato alguno sobre este aspecto económico. En el caso del principado europeo, además de las ganancias reportadas por la afluencia de visitantes, se mencionan las enormes rentas provenientes del casino de Montecarlo. Por su parte las playas bahameses recibían entonces un creciente número de excursionistas.

Antes de 1950 el turismo era una actividad que por lo general estaba circunscrita al ámbito interno de los países, exceptuando algunos viajes internacionales, realizados en particular dentro de Europa continental. En el periodo de recuperación que siguió a la II Guerra Mundial, varias circunstancias se conjugaron para dar un impulso a esta naciente industria, entre ellas el aumento de los empleos, el crecimiento de ingresos reales y del tiempo libre disponible, cuya combinación provocó un cambio de la actitud social con respecto a la diversión y el trabajo. Esos factores estimularon la demanda de los viajes al extranjero, que a partir de entonces comenzaron a fomentarse de manera organizada, en forma de "paquetes" turísticos. Gracias a esta modalidad de paseos se hizo más democrática las posibilidades de vacacionar en el extranjero, lo que dejó de ser algo exclusivo de las clases sociales ricas.

Cuando en Cuba se habla del turismo de antaño, se suele ofrecer una visión bastante simplista sobre los atractivos que motivaban la estancia de los excursionistas foráneos, fundamentalmente norteamericanos, en la isla caribeña. La prostitución, el juego y la bebida, aparecen como los únicos elementos que podía encontrar el veraneante, sin otras alternativas que pudieran serles ofrecidas. La aparición de los casinos de juego es uno de los aspectos que más se utiliza para descalificar un proyecto dirigido a convertir a La Habana en uno de los polos de turismo mayores de América, alegándose que su materialización hubiera convertido a nuestra capital en el mayor antro de vicio del mundo.

Por su parte, los nacionales no tenían mucho más que mostrar que no fueran nuestras espectaculares mulatas y la rítmica música criolla, que los conjuntos y trovadores callejeros sacaban de sus guitarras y maracas. El manisero, era uno de los números más solicitado entonces por los que venían de afuera.

Un plegable que data de finales de aquella época, dedicado a promocionar una oferta de paseos en auto por la ciudad, demuestra que en La Habana no todo era rumba, tabaco y ron. La oferta de excursiones en limusinas con capacidad de hasta siete pasajeros brinda una detallada información sobre los lugares visitados en estas giras, que partían del muelle donde atracaban los cruceros Santa María. La iglesia de La Merced, situada en la parte colonial, era el primer punto escogido. Después de visitar el templo católico, del que aparecen numerosos datos en la hoja de promoción, el recorrido continuaba hacia el Capitolio Nacional para conocer su historia y los salones interiores. El Paseo del Prado era la vía por la que se llegaba a la fábrica de tabacos La Corona, donde además de comprar el habano que allí se confeccionaba, el visitante podía observar el proceso de fabricación. El paseo continuaba por la Avenida de los Presidentes y el monumento al Maine, lo cual no carece de lógica teniendo en cuenta la procedencia de los viajeros. Después de pasar por el Malecón, orgullo de la arquitectura habanera, los autos enrumbaban hacia el cementerio de Colón, que según expresaba el texto del plegable, era el segundo en el mundo por sus valiosas estatuas y mausoleos, obras cuya inversión estaba calculada entonces en unos 35 millones de pesos. El siguiente destino del tour era la destilería Trocadero. Allí se mostraba la forma en que era puesto a añejar el famoso ron cubano y se podía degustar un daiquiri preparado en el lugar, obsequio de la casa, así como comprar los licores a precio de fábrica. Pasando Puentes Grandes llegaban hasta el Chateau Madrid, donde se hallaba la fábrica de perfumes FIBA, que producía la reconocida fragancia Intermezzo. También en ese sitio se garantizaba la adquisición de estos productos a precio de fabricación. El Country Club y la residencia de Julio Blanco Herrera, presidente de la cervecería Tropical y sus jardines, cerraban el viaje, que para el regreso tomaba la Quinta Avenida, el túnel bajo el río Almendares y la calle Línea, hasta arribar por la Avenida del Puerto al punto de partida.

La trayectoria no estaba planeada de manera casual. Los que venían a conocer nuestra ciudad encontraban en ella potencialidades de un desarrollo floreciente y un país que se encaminaba hacia un grado mayor de prosperidad, a pesar de los problemas que padecía.

El precio de este recorrido era de 5.50 pesos por persona, incluyendo los gastos. Este servicio, brindado por una agencia ubicada en el hotel Saint John's, empleaba autos de alquiler rentados a conductores particulares, quienes obtenían una buena ganancia con estos viajes.

El donante del plegable, un antiguo empleado de la Merced nombrado Jesús Potestad, lo guardaba en recuerdo de uno de los choferes, vecino de la barriada donde se ubica la iglesia. Potestad recordaba la cantidad de turistas que venían en aquellos barcos y que en su mayoría utilizaban esa opción de paseos. El templo habanero era el primer contacto que tenían con la ciudad.

Con la apertura de la economía cubana al turismo en los noventa, comienzan a aparecer muchas semblanzas características de esta industria, generadora de una apreciable cantidad de recursos financieros. Cuba, que fue pionera en apreciar sus ventajas, estuvo durante muchos años fuera de la competencia en el área caribeña al desdeñar sus posibilidades por consideraciones de tipo político e ideológico. El turismo capitalista era visto como una peligrosa plaga corruptora, una realidad indeseable para nuestra sociedad.

Las Bahamas, que aparecía mencionado en el anuario mundial del 55 con potencialidades en esta industria, ocupa en la actualidad uno de los primeros lugares en el continente americano, llegando a recibir 1.590.000 de visitantes en 1998. En esas pequeñas islitas, vecinas nuestras, el turismo representa un 50% del producto nacional bruto. Por su parte, Mónaco, además de las entradas que le rinde el turismo, cuenta con otras fuentes importantes de ingresos que son tenidas en cuenta a la hora de hablar de su economía. Ellas son sus cuatro grandes casinos de juego, sobre todo el de Montecarlo, del que tomó posesión el principado en 1967.

Hoy por las calles habaneras circulan coches de caballo, autos norteamericanos de la década de los cincuenta, reproducciones de carros antiguos de principios de siglo. A ellos se unen motocicletas conocidas como coco taxis, quizás por la forma de la cubierta plástica que recuerda el fruto tropical. Ellos están al servicio de centenares de turistas que vuelven a llenar nuestra geografía con su estampa inconfundible.

Todos los vehículos que mueven a los paseantes pertenecen a oficinas estatales vinculadas a la Oficina del Historiador de La Habana o al Instituto del Turismo. Junto a ellos luchan por atraer clientes los conductores de los bici taxis, quienes a golpe de pedal tienen que enfrentar una fuerte competencia oficial, que hace todo lo posible para que sus servicios no asimilen a los clientes foráneos.

Los conductores de estos vehículos siguen mostrando a los nuevos turistas algunas maravillas de nuestra ciudad especificadas en aquel plegable. El Capitolio, el parque de la Fraternidad, las avenidas de Malecón y de los Presidentes, algunos de nuestros monumentos principales, incluido el del Maine (ahora con explicaciones acorde al momento histórico que se vive), así como museos y lugares de interés. En su casi totalidad son los mismos lugares que hace cincuenta años enseñaron sus predecesores: edificios coloniales, iglesias y lugares destacados por su importancia histórica o por pertenecer a algún elemento curioso del entorno.

Las visitas a las fábricas e industrias ahora no están en el contenido de los guías actuales. La mayor parte de este turismo viene de diferentes partes del mundo y no de Estados Unidos, aunque hay que recordar que sobre los ciudadanos del Norte pesan las leyes del embargo decretado por su gobierno desde hace varias décadas. De no existir esta medida, ellos seguramente seguirían conformando el grueso de los visitantes en nuestro país.

Actualmente, una hora de paseo en coche cuesta como mínimo 5 dólares por cliente. Quien piense que es muy costoso, debe saber que los cocheros deben entregar una cantidad estipulada previamente a la oficina contratista y que son ellos los que deben garantizar la alimentación y cuidado de los cuadrúpedos, que no son suyos. Un saco de pan diario les puede costar hasta doscientos pesos moneda nacional, sin contar otros alimentos como pienso y hierba fresca, necesarios para poder hacer una buena cabalgata. Por su parte, los precios de una hora en los carros de Habana Rent se cotizan en 15 dólares por persona. En el caso de los carros de época rentados por una cadena nombrada Gran Car, el costo de una hora de viaje es de 20 dólares para cuatro pasajeros.

En las mañanas, cuando la ciudad despierta, se puede ver la multitud de coches, autos viejos rejuvenecidos y otros disfrazados de viejo, en espera de que algunos turistas les alquilen para pasear por sus calles. En las proximidades de la Avenida del Puerto los cocheros hablan animadamente mientras establecen su turno para cuando aparezcan los primeros usuarios interesados en su servicio. Otro tanto ocurre con las pequeñas motos techadas, y los rústicos bici taxis. El juego de la oferta y la demanda se pone de manifiesto en cada grupo, independientemente de que sea estatal o no. Pero nada de esto es nuevo. Ya existió hace tiempo. Siguen existiendo turistas que buscan ron, tabaco y chicas, pero como antes también existen los que se interesan por aquello que muestra lo mejor de nuestro pueblo. Igualmente, el ambiente se vuelve a llenar de música y canciones entonadas por conjuntos y cantantes callejeros que se esfuerzan en llamar la atención de los visitantes. Ahora los temas predilectos son la Guantanamera y una canción compuesta por Carlos Puebla sobre el Che Guevara.

A pesar de las diferencias de tiempo y contexto, el fondo sigue siendo el mismo: La Habana abierta a los ojos del mundo.


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