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SOCIEDAD
Paseos turísticos por La Habana en dos tiempos
Miguel Saludes
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - En
Cuba, durante mediados de la década del
cincuenta, Fulgencio Batista trataba de consolidar
su régimen de facto instituyendo un programa
de desarrollo económico que, unido a la
estabilización del precio mundial del azúcar,
mejoró la economía de Cuba.
El turismo estaba incluido en aquel proyecto
de desarrollo. Entre los datos que ofrece sobre
nuestra Isla el Almanaque Mundial de 1955 aparece
mencionado el turismo como un renglón emergente
de la industria nacional. Las cifras reflejadas
en las estadísticas de ese año señalan
que por esa vía ingresaron al país
unos 50 millones de dólares, proveniente
fundamentalmente de Estados Unidos. Con la excepción
de la Mayor de las Antillas, Mónaco y las
Bahamas, los demás países no dan
dato alguno sobre este aspecto económico.
En el caso del principado europeo, además
de las ganancias reportadas por la afluencia de
visitantes, se mencionan las enormes rentas provenientes
del casino de Montecarlo. Por su parte las playas
bahameses recibían entonces un creciente
número de excursionistas.
Antes de 1950 el turismo era una actividad que
por lo general estaba circunscrita al ámbito
interno de los países, exceptuando algunos
viajes internacionales, realizados en particular
dentro de Europa continental. En el periodo de
recuperación que siguió a la II
Guerra Mundial, varias circunstancias se conjugaron
para dar un impulso a esta naciente industria,
entre ellas el aumento de los empleos, el crecimiento
de ingresos reales y del tiempo libre disponible,
cuya combinación provocó un cambio
de la actitud social con respecto a la diversión
y el trabajo. Esos factores estimularon la demanda
de los viajes al extranjero, que a partir de entonces
comenzaron a fomentarse de manera organizada,
en forma de "paquetes" turísticos.
Gracias a esta modalidad de paseos se hizo más
democrática las posibilidades de vacacionar
en el extranjero, lo que dejó de ser algo
exclusivo de las clases sociales ricas.
Cuando en Cuba se habla del turismo de antaño,
se suele ofrecer una visión bastante simplista
sobre los atractivos que motivaban la estancia
de los excursionistas foráneos, fundamentalmente
norteamericanos, en la isla caribeña. La
prostitución, el juego y la bebida, aparecen
como los únicos elementos que podía
encontrar el veraneante, sin otras alternativas
que pudieran serles ofrecidas. La aparición
de los casinos de juego es uno de los aspectos
que más se utiliza para descalificar un
proyecto dirigido a convertir a La Habana en uno
de los polos de turismo mayores de América,
alegándose que su materialización
hubiera convertido a nuestra capital en el mayor
antro de vicio del mundo.
Por su parte, los nacionales no tenían
mucho más que mostrar que no fueran nuestras
espectaculares mulatas y la rítmica música
criolla, que los conjuntos y trovadores callejeros
sacaban de sus guitarras y maracas. El manisero,
era uno de los números más solicitado
entonces por los que venían de afuera.
Un plegable que data de finales de aquella época,
dedicado a promocionar una oferta de paseos en
auto por la ciudad, demuestra que en La Habana
no todo era rumba, tabaco y ron. La oferta de
excursiones en limusinas con capacidad de hasta
siete pasajeros brinda una detallada información
sobre los lugares visitados en estas giras, que
partían del muelle donde atracaban los
cruceros Santa María. La iglesia de La
Merced, situada en la parte colonial, era el primer
punto escogido. Después de visitar el templo
católico, del que aparecen numerosos datos
en la hoja de promoción, el recorrido continuaba
hacia el Capitolio Nacional para conocer su historia
y los salones interiores. El Paseo del Prado era
la vía por la que se llegaba a la fábrica
de tabacos La Corona, donde además de comprar
el habano que allí se confeccionaba, el
visitante podía observar el proceso de
fabricación. El paseo continuaba por la
Avenida de los Presidentes y el monumento al Maine,
lo cual no carece de lógica teniendo en
cuenta la procedencia de los viajeros. Después
de pasar por el Malecón, orgullo de la
arquitectura habanera, los autos enrumbaban hacia
el cementerio de Colón, que según
expresaba el texto del plegable, era el segundo
en el mundo por sus valiosas estatuas y mausoleos,
obras cuya inversión estaba calculada entonces
en unos 35 millones de pesos. El siguiente destino
del tour era la destilería Trocadero. Allí
se mostraba la forma en que era puesto a añejar
el famoso ron cubano y se podía degustar
un daiquiri preparado en el lugar, obsequio de
la casa, así como comprar los licores a
precio de fábrica. Pasando Puentes Grandes
llegaban hasta el Chateau Madrid, donde se hallaba
la fábrica de perfumes FIBA, que producía
la reconocida fragancia Intermezzo. También
en ese sitio se garantizaba la adquisición
de estos productos a precio de fabricación.
El Country Club y la residencia de Julio Blanco
Herrera, presidente de la cervecería Tropical
y sus jardines, cerraban el viaje, que para el
regreso tomaba la Quinta Avenida, el túnel
bajo el río Almendares y la calle Línea,
hasta arribar por la Avenida del Puerto al punto
de partida.
La trayectoria no estaba planeada de manera casual.
Los que venían a conocer nuestra ciudad
encontraban en ella potencialidades de un desarrollo
floreciente y un país que se encaminaba
hacia un grado mayor de prosperidad, a pesar de
los problemas que padecía.
El precio de este recorrido era de 5.50 pesos
por persona, incluyendo los gastos. Este servicio,
brindado por una agencia ubicada en el hotel Saint
John's, empleaba autos de alquiler rentados a
conductores particulares, quienes obtenían
una buena ganancia con estos viajes.
El donante del plegable, un antiguo empleado
de la Merced nombrado Jesús Potestad, lo
guardaba en recuerdo de uno de los choferes, vecino
de la barriada donde se ubica la iglesia. Potestad
recordaba la cantidad de turistas que venían
en aquellos barcos y que en su mayoría
utilizaban esa opción de paseos. El templo
habanero era el primer contacto que tenían
con la ciudad.
Con la apertura de la economía cubana
al turismo en los noventa, comienzan a aparecer
muchas semblanzas características de esta
industria, generadora de una apreciable cantidad
de recursos financieros. Cuba, que fue pionera
en apreciar sus ventajas, estuvo durante muchos
años fuera de la competencia en el área
caribeña al desdeñar sus posibilidades
por consideraciones de tipo político e
ideológico. El turismo capitalista era
visto como una peligrosa plaga corruptora, una
realidad indeseable para nuestra sociedad.
Las Bahamas, que aparecía mencionado en
el anuario mundial del 55 con potencialidades
en esta industria, ocupa en la actualidad uno
de los primeros lugares en el continente americano,
llegando a recibir 1.590.000 de visitantes en
1998. En esas pequeñas islitas, vecinas
nuestras, el turismo representa un 50% del producto
nacional bruto. Por su parte, Mónaco, además
de las entradas que le rinde el turismo, cuenta
con otras fuentes importantes de ingresos que
son tenidas en cuenta a la hora de hablar de su
economía. Ellas son sus cuatro grandes
casinos de juego, sobre todo el de Montecarlo,
del que tomó posesión el principado
en 1967.
Hoy por las calles habaneras circulan coches
de caballo, autos norteamericanos de la década
de los cincuenta, reproducciones de carros antiguos
de principios de siglo. A ellos se unen motocicletas
conocidas como coco taxis, quizás por la
forma de la cubierta plástica que recuerda
el fruto tropical. Ellos están al servicio
de centenares de turistas que vuelven a llenar
nuestra geografía con su estampa inconfundible.
Todos los vehículos que mueven a los paseantes
pertenecen a oficinas estatales vinculadas a la
Oficina del Historiador de La Habana o al Instituto
del Turismo. Junto a ellos luchan por atraer clientes
los conductores de los bici taxis, quienes a golpe
de pedal tienen que enfrentar una fuerte competencia
oficial, que hace todo lo posible para que sus
servicios no asimilen a los clientes foráneos.
Los conductores de estos vehículos siguen
mostrando a los nuevos turistas algunas maravillas
de nuestra ciudad especificadas en aquel plegable.
El Capitolio, el parque de la Fraternidad, las
avenidas de Malecón y de los Presidentes,
algunos de nuestros monumentos principales, incluido
el del Maine (ahora con explicaciones acorde al
momento histórico que se vive), así
como museos y lugares de interés. En su
casi totalidad son los mismos lugares que hace
cincuenta años enseñaron sus predecesores:
edificios coloniales, iglesias y lugares destacados
por su importancia histórica o por pertenecer
a algún elemento curioso del entorno.
Las visitas a las fábricas e industrias
ahora no están en el contenido de los guías
actuales. La mayor parte de este turismo viene
de diferentes partes del mundo y no de Estados
Unidos, aunque hay que recordar que sobre los
ciudadanos del Norte pesan las leyes del embargo
decretado por su gobierno desde hace varias décadas.
De no existir esta medida, ellos seguramente seguirían
conformando el grueso de los visitantes en nuestro
país.
Actualmente, una hora de paseo en coche cuesta
como mínimo 5 dólares por cliente.
Quien piense que es muy costoso, debe saber que
los cocheros deben entregar una cantidad estipulada
previamente a la oficina contratista y que son
ellos los que deben garantizar la alimentación
y cuidado de los cuadrúpedos, que no son
suyos. Un saco de pan diario les puede costar
hasta doscientos pesos moneda nacional, sin contar
otros alimentos como pienso y hierba fresca, necesarios
para poder hacer una buena cabalgata. Por su parte,
los precios de una hora en los carros de Habana
Rent se cotizan en 15 dólares por persona.
En el caso de los carros de época rentados
por una cadena nombrada Gran Car, el costo de
una hora de viaje es de 20 dólares para
cuatro pasajeros.
En las mañanas, cuando la ciudad despierta,
se puede ver la multitud de coches, autos viejos
rejuvenecidos y otros disfrazados de viejo, en
espera de que algunos turistas les alquilen para
pasear por sus calles. En las proximidades de
la Avenida del Puerto los cocheros hablan animadamente
mientras establecen su turno para cuando aparezcan
los primeros usuarios interesados en su servicio.
Otro tanto ocurre con las pequeñas motos
techadas, y los rústicos bici taxis. El
juego de la oferta y la demanda se pone de manifiesto
en cada grupo, independientemente de que sea estatal
o no. Pero nada de esto es nuevo. Ya existió
hace tiempo. Siguen existiendo turistas que buscan
ron, tabaco y chicas, pero como antes también
existen los que se interesan por aquello que muestra
lo mejor de nuestro pueblo. Igualmente, el ambiente
se vuelve a llenar de música y canciones
entonadas por conjuntos y cantantes callejeros
que se esfuerzan en llamar la atención
de los visitantes. Ahora los temas predilectos
son la Guantanamera y una canción compuesta
por Carlos Puebla sobre el Che Guevara.
A pesar de las diferencias de tiempo y contexto,
el fondo sigue siendo el mismo: La Habana abierta
a los ojos del mundo.
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