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SOCIEDAD
Tamara
Diolexis Rodríguez Hurtado, Cubanacán
Press
SANTA CLARA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) -"De
eso hay mucho que hablar. Yo nunca toco el tema,
pero como te atreviste a preguntar, te contaré
mi historia", dijo Tamara, de 26 años,
después de un profundo suspiro, cuando
le pregunté su opinión personal
sobre la vida.
Juntos caminamos hasta un parque cercano donde
me invitó a sentarnos en uno de sus bancos.
Fue cuando encendió un cigarro y comenzó
a hablar.
"Fui una joven que hasta los 17 años
soñaba con ser abogada, tener una hermosa
casa, un buen esposo y por lo menos tres hijos.
Vivía de la fantasía sin darme cuenta
de que mi madre trabajaba como auxiliar de limpieza
y tan sólo ganaba 100 pesos, con los que
intentaba mantenernos a mis hermanos y a mí,
que soy la mayor. La necesidad me obligó
a abandonar los estudios.
"Comencé a trabajar como dependienta
en una cafetería, por 148 pesos, pero al
siguiente mes cambié de trabajo y luego
vino otro y otro más. Nunca logré
satisfacer mis necesidades, ni lograr estabilidad
laboral. Fue cuando decidí comenzar a vender
mi cuerpo a todo extranjero que por él
se interesara".
Tamara se detuvo por unos segundos y aspiró
con fuerza el cigarrillo que mantenía entre
sus dedos.
"Entré a ese mundo gracias a una
amiga que me prestó algunas ropas y zapatos.
Con ella fui a Varadero y allí me presentó
el primer cliente. Al principio sentí que
el cielo y la tierra eran la misma cosa, pero
poco a poco me fui acostumbrando. Llegaron las
ropas, los zapatos, los equipos electrodomésticos
y hasta el celular.
"Todo era un sueño, lo que siempre
quise tener, hasta que conocí a Yosbani,
un viejo italiano que me propuso matrimonio y
prometió sacarme del país.
"Me casé, claro que sí, me
casé, pero no me fui nunca del país.
Él venía a Cuba cada seis meses,
traía regalos, dinero y por supuesto diversiones.
Quedé embarazada. En una de sus visitas,
me enteré de que se acostaba con una jovencita
de 14 ó 15 años".
Un silencio total se produjo en ese instante.
Tan sólo se escuchaba el canto de los pájaros
desde las ramas de los árboles cercanos.
Tamara miró hacia el azul del cielo y continuó.
"Pocos meses después comencé
con dolores de cabeza, diarreas, fiebres, pérdida
de peso y adenopatía. Fui al médico
y éste me indicó un chequeo general.
A las dos semanas fui citada al policlínico
donde un grupo de médicos se reunieron
conmigo. El psicólogo fue el encargado
de darme la terrible noticia. Estaba contagiada
con el virus del VIH".
En ese momento dos lágrimas corrieron
por el rostro de la muchacha.
"Ahora tengo dinero, una hermosa casa y
un bella niña, pero me falta la salud y
por demás siento el dolor de no ser un
buen ejemplo para mi hija".
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