PRENSA INDEPENDIENTE
bril 19, 2005
 

SOCIEDAD
Tamara

Diolexis Rodríguez Hurtado, Cubanacán Press

SANTA CLARA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) -"De eso hay mucho que hablar. Yo nunca toco el tema, pero como te atreviste a preguntar, te contaré mi historia", dijo Tamara, de 26 años, después de un profundo suspiro, cuando le pregunté su opinión personal sobre la vida.

Juntos caminamos hasta un parque cercano donde me invitó a sentarnos en uno de sus bancos. Fue cuando encendió un cigarro y comenzó a hablar.

"Fui una joven que hasta los 17 años soñaba con ser abogada, tener una hermosa casa, un buen esposo y por lo menos tres hijos. Vivía de la fantasía sin darme cuenta de que mi madre trabajaba como auxiliar de limpieza y tan sólo ganaba 100 pesos, con los que intentaba mantenernos a mis hermanos y a mí, que soy la mayor. La necesidad me obligó a abandonar los estudios.

"Comencé a trabajar como dependienta en una cafetería, por 148 pesos, pero al siguiente mes cambié de trabajo y luego vino otro y otro más. Nunca logré satisfacer mis necesidades, ni lograr estabilidad laboral. Fue cuando decidí comenzar a vender mi cuerpo a todo extranjero que por él se interesara".

Tamara se detuvo por unos segundos y aspiró con fuerza el cigarrillo que mantenía entre sus dedos.

"Entré a ese mundo gracias a una amiga que me prestó algunas ropas y zapatos. Con ella fui a Varadero y allí me presentó el primer cliente. Al principio sentí que el cielo y la tierra eran la misma cosa, pero poco a poco me fui acostumbrando. Llegaron las ropas, los zapatos, los equipos electrodomésticos y hasta el celular.

"Todo era un sueño, lo que siempre quise tener, hasta que conocí a Yosbani, un viejo italiano que me propuso matrimonio y prometió sacarme del país.

"Me casé, claro que sí, me casé, pero no me fui nunca del país. Él venía a Cuba cada seis meses, traía regalos, dinero y por supuesto diversiones. Quedé embarazada. En una de sus visitas, me enteré de que se acostaba con una jovencita de 14 ó 15 años".

Un silencio total se produjo en ese instante. Tan sólo se escuchaba el canto de los pájaros desde las ramas de los árboles cercanos. Tamara miró hacia el azul del cielo y continuó.

"Pocos meses después comencé con dolores de cabeza, diarreas, fiebres, pérdida de peso y adenopatía. Fui al médico y éste me indicó un chequeo general. A las dos semanas fui citada al policlínico donde un grupo de médicos se reunieron conmigo. El psicólogo fue el encargado de darme la terrible noticia. Estaba contagiada con el virus del VIH".

En ese momento dos lágrimas corrieron por el rostro de la muchacha.

"Ahora tengo dinero, una hermosa casa y un bella niña, pero me falta la salud y por demás siento el dolor de no ser un buen ejemplo para mi hija".


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