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CULTURA
El agua volverá a brotar
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - No
digo nada nuevo. Hay muchas formas de contar una
historia. Tantas como dolores y alegrías
encierra la vida. Sólo las palabras y sus
múltiples significados logran darle sentido.
Colorear los lugares, tiznados por la pena, donde
una vez fuimos felices o soñamos serlo.
Entonces, las historias salen del silencio.
Antonio Conte, como buen poeta, conoce las palabras
precisas para narrar, las emplea a fondo, sin
que falten ni sobren, con desgarramiento y ternura.
Su libro "La fuente se rompió"
es una buena muestra de que la novela y la poesía
de hoy están separadas por límites
cada vez más imprecisos.
Los amores -que fueron uno solo- de Jorge Luis
(¿Conte?) son el pretexto para la nostalgia
y la evocación. De la patria, las mujeres,
los lugares, la infancia. No es casual el título.
En "La fuente se rompió" lo
irreal deja de serlo. El tiempo y el espacio se
mueven en aparente desorden, como el caos que
impusieron las últimas décadas en
la vida de los cubanos. Podía ser un bolero,
una escena del cine negro, un melodrama de Félix
B. Caignet o una novela de Henry Miller. Desplazarse
de La Habana a Bogotá, con interludio bélico
en Angola. Son la deuda de Conte con su pasado.
Eugenia, Blanca Luz, Rafaela. El amor siempre
fue el mismo. Distintas apariciones de una misma
virgen. Siempre el milagro. Los mismos ojos, el
mismo rostro y la misma cabellera castaña.
Sólo variaban las circunstancias de las
mujeres en encuentros y desencuentros.
Cuando Jorge Luis se acomodaba en la ventana
a esperar por Eugenia o Blanca Luz, siempre llovía
tras los cristales. Un torrencial aguacero habanero
o la helada llovizna bogotana. Conte nos advierte:
"La lluvia es una cosa que casi siempre ocurre
en el pasado".
También llovía sobre la Plaza.
Una mujer envejeció allí, empapada.
Tiene las piernas rotas. Su rostro es el de alguien
que ya no espera nada. La ropa transparenta sus
senos flácidos y caídos. El discurso
no ha terminado aún. La rodea una multitud
temerosa, cercada por barreras podridas y el ruido
de los altoparlantes.
Siempre hubo pesadillas. Eran cosas de rutina.
Teníamos ilusiones, pretextos y coartadas.
Un día faltaron a la cita.
El padre le anunciaba: "Un día tendrás
que irte, dejando atrás la playa, los árboles,
los amigos, las afrentas que te hicieron e hiciste".
Entonces, lo único que queda es la poesía.
Y soñar.
"La fuente se rompió" no es
una lectura fácil. Deja un gusto amargo
en la boca y un silencio que hiere los oídos.
También la certeza de que el amor siempre
reaparece. Que mientras haya poesía es
forzoso vivir. El agua de la fuente volverá
a brotar.
Jorge Luis, Conte y muchos más alguna
vez soñamos con un país mejor. Imaginábamos
la felicidad. Todavía lo hacemos.
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