PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 12, 2005
 

CULTURA
La hora de los seudónimos

Luis Cino

LA HABANA, abril (www.cubanet) - Como Macondo de pasquines, el ciberespacio de temas culturales cubanos se está llenando de seudónimos. Brotan, como mangos tras la lluvia, en las pantallas de los ordenadores.

Aparecen en Encuentro en la Red, CubaNet, La Habana Elegante o NPC. Sus autores, como fantasmas vindicativos e irreverentes, arremeten contra los personeros de la cultura oficial. No reparan en vacas sagradas ni en los que las pastorean.

Se burlan del acento castizo de César López, de las penitencias arrepentidas de Antón Arrufat, de los poemas con garra bolchevique de Fernández Retamar, de las bufonadas inciertas de Pablo Armando Fernández o de las pendejadas inagotables de Miguel Barnet.

Sus víctimas los leen con aprensión morbosa en las pantallas privilegiadas de sus computadoras con acceso a Internet.

En agosto del pasado año la Gaceta de Cuba publicó un artículo de su jefe de redacción, Arturo Arango, quejándose del fenómeno. Lo tituló "Anónimos". Inexacto. Los ciber-pasquines aparecen firmados, sólo que los nombres de los autores no son reales.

Desde entonces no han cesado de aparecer. Incluso, aumentaron. "¿Cómo responder a una ficción, a una fantasmagoría?", preguntaba Arango, atribulado. Un tal Fermín Gaber, contra el que lanza sus dardos, parece ser el que más logra sacarlo de quicio.

Según Arango, los autores incógnitos "descalifican instituciones cubanas y a escritores y artistas que desempeñan responsabilidades en ellas o que declaran su compromiso o su simpatía con la revolución". De ahí, digo yo, la razón para utilizar seudónimos. Elemental, Arango.

Arturo Arango posaba en su artículo de demócrata, desprejuiciado y apolítico, pero siempre dentro de la revolución. Es un fiel cumplidor de los axiomas para intelectuales oficiales. Con ingenuidad, invita a polemizar dentro del marco de las revistas literarias de la Isla. Se lamenta de chocar con sombras elusivas, máscaras y disfraces.

De cualquier modo, la polémica sería muy corta. Incluso en la Gaceta de Cuba, una de las más "liberales" -en el sentido cubano. La policía política se ocuparía, presta, de abreviarla. A los autores contestatarios les aguardaría, en el mejor de los casos, una larga temporada de ostracismo y el feo mote de mercenarios. Ellos saben lo que hacen.

Los ejemplos de Raúl Rivero, María Elena Cruz Varela, Tania Díaz Castro y Manuel Vázquez Portal no resultan muy estimulantes para que los escritores cubanos hablen a pecho descubierto, con nombres, apellidos y número de identidad.

En la literatura y el periodismo de todos los tiempos, de Stendhal a G. Caín, siempre hubo seudónimos. También existieron las divergencias estéticas, ideológicas y personales entre intelectuales. En las sociedades abiertas se ventilan cara a cara, en las páginas de cualquier publicación sin censura o en la mesa de un café.

Dostoievski decía que las cárceles son un reflejo de la sociedad de un país. Sus artistas e intelectuales también lo son.

Más de cuatro décadas de aberradas "políticas culturales" han generado un medio intelectual donde impera el miedo y el doble discurso de oportunistas y mediocres. Envidias, vilezas, chismes y rencores han desbordado los pasillos, salones y jardines de la UNEAC. El hedor se siente a millas de 17 y H. Esas aguas pútridas han sido el caldo de cultivo de los ciber-pasquines.

Hace más de 35 años, desde las páginas de Verde Olivo, la revista de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, alguien que se hacía llamar Leopoldo Ávila ladraba insultos y azuzaba a la jauría de rancheadores ideológicos contra el poeta Heberto Padilla. Dicen que se trataba de José Antonio Portuondo. Aseguran que se trataba de un secreto a voces. En aquella deprimente historia, tal vez el pudor forzó a usar seudónimo. Ni aún la disciplina del partido único inmuniza contra la desolación de servir de vocero de la Inquisición.

Heberto Padilla no tuvo derecho a réplica. A Leopoldo Ávila le debe haber ripostado su conciencia. Eso puede ser un buen consuelo para Arturo Arango, en su desesperación por discutir a campo abierto con Fermín Gaber y sus afines. Arango sólo tendrá que resistir el disgusto. No lo obligarán como a Padilla a la autocrítica con guión policial.

A pesar de la ansiosa y desconsolada curiosidad de Arango, Torquemada y demás siervos e inquisidores, los seudónimos seguirán. Al menos hasta que dé con ellos la policía del pensamiento.

Fermín Gaber y sus colegas de anonimato se cansaron de fingimientos y chismes de pasillos. Están que revientan por decir sus verdades. No soportan más que les orienten su opinión "de arriba". Están venciendo el temor al Tribunal del Santo Oficio de la Prohibiciones. Están haciendo catarsis. Sólo la libertad revelará sus nombres.

Entonces se olvidarán los pasquines.


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