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CULTURA
La hora de los seudónimos
Luis Cino
LA HABANA, abril (www.cubanet) - Como Macondo
de pasquines, el ciberespacio de temas culturales
cubanos se está llenando de seudónimos.
Brotan, como mangos tras la lluvia, en las pantallas
de los ordenadores.
Aparecen en Encuentro en la Red, CubaNet, La
Habana Elegante o NPC. Sus autores, como fantasmas
vindicativos e irreverentes, arremeten contra
los personeros de la cultura oficial. No reparan
en vacas sagradas ni en los que las pastorean.
Se burlan del acento castizo de César
López, de las penitencias arrepentidas
de Antón Arrufat, de los poemas con garra
bolchevique de Fernández Retamar, de las
bufonadas inciertas de Pablo Armando Fernández
o de las pendejadas inagotables de Miguel Barnet.
Sus víctimas los leen con aprensión
morbosa en las pantallas privilegiadas de sus
computadoras con acceso a Internet.
En agosto del pasado año la Gaceta de
Cuba publicó un artículo de su jefe
de redacción, Arturo Arango, quejándose
del fenómeno. Lo tituló "Anónimos".
Inexacto. Los ciber-pasquines aparecen firmados,
sólo que los nombres de los autores no
son reales.
Desde entonces no han cesado de aparecer. Incluso,
aumentaron. "¿Cómo responder
a una ficción, a una fantasmagoría?",
preguntaba Arango, atribulado. Un tal Fermín
Gaber, contra el que lanza sus dardos, parece
ser el que más logra sacarlo de quicio.
Según Arango, los autores incógnitos
"descalifican instituciones cubanas y a escritores
y artistas que desempeñan responsabilidades
en ellas o que declaran su compromiso o su simpatía
con la revolución". De ahí,
digo yo, la razón para utilizar seudónimos.
Elemental, Arango.
Arturo Arango posaba en su artículo de
demócrata, desprejuiciado y apolítico,
pero siempre dentro de la revolución. Es
un fiel cumplidor de los axiomas para intelectuales
oficiales. Con ingenuidad, invita a polemizar
dentro del marco de las revistas literarias de
la Isla. Se lamenta de chocar con sombras elusivas,
máscaras y disfraces.
De cualquier modo, la polémica sería
muy corta. Incluso en la Gaceta de Cuba, una de
las más "liberales" -en el sentido
cubano. La policía política se ocuparía,
presta, de abreviarla. A los autores contestatarios
les aguardaría, en el mejor de los casos,
una larga temporada de ostracismo y el feo mote
de mercenarios. Ellos saben lo que hacen.
Los ejemplos de Raúl Rivero, María
Elena Cruz Varela, Tania Díaz Castro y
Manuel Vázquez Portal no resultan muy estimulantes
para que los escritores cubanos hablen a pecho
descubierto, con nombres, apellidos y número
de identidad.
En la literatura y el periodismo de todos los
tiempos, de Stendhal a G. Caín, siempre
hubo seudónimos. También existieron
las divergencias estéticas, ideológicas
y personales entre intelectuales. En las sociedades
abiertas se ventilan cara a cara, en las páginas
de cualquier publicación sin censura o
en la mesa de un café.
Dostoievski decía que las cárceles
son un reflejo de la sociedad de un país.
Sus artistas e intelectuales también lo
son.
Más de cuatro décadas de aberradas
"políticas culturales" han generado
un medio intelectual donde impera el miedo y el
doble discurso de oportunistas y mediocres. Envidias,
vilezas, chismes y rencores han desbordado los
pasillos, salones y jardines de la UNEAC. El hedor
se siente a millas de 17 y H. Esas aguas pútridas
han sido el caldo de cultivo de los ciber-pasquines.
Hace más de 35 años, desde las
páginas de Verde Olivo, la revista de las
Fuerzas Armadas Revolucionarias, alguien que se
hacía llamar Leopoldo Ávila ladraba
insultos y azuzaba a la jauría de rancheadores
ideológicos contra el poeta Heberto Padilla.
Dicen que se trataba de José Antonio Portuondo.
Aseguran que se trataba de un secreto a voces.
En aquella deprimente historia, tal vez el pudor
forzó a usar seudónimo. Ni aún
la disciplina del partido único inmuniza
contra la desolación de servir de vocero
de la Inquisición.
Heberto Padilla no tuvo derecho a réplica.
A Leopoldo Ávila le debe haber ripostado
su conciencia. Eso puede ser un buen consuelo
para Arturo Arango, en su desesperación
por discutir a campo abierto con Fermín
Gaber y sus afines. Arango sólo tendrá
que resistir el disgusto. No lo obligarán
como a Padilla a la autocrítica con guión
policial.
A pesar de la ansiosa y desconsolada curiosidad
de Arango, Torquemada y demás siervos e
inquisidores, los seudónimos seguirán.
Al menos hasta que dé con ellos la policía
del pensamiento.
Fermín Gaber y sus colegas de anonimato
se cansaron de fingimientos y chismes de pasillos.
Están que revientan por decir sus verdades.
No soportan más que les orienten su opinión
"de arriba". Están venciendo
el temor al Tribunal del Santo Oficio de la Prohibiciones.
Están haciendo catarsis. Sólo la
libertad revelará sus nombres.
Entonces se olvidarán los pasquines.
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