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RELIGION
Vigencia y contenido del mensaje de Juan Pablo
II para Cuba
Miguel Saludes
LA HABANA, abril (www.cubanet.org) - El mundo
rindió un sentido homenaje a Juan Pablo
II, un Papa tan especial. Cada país visitado
por él en sus 26 fructíferos años
como Pastor de la Iglesia Universal de Cristo,
sacó a la luz los recuerdos de su estancia
en aquella tierra, así como las palabras,
gestos y signos que en ella dejó.
En Cuba también se rememoraron las cinco
jornadas maravillosas que los cubanos vivimos
cuando estuvo entre nosotros. Esa alegría
tuvo la particularidad de desbordar el entorno
de la Isla expandiéndose por la amplia
geografía de la diáspora de compatriotas
dispersos por el mundo. La pequeña nación
caribeña se hizo enorme a través
de la visita del Santo Padre, ocasión que
sirvió para unir con más fuerza
a los hijos separados por exilios, ideas, prejuicios
y otras situaciones derivadas del contexto histórico
de estas últimas décadas en nuestro
país.
Cada homilía pronunciada por Juan Pablo
en las misas de Santa Clara, Camagüey, Santiago
de Cuba y La Habana;.en los encuentros con el
mundo del dolor en el Rincón, con la cultura
en la Universidad de La Habana, con los cristianos
de otras denominaciones, así como con los
judíos, y sus discursos de bienvenida y
despedida, hechos en presencia de las más
altas autoridades del país, conforman el
programa que nos legó Su Santidad a los
cubanos, a fin de levantar una nación fundamentada
en los valores del amor cristiano, el diálogo
y la reconciliación.
De todas las frases, que no fueron pocas, han
quedado como las más emblemáticas
las que dijo en el mismo instante de su llegada:
"Que Cuba se abra al mundo con todas sus
magníficas posibilidades y que el mundo
se abra a Cuba", así como "Los
cubanos tienen que ser los protagonistas de su
propia historia personal y nacional". Muchas
de estas expresiones han sufrido el recorte de
alguna de sus partes según el interés
del que las rememora. Unos se quedan con las alusiones
de condena al embargo, a las políticas
exclusivas externas, al neoliberalismo. Otros
prefieren las que aluden a libertades, derechos
e injusticias. Pero por encima de estas manipulaciones
está la constancia de Juan Pablo II, quien
siempre demostró que cuando se dispuso
a viajar a nuestra Patria lo haría sin
hacer concesiones. Como viajero de la esperanza,
el amor y la paz, además de confirmar en
la fe a la Iglesia cubana, tenía el propósito
de dejar abierto un camino del tránsito
hacia una sociedad mejor.
Algunos pensaron que al término del viaje
todo quedaría igual, e incluso que el Santo
Padre, una vez en Roma y teniendo asuntos de mayor
peso que atender en su cargada agenda vaticana,
iba a ir relegando en su memoria todo lo que dijo
e hizo en Cuba, donde prometió que la Iglesia
y el pueblo de esa nación siempre contarían
con sus oraciones y plegarias. Mientras los propios
cubanos quedamos anclados en el actuar y decir
del Papa durante su visita a la Isla, olvidamos
o apenas conocemos que él estuvo pendiente
de los acontecimientos posteriores, o derivados
de su estadía. Durante todo aquel año
estuvo bien atento a las repercusiones de aquel
viaje, según los testimonios de los que
fueron recibidos por él, ya fuera un cubano
proveniente de la Isla o de la diáspora,
o de alguien que iba a realizar su misión
en su iglesia.
En unas palabras dirigidas a los obispos cubanos
que estuvieron en el Vaticano entre el 8 y el
12 de junio de 1998 vuelve a repetir la famosa
proclamación víctima de tantos manoseos
verbales.
"Que Cuba se abra al mundo con todas sus
magníficas posibilidades y que el mundo
se abra a Cuba ha sido acogida por muchas naciones
y organismos y que muchas comunidades eclesiales
han intensificado sus deseos y realizaciones,
expresando con gestos concretos su solidaridad
y manifestando fraternidad con los hijos de Dios
que viven en esa hermosa tierra. Pueden estar
seguros de que la Santa Sede y el Sucesor de Pedro
proseguirán en todo lo que está
a su alcance, y desde las peculiaridades de su
misión espiritual, para que la respuesta
siga extendiéndose y para que la atención
suscitada con ocasión de mi visita no se
apague, sino que alcance los frutos esperados
por el pueblo cubano.
"Quiero ver (en los gestos de las autoridades
cubanas) la prenda y la primicia de su disposición
a crear espacios legales y sociales para que la
sociedad civil cubana pueda crecer en autonomía
y participación, y el país pueda
ocupar el lugar que le corresponde por derecho
propio en la región y el concierto de las
naciones.
"La apertura deseada no se limita a una
simple mejora de las relaciones internacionales
que tiendan a promover un proceso de interdependencia
solidaria entre los pueblos en el actual contexto
de globalización. Se trata ante todo de
una disposición interior en cada uno, de
modo que la renovación de la mente y la
apertura del espíritu lleven hacia una
verdadera conversión personal, favoreciendo
así un proceso de mejoría y cambio
también en las estructuras sociales".
De esta manera el Papa dejaba en claro el verdadero
alcance de la frase que inauguró su misión
profética en Cuba, sin quedar en las tergiversaciones
que la desfiguraran.
A los prelados de la Isla les reforzó en
su apoyo como guías espirituales de su
pueblo, mientras que sobre la sociedad manifestó:
"Los hombres y las mujeres superando fronteras
ideológicas, históricas o de parte,
que no permita en el crecimiento de la persona
humana en libertad y responsabilidad, han de hacer
posible que la verdad, aspiración íntima
de todo ser humano sea buscada con entusiasmo
y compartida con generosidad por todos. Sin limitaciones
arbitrarias en las libertades fundamentales como
son, por ejemplo, las de expresión, reunión
y asociación. Ello facilita que la sociedad
pueda acceder a un estado de convivencia presidido
por la confianza mutua, la participación,
la solidaridad y la justicia. En este sentido,
Cuba está llamada a encarnar y vivir su
propia identidad, que tiene raíces profundamente
cristianas, encaminándose hacia la transparencia,
la apertura y la solidaridad."
A cinco meses de su regreso el Papa vuelve a
señalar la importancia del laicado cubano
en la misión que tenían por delante:
"En mi visita a Cuba tuve la oportunidad
de recordar algunos aspectos del Evangelio social.
Los fieles laicos deben responder con madurez,
perseverancia y audacia a los desafíos
de la aplicación de la Doctrina Social
de la Iglesia, a la vida económica, política
y cultural de la Nación. En este sentido
los fieles están llamados a participar
con pleno derecho e igualdad de oportunidades
en la vida pública, para dar su propia
contribución al progreso nacional y participar
con generosidad en la reconstrucción del
país, accediendo a los diversos sectores
de la vida social, como es la educación
y los medios de comunicación social, dentro
de un marco legal adecuado."
Juan Pablo II, un hombre de fe profunda, no era
ajeno a los signos presentes en cada momento y
que a veces para el resto resulta algo normal.
En Roma seguía recordando aquella manifestación
lluviosa que acompañó su partida
de La Habana. "La lluvia que me despidió
cuando dejaba el suelo cubano trajo a mi memoria
el himno Rorate caeli, pidiendo que las semillas
sembradas con sacrificio y paciencia por todos
ustedes crezcan con vigor y Cuba pueda abrir de
par en par sus puertas a la potencia redentora
de Cristo, para que todos los cubanos puedan vivir
un nuevo adviento en su historia nacional. A su
regreso a la Isla, hagan presente a todos los
cubanos el afecto y la cercanía del Papa.
Que tengan seguridad de que siempre que me acuerdo
de ustedes, doy gracias a Dios. Cuando ruego por
ustedes, lo hago siempre con alegría. Está
justificado esto que siento por ustedes, pues
los llevo en el corazón. Dios es testigo
de lo entrañable que los quiero a todos
ustedes en Cristo Jesús. (Fl1,3-10)"
Luego, a un año del histórico tránsito
por la Mayor de las Antillas enviará una
carta a monseñor Adolfo Rodríguez
Herrera en su condición de presidente de
la Conferencia de Obispos cubanos. En la misiva
retomaría algo de la Misa de Camagüey:
"Les estoy muy agradecido por haberme abierto
las puertas de sus casas. Yo les llevo a todos
en mi corazón y cada día rezo por
ustedes." Y en otro párrafo recomendaría
a los pastores cubanos ser protagonistas de la
continuidad y aplicación práctica
del magisterio que la Providencia del Padre le
había inspirado al visitarnos, mientras
que además les exhortaba a no tener miedo
por los riesgos que podían acompañar
la opción de seguir al Señor. Una
vez más declaraba: "Que el mensaje
que dejé en su tierra sirva para animarlos
a todos en el empeño de poner su propio
esfuerzo para alcanzar las expectativas con el
concurso de cada cubano y la ayuda del espíritu
Santo. Ustedes son y deben ser los protagonistas
de su propia historia personal y social."
Y retomaría a la lluvia de aquella tarde
invernal para lanzar esta imagen: "Al saludarlos
a todos con afecto y recordando también
la lluvia que me despidió en La Habana
a mi regreso a Roma renuevo mis votos para que
esta lluvia sea un signo bueno de un nuevo Adviento
en su historia de modo que para el consuelo y
la paz de todo el pueblo cubano los cielos destilen
el rocío de la caridad y las nubes lluevan
su justicia. Pueden estar seguros que la Santa
Sede y el Sucesor de San Pedro proseguirán
en todo lo que esté a su alcance y desde
las peculiaridades de su misión espiritual,
para que esa respuesta siga extendiéndose
y para que la atención suscitada con ocasión
de mi visita no se apague, sino que alcance los
frutos esperados por el pueblo cubano."
El pasado 8 de enero, durante la recepción
de las cartas credenciales del nuevo embajador
de Cuba ante la Santa Sede, volvería Su
Santidad a insistir en la conveniencia de un diálogo
con todos los grupos que integran el pueblo cubano.
Ahora que Juan Pablo II ha partido definitivamente
de este mundo, sabemos que desde el lugar especial
que le tiene reservado el Señor él
seguirá clamando para que Cuba se abra
al mundo y el mundo a Cuba, pero de una manera
en que esta apertura beneficie a todos los cubanos
sin exclusiones, sin medidas restrictivas de una
parte y con la garantía plena de libertades
por la otra. Ese es el verdadero y total sentido
de aquella frase sembrada entre nosotros, que
aún no termina de germinar. Los jardineros
expertos en la poda se encargan de evitar su crecimiento.
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