PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 11, 2005
 

RELIGION
Vigencia y contenido del mensaje de Juan Pablo II para Cuba

Miguel Saludes

LA HABANA, abril (www.cubanet.org) - El mundo rindió un sentido homenaje a Juan Pablo II, un Papa tan especial. Cada país visitado por él en sus 26 fructíferos años como Pastor de la Iglesia Universal de Cristo, sacó a la luz los recuerdos de su estancia en aquella tierra, así como las palabras, gestos y signos que en ella dejó.

En Cuba también se rememoraron las cinco jornadas maravillosas que los cubanos vivimos cuando estuvo entre nosotros. Esa alegría tuvo la particularidad de desbordar el entorno de la Isla expandiéndose por la amplia geografía de la diáspora de compatriotas dispersos por el mundo. La pequeña nación caribeña se hizo enorme a través de la visita del Santo Padre, ocasión que sirvió para unir con más fuerza a los hijos separados por exilios, ideas, prejuicios y otras situaciones derivadas del contexto histórico de estas últimas décadas en nuestro país.

Cada homilía pronunciada por Juan Pablo en las misas de Santa Clara, Camagüey, Santiago de Cuba y La Habana;.en los encuentros con el mundo del dolor en el Rincón, con la cultura en la Universidad de La Habana, con los cristianos de otras denominaciones, así como con los judíos, y sus discursos de bienvenida y despedida, hechos en presencia de las más altas autoridades del país, conforman el programa que nos legó Su Santidad a los cubanos, a fin de levantar una nación fundamentada en los valores del amor cristiano, el diálogo y la reconciliación.

De todas las frases, que no fueron pocas, han quedado como las más emblemáticas las que dijo en el mismo instante de su llegada: "Que Cuba se abra al mundo con todas sus magníficas posibilidades y que el mundo se abra a Cuba", así como "Los cubanos tienen que ser los protagonistas de su propia historia personal y nacional". Muchas de estas expresiones han sufrido el recorte de alguna de sus partes según el interés del que las rememora. Unos se quedan con las alusiones de condena al embargo, a las políticas exclusivas externas, al neoliberalismo. Otros prefieren las que aluden a libertades, derechos e injusticias. Pero por encima de estas manipulaciones está la constancia de Juan Pablo II, quien siempre demostró que cuando se dispuso a viajar a nuestra Patria lo haría sin hacer concesiones. Como viajero de la esperanza, el amor y la paz, además de confirmar en la fe a la Iglesia cubana, tenía el propósito de dejar abierto un camino del tránsito hacia una sociedad mejor.

Algunos pensaron que al término del viaje todo quedaría igual, e incluso que el Santo Padre, una vez en Roma y teniendo asuntos de mayor peso que atender en su cargada agenda vaticana, iba a ir relegando en su memoria todo lo que dijo e hizo en Cuba, donde prometió que la Iglesia y el pueblo de esa nación siempre contarían con sus oraciones y plegarias. Mientras los propios cubanos quedamos anclados en el actuar y decir del Papa durante su visita a la Isla, olvidamos o apenas conocemos que él estuvo pendiente de los acontecimientos posteriores, o derivados de su estadía. Durante todo aquel año estuvo bien atento a las repercusiones de aquel viaje, según los testimonios de los que fueron recibidos por él, ya fuera un cubano proveniente de la Isla o de la diáspora, o de alguien que iba a realizar su misión en su iglesia.

En unas palabras dirigidas a los obispos cubanos que estuvieron en el Vaticano entre el 8 y el 12 de junio de 1998 vuelve a repetir la famosa proclamación víctima de tantos manoseos verbales.

"Que Cuba se abra al mundo con todas sus magníficas posibilidades y que el mundo se abra a Cuba ha sido acogida por muchas naciones y organismos y que muchas comunidades eclesiales han intensificado sus deseos y realizaciones, expresando con gestos concretos su solidaridad y manifestando fraternidad con los hijos de Dios que viven en esa hermosa tierra. Pueden estar seguros de que la Santa Sede y el Sucesor de Pedro proseguirán en todo lo que está a su alcance, y desde las peculiaridades de su misión espiritual, para que la respuesta siga extendiéndose y para que la atención suscitada con ocasión de mi visita no se apague, sino que alcance los frutos esperados por el pueblo cubano.

"Quiero ver (en los gestos de las autoridades cubanas) la prenda y la primicia de su disposición a crear espacios legales y sociales para que la sociedad civil cubana pueda crecer en autonomía y participación, y el país pueda ocupar el lugar que le corresponde por derecho propio en la región y el concierto de las naciones.

"La apertura deseada no se limita a una simple mejora de las relaciones internacionales que tiendan a promover un proceso de interdependencia solidaria entre los pueblos en el actual contexto de globalización. Se trata ante todo de una disposición interior en cada uno, de modo que la renovación de la mente y la apertura del espíritu lleven hacia una verdadera conversión personal, favoreciendo así un proceso de mejoría y cambio también en las estructuras sociales".

De esta manera el Papa dejaba en claro el verdadero alcance de la frase que inauguró su misión profética en Cuba, sin quedar en las tergiversaciones que la desfiguraran.
A los prelados de la Isla les reforzó en su apoyo como guías espirituales de su pueblo, mientras que sobre la sociedad manifestó: "Los hombres y las mujeres superando fronteras ideológicas, históricas o de parte, que no permita en el crecimiento de la persona humana en libertad y responsabilidad, han de hacer posible que la verdad, aspiración íntima de todo ser humano sea buscada con entusiasmo y compartida con generosidad por todos. Sin limitaciones arbitrarias en las libertades fundamentales como son, por ejemplo, las de expresión, reunión y asociación. Ello facilita que la sociedad pueda acceder a un estado de convivencia presidido por la confianza mutua, la participación, la solidaridad y la justicia. En este sentido, Cuba está llamada a encarnar y vivir su propia identidad, que tiene raíces profundamente cristianas, encaminándose hacia la transparencia, la apertura y la solidaridad."

A cinco meses de su regreso el Papa vuelve a señalar la importancia del laicado cubano en la misión que tenían por delante: "En mi visita a Cuba tuve la oportunidad de recordar algunos aspectos del Evangelio social. Los fieles laicos deben responder con madurez, perseverancia y audacia a los desafíos de la aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia, a la vida económica, política y cultural de la Nación. En este sentido los fieles están llamados a participar con pleno derecho e igualdad de oportunidades en la vida pública, para dar su propia contribución al progreso nacional y participar con generosidad en la reconstrucción del país, accediendo a los diversos sectores de la vida social, como es la educación y los medios de comunicación social, dentro de un marco legal adecuado."

Juan Pablo II, un hombre de fe profunda, no era ajeno a los signos presentes en cada momento y que a veces para el resto resulta algo normal. En Roma seguía recordando aquella manifestación lluviosa que acompañó su partida de La Habana. "La lluvia que me despidió cuando dejaba el suelo cubano trajo a mi memoria el himno Rorate caeli, pidiendo que las semillas sembradas con sacrificio y paciencia por todos ustedes crezcan con vigor y Cuba pueda abrir de par en par sus puertas a la potencia redentora de Cristo, para que todos los cubanos puedan vivir un nuevo adviento en su historia nacional. A su regreso a la Isla, hagan presente a todos los cubanos el afecto y la cercanía del Papa. Que tengan seguridad de que siempre que me acuerdo de ustedes, doy gracias a Dios. Cuando ruego por ustedes, lo hago siempre con alegría. Está justificado esto que siento por ustedes, pues los llevo en el corazón. Dios es testigo de lo entrañable que los quiero a todos ustedes en Cristo Jesús. (Fl1,3-10)"

Luego, a un año del histórico tránsito por la Mayor de las Antillas enviará una carta a monseñor Adolfo Rodríguez Herrera en su condición de presidente de la Conferencia de Obispos cubanos. En la misiva retomaría algo de la Misa de Camagüey: "Les estoy muy agradecido por haberme abierto las puertas de sus casas. Yo les llevo a todos en mi corazón y cada día rezo por ustedes." Y en otro párrafo recomendaría a los pastores cubanos ser protagonistas de la continuidad y aplicación práctica del magisterio que la Providencia del Padre le había inspirado al visitarnos, mientras que además les exhortaba a no tener miedo por los riesgos que podían acompañar la opción de seguir al Señor. Una vez más declaraba: "Que el mensaje que dejé en su tierra sirva para animarlos a todos en el empeño de poner su propio esfuerzo para alcanzar las expectativas con el concurso de cada cubano y la ayuda del espíritu Santo. Ustedes son y deben ser los protagonistas de su propia historia personal y social."

Y retomaría a la lluvia de aquella tarde invernal para lanzar esta imagen: "Al saludarlos a todos con afecto y recordando también la lluvia que me despidió en La Habana a mi regreso a Roma renuevo mis votos para que esta lluvia sea un signo bueno de un nuevo Adviento en su historia de modo que para el consuelo y la paz de todo el pueblo cubano los cielos destilen el rocío de la caridad y las nubes lluevan su justicia. Pueden estar seguros que la Santa Sede y el Sucesor de San Pedro proseguirán en todo lo que esté a su alcance y desde las peculiaridades de su misión espiritual, para que esa respuesta siga extendiéndose y para que la atención suscitada con ocasión de mi visita no se apague, sino que alcance los frutos esperados por el pueblo cubano."

El pasado 8 de enero, durante la recepción de las cartas credenciales del nuevo embajador de Cuba ante la Santa Sede, volvería Su Santidad a insistir en la conveniencia de un diálogo con todos los grupos que integran el pueblo cubano.

Ahora que Juan Pablo II ha partido definitivamente de este mundo, sabemos que desde el lugar especial que le tiene reservado el Señor él seguirá clamando para que Cuba se abra al mundo y el mundo a Cuba, pero de una manera en que esta apertura beneficie a todos los cubanos sin exclusiones, sin medidas restrictivas de una parte y con la garantía plena de libertades por la otra. Ese es el verdadero y total sentido de aquella frase sembrada entre nosotros, que aún no termina de germinar. Los jardineros expertos en la poda se encargan de evitar su crecimiento.


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