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SOCIEDAD
Los intocables
Oscar Mario González, Grupo Decoro
LA HABANA, abril (www.cubanet.org) - Los intocables
son personas que montan en cólera cuando
en una guagua abarrotada de público alguien
los roza o simplemente los toca.
Pero como el estado del transporte de año
en año ha ido de mal en peor, y los ómnibus
están sobrecargados de pasajeros, a éstos
no les queda más remedio que ir apretujados
y comprimidos cual sardinas en lata. Aspirar a
un viaje en guagua libre de empujones y golpes
es tan ilusorio como pretender evitar el calor
en medio del desierto.
Definitivamente, de los tres puntos o vértices
que forman el triángulo diabólico
del mundo material castrista: comida, transporte
y vivienda, el referido a la guagua, sin ser el
más dramático es terriblemente molesto.
Las guaguas, concebidas para unos 40 pasajeros
sentados y otros tantos de pie, van con sobrecarga
duplicada y aún más. De modo que
en los estrechos pasillos no queda espacio alguno,
como no sea para la respiración que a veces
se dificulta. Más, si ello es así
y resulta, además, tan evidente, ¿por
qué algunos no toleran el roce, los golpes,
los empujones y el toca toca?
Las respuestas pueden ser tantas y tan diversas
como variado y sinuoso es el carácter humano.
Aseguran algunos que todo se debe a cierto complejo
de homosexualismo presente en muchos, que les
lleva a identificar el roce y el apretón
como intentos de acoso sexual.
Otros lo asocian con complejos de inferioridad
y de daño inflingido, lo cual hace que
algunos miren estas molestias como acciones para
querer "meterle el pie" o "cogerlos
pa'l trajín". Ello provoca una respuesta
de tipo guapetona por parte del supuesto ofendido.
Las mujeres no se quedan atrás, luego
de casi medio siglo oyendo hablar de igualdad
de sexos y de sufrir un igualitarismo con respecto
al hombre en la lucha por la subsistencia. Antes,
por el contrario, suelen ser las que más
bulla y alboroto forman.
Algunas, rebasando la igualdad de sexos y en
franca competencia con el hombre, ofenden con
el lenguaje más obsceno y descompuesto.
No se trata ya de la protesta ante el asedio
del clásico "rascabuchador" o
"jamonero", porque éste, con
las penurias del período especial, se ha
replegado por los predios del invento. Me refiero
al berrinche que arman y la resistencia a ser
molestadas por el inevitable apretón y
el toca toca.
Las guaguas, indiscutiblemente, se han convertido
en lugares propicios para las broncas y las reyertas,
cuyas consecuencias no son siempre del todo predecibles.
Estas controversias serían motivo de curiosidad
folclórica si no pasaran de una riña
verbal con mayor o menor carga de disgusto y descompostura.
Pero como se insertan en el clima de violencia
que aqueja a la sociedad, pueden desembocar en
hechos sangrientos.
Esa ira y ese disgusto que por décadas
lleva el cubano dentro de sí acumulados,
y esa frustración condensada y reprimida,
obligada al elogio y al aplauso en la plaza pública,
suele exteriorizarse de manera busca y explosiva.
Más aún con el agravante de una
voluntad destructiva que no dirime la lucha con
los puños, sino con todo lo que pueda herir
o destruir.
Por eso las guaguas no sólo representan
una molestia y una angustia cotidiana, sino que
constituyen un lugar donde uno se puede "salar"
la vida; donde puede aparecerse una desgracia
de proporciones incalculables e impredecibles.
Porque algo parece ser común a todos los
intocables, y es que como andan machacados y magullados
por el régimen, esconden y acumulan sus
frustraciones para luego exteriorizarlas en la
guagua frente a otro cubano, tan indefenso y maltratado
como él.
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