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SOCIEDAD
Eleodoro, un personaje de mi barrio
Adrián Leiva
LA HABANA, abril (www.cubanet.org) - Si me preguntan
la edad de Eleodoro, no creo que pueda acertar
en dar un aproximado. Cuando yo era estudiante
de la enseñanza primaria este lugareño
recorría con su carretilla el barrio. Su
humilde estampa popular, que muchos identifican
con la zona donde residen, se une a la de miles
individuos pintorescos que en Cuba tienen su máximo
exponente en la legendaria figura del Caballero
de París. A diferencia de lo que ocurre
con el color de los cabellos y la aparición
de los primeros síntomas de su ausencia
en nuestras cabezas, este personaje ha tenido
la virtud de permanecer en el tiempo con muy pocos
cambios en su fisonomía, a pesar de lo
mucho que ha llovido desde entonces.
Desde su nacimiento, Eleodoro no fue un niño
normal. El retraso mental con el que había
venido al mundo se hacía evidente en la
misma medida que en que avanzaba su desarrollo
físico. Según testimonios familiares,
su coeficiente de razonamiento difícilmente
conseguía superar al de un niño
de cuatro a seis años. Al principio se
le conocía como Eleodoro el Loco, pero
con el tiempo este desagradable apelativo ha ido
desapareciendo y hoy es llamado solamente por
el nombre que le regalaron sus padres cuando nació.
Desde su adolescencia se construyó, con
ayuda de algunos vecinos, una pintoresca carretilla,
artefacto que más tarde se convertiría
en un medio de trabajo eficaz para ganarse el
sustento diario. Desde aquella temprana edad,
Eleodoro no ha dejado de trabajar un solo día.
Nunca faltan clientes que lo contraten para efectuar
cualquier labor, en la que se destaca no por sus
conocimientos sino por la seriedad y disciplina
a la hora de efectuarla. Lo mismo puede chapear
patios y jardines, botar escombros, limpiar zapatos,
hacer pequeños mandados, pintar alguna
que otra fachada, transportar materiales de construcción
ayudándose de su carretilla y un sinfín
de tareas que hacen muy amplio el diapasón
de servicios brindado por Eleodoro a la comunidad.
El precio que fija por cada faena es mucho más
que justo, por lo que en ocasiones recibe más
de lo que pide, y cuando el cliente no dispone
del dinero suficiente, la sonrisa desdentada aparece
como único reproche y sin dilaciones deja
pendiente la cuenta para otro momento. Por ello
siempre cuenta con el saludo de todos, a los que
él contesta con educación, tan rara
en nuestros días.
A pesar de ser respetado y querido por el vecindario,
nunca faltan las inevitables bromas que le juegan
algunos al encontrárselo deambulando por
las calles de Palatino, donde uno de los motivos
para la chanza su ilusión de ser considerado
el galán de la comarca, para quien todas
las muchachas de la zona son sus novias. Algo
típico en cualquier mentalidad infantil.
¿Dónde reside lo particular en
este sencillo personaje de pueblo? Sin proponérselo,
Eleodoro deja una enseñanza diaria a toda
la población local, a pesar de su retraso
mental, y es que cuando un hombre desea vivir
y ganarse el sustento diario de forma honrada
a través del sudor de su frente, no necesita
hacerse parte de la corrupción que prolifera
con mayor fuerza en un amplio sector de la sociedad
cubana. Hace unos días, mientras conversaba
con él, me mostró orgulloso su bolsillo,
donde estaban guardados los 150 pesos ganados
en esa jornada, sentenciando que él sería
un poco bobo, pero su dinero no se lo roba a nadie.
Así es Eleodoro, el tipo más popular
de mi barrio. Ojalá todos actuaran con
la limpieza de alma de este hombre, considerado
un ser poco importante por su condición
mental.
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