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SOCIEDAD
Las maravillas del chocolate
Oscar Mario González, Grupo Decoro
LA HABANA, abril (www.cubanet.org) - De niño,
luego de muchacho, y ahora que me voy poniendo
viejo, he tenido predilección por el chocolate.
En general, casi todos los cubanos gustan de este
alimento.
Cuando pequeño, allá por la década
de 1950, se vendía el producto en toda
la red gastronómica del país, así
como en las bodegas, incluyendo a las de los bateyes
más apartados y humildes. Bombones, galleticas
bañadas de chocolate o africanas, tabletas
(peters), caramelos y otros muchos más,
eran golosinas que deleitaban a niños,
jóvenes y viejos.
Si de mí hubiera dependido, habría
renunciado a la comida para vivir del "chocolateo".
Pero mi padre era demasiado pobre para comprar
la cantidad de confituras que mi infantil afición
demandaba. Ello fue una circunstancia beneficiosa
para mi salud y bienestar, porque como bien decían
mis abuelos, hay que comer caliente y no vivir
pendiente de las chucherías y golosinas.
La identificación del chocolate con el
atractivo femenino a través del bombón
puede ser reflejo de la gran estima que sentía
nuestro pueblo por este derivado del cacao. Así
pues, de la mujer hermosa y atractiva, de ésa
que subyuga al pasar y amenaza con provocar accidentes
de tránsito, se decía que era un
"bombón". Si se quería
darle un tono más romántico y espiritual,
se apelaba al diminutivo afirmando que era un
"bomboncito".
Cuando el primero de enero de 1959 los barbudos
hablaban de un futuro promisorio con abundancia
de comida, libertad y democracia, estábamos
muy lejos de imaginar una miseria generalizada
y un "no te muevas" y "estate quieto".
Muchísimo menos de pensar que desaparecería
el chocolate de la despensa y el "rompequijá"
de los bolsillos de los muchachos. Pero sucedió,
y no quiero entristecer la crónica hablando
de causas y razones que todo el mundo conoce bien.
Lo cierto es que a los cuatro o cinco años
de iniciado el poder revolucionario el chocolate
era ya una cosa rara, un artículo de lujo.
Durante muchos años estuvo confinado a
ciertos centros recreativos inaugurados por el
gobierno, y a otros que engranaban con el interés
socio político cultural, tales como el
Parque Lenin, el Zoológico Nacional, el
Acuario y el Circo Nacional, entre otros. Generalmente
se le asignaba una cuota a cada concurrente.
No fue hasta la década de 1980 que en
el mercado Centro, y en los comercios paralelos
de entonces, se empezaron a vender algunas confituras
de chocolate, lo cual quedó interrumpido
bruscamente con motivo del llamado período
especial.
Fue así como a mediados de la década
de 1990 reaparecieron en las tiendas dolarizadas,
para deleite de algunos y añoranza de muchos
cuyo acceso al dólar era limitado o inexistente.
Por eso, cuando el Comandante anunciaba en la
noche de 8 de marzo, ante cientos de federadas
que cada cubano sería beneficiado con la
venta del producto a través de las libretas
de racionamiento, en muchos cubanos emergieron
los viejos recuerdos.
Porque según las promesas del régimen,
en las que pocos creen de corazón, el presente
año pasará a la historia revolucionaria
como el "año del chocolatazo",
donde la nación, a modo de gigantesca chocolatería,
tocará a las puertas de cada ciudadano.
Pero ya no será aquel derivado del cacao
pesado y dañoso, de cuyos excesos nos prevenían
los mayores, y de cuyas dolencias daban cuenta
curanderos y doctores.
Este novedoso "chocolate revolucionario",
según propagandizó el Comandante,
es una verdadera joya nutricional; una verdadera
revelación de la dietética universal.
Y como basta que de algo hable el Comandante para
que de inmediato la sitiería se llene de
papagayos y cotorrones, ya aparecen doctores,
licenciados, técnicos y especialistas de
nutrición que hablan de las bondades del
alimento, como si estuviera dotado de una condición
divina. Como aquel "maná" que
alimentó a los israelíes al paso
por el desierto, y que ahora, en forma de maravillosas
tabletas, o quizás en polvo, nos hará
atravesar, exitosos, las sendas del período
especial.
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