PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 31, 2005
 

SOCIEDAD
Réquiem por mi amigo Pablito

Guillermo Fariñas Hernández, Cubanacán Press

SANTA CLARA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - El viernes 26 de agosto de 2005 el santaclareño barrio La Chirusa estaba distinto. Sus vecinos lloraban de impotencia. Yo me vi forzado a encerrarme, para no salir a gritar en público lo que sentía, porque aunque en la maratónica Mesa Redonda de ese día el Dr. Fidel Castro no lo mencionó por su nombre, ya se sabía del ahogamiento de Pablito, el médico.

Nos sentíamos impotentes, maniatados e indignados, debido a que el principal culpable de la muerte del doctor en Medicina Pablo Ruiz Porra usaba con estudiado cinismo la tragedia de un grupo de hombres y mujeres, desesperados por huir del régimen, personificado por el propio orador de esa tarde-noche, y hacer política a costa de los fallecidos.

En su casa, los necesitados de una receta, un amigable examen a sus dolencias, de la obtención de un turno con otro facultativo, de una tableta deficitaria o de un simple y humanitario consejo, las puertas nunca dejaron de estar abiertas.

Nadie podrá olvidar jamás al siempre amable, servicial y educado galeno, caracterizado por tener un encanecimiento precoz de su cabellera. Pablito se hizo especialista en Otorrinolaringología y era uno de los "otorrinos", más buscados por los pacientes villaclareños.

Trabajamos a finales de los años 80 en el policlínico comunitario del municipio Camajuaní. El era un renombrado especialista consultante, que iba de vez en cuando desde la capital de la provincia a ejercer; yo un recién graduado obligado a hacer el llamado servicio social. Como residíamos cerca regresábamos juntos a Santa Clara.

Personalmente, sentí su solidaridad en todas las ocasiones que estuve ingresado por huelgas de hambre, en la sala de Terapia Intensiva o de Penados del hospital provincial "Dr. Celestino Hernández Robau", pues a pesar de su miedo a significarse con la Seguridad del Estado, me visitaba como buenos amigos y vecinos que fuimos.

Cuando nos cruzábamos en la calle, comentábamos sobre política internacional, los programas de Radio Martí u otras emisoras del sur del norteamericano estado de la Florida y sin falta averiguaba qué libros nuevos habían entrado a la biblioteca independiente que dirijo. Si quería leer algo, siempre arribaba a la hora de la telenovela, para no ser visto por los delatores de la barriada.

Nunca dejó de aconsejarme, en cuanto a acogerme a los programas de refugiados políticos de las distintas sedes diplomáticas en Ciudad de La Habana, para que mis familiares vivieran sin la angustia de perderme un aciago día. Su frase preferida era: "Vete de este infierno, para que puedas disfrutar en el futuro y sin peligro, del derrumbe al que tú contribuiste".

Pablito a pesar de sus temores, era miembro no - público del Colegio Médico de Villa Clara, por lo que tenía a esa institución al tanto de todo abuso hacia los trabajadores del sistema nacional de salud, así como de los maltratos y carencias que sufría la población criolla no privilegiada.

La policía política lo capturó en cinco intentos de salida no autorizada del país. Mi amigo sólo aspiraba a vivir con su esposa en los Estados Unidos de América. Solía decirme con irónica jocosidad: "Ahora sé lo que experimentaron en carne propia Espartaco y los cimarrones de los palenques de hace dos y tres siglos en Cuba, porque hoy los esclavos del imperio castrista somos nosotros los médicos".

Amigo Pablito, este artículo es tu réquiem luctuoso. No pudiste disfrutar o sufrir a Norteamérica. El mar te tragó antes, pero ya dejaste de ser esclavo. "El Orador Infinito" que tanto despreciabas, en su cobardía no fue capaz de mencionar que la gran parte de los actores de la tragedia en que tú también pereciste eran rehenes como tú. Como te gustaba repetir: "El ser humano siempre busca la libertad, es su naturaleza".


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