|
SOCIEDAD
Madame Please
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
El viejo edificio todavía sigue allí,
erguido a duras penas. Sólo los puntales
lo mantienen en pie, agonizando en el corazón
del Vedado. Espera el día de la demolición,
inadvertido en medio de tanto desastre.
En honor a la verdad, hace 30 años su
aspecto no era mucho mejor. La fachada todavía
conservaba algo de pintura, las grietas de las
paredes no eran tan anchas, no había puntales.
Normita vivía en un cuarto del último
piso.
Su habitación era pequeña, oscura
y poco ventilada. Apenas había muebles.
Siempre olía a una rara mezcla de queroseno,
humo de cigarrillos, perfume francés, papas
fritas e incienso.
Sus cuatro paredes, empapeladas con recortes
de revistas cromadas españolas, delimitaban
su palacio, su reino, su independencia y el refugio
de sus amigos.
Moraba a gusto allí. Gustaba decir que
era su salón preferido del castillo. La
posición del lugar, a unos 100 metros de
La Rampa, era privilegiada. El restaurante El
Conejito le quedaba al lado y el club Scherezada
estaba en la esquina. Eran sus sitios de pesca
favoritos.
Solía frecuentarlos con extranjeros, que
entonces eran casi siempre marinos griegos o filipinos.
Para escogerlos, procuraba que fueran atractivos,
aseados, inteligentes, corteses y nunca de Europa
Oriental. Tras varias cervezas y un poco de conversación
estaba lista para llevarlos a la cama.
Todos la llamaban Madame Please. Hablaba inglés
y algo de francés, y tenía modales
refinados. No se ofendía si sus amigos
le decían puta. Pero no se consideraba
una puta. Sólo quería vivir mejor.
No había tenido suerte en el amor. No se
adaptaba a vivir dentro de los moldes de la revolución
de Fidel Castro. Eso era todo. No era poco.
Solía enamorarse de algunos extranjeros.
Les era fiel mientras estaban en Cuba. Cuando
se iban, esperaba ansiosa sus cartas desde Atenas,
Argel, Manila o Barcelona. Confiaba que un día
alguno se casaría con ella y la sacaría
de Cuba. Cuando uno de ellos regresaba a La Habana,
reanudaba tórridos romances que terminaban
en renovadas promesas para un próximo retorno.
Norma no era exigente con sus amantes. No le
gustaba abusar. Sólo les insinuaba con
discreción sus necesidades y preferencias.
Se contentaba con poco: un frasco de Channel,
una blusa hindú, un jean americano -preferiblemente
Lee o Levi´s Strauss-, una cena en un buen
restaurante o un fin de semana en Varadero.
Durante las malas rachas vivía del producto
de la venta de ropas extranjeras. Llevaba el negocio
con suma cautela. Algunos vecinos la envidiaban.
Esperaban que cayera presa o se fuera del país
para reclamar su cuarto. Varias veces la denunciaron,
pero la policía nunca pudo hallarla culpable.
A menudo, cansada de rodar por hoteles y playas,
entre un amante y otro, caía en profundas
depresiones. Se sentía terriblemente infeliz.
Alguna vez hasta pensó en suicidarse. Lamentaba
las vidas que no pudo vivir, las cosas que nunca
pudieron ser. Culpaba a sus padres, a sus amores,
a todos y a todo, pero siempre acababa culpando
al comunismo de todas sus imposibilidades y fracasos.
Se encerraba durante días en su habitación.
Apoyada en el espaldar de la cama, fumando como
una condenada, escuchaba una y otra vez, en la
grabadora Sanyo que le trajera Fernando, de Mallorca,
los cassettes de McCartney, Santana, Michel Legrand
y Elton John.
Solamente su amiga Rosita solía sacarla
de esos estados. Llegaba al atardecer con ron
o vino argelino, espaguetis, nuevos cassettes
y mucho que contar. Cual samaritana underground,
a menudo traía algún amigo desamparado
que presentarle.
Fue así que llegué, hambriento
y prófugo del servicio militar obligatorio
al salón del palacio de Madame Please,
una tarde del verano de 1975. Volvería
las veces que requiere la amistad.
Madame Please se cansó de esperar su príncipe
azul, foráneo y casadero. Juró que
no podía envejecer en Cuba. Se fue por
Mariel en 1980. No vaciló para presentarse
en una unidad policial y declarar que además
de antisocial era puta. Era el precio a pagar
por la libertad.
Treinta años después, La Habana
está llena de turistas extranjeros a la
caza de jineteras. Ellas sueñan con alguien
que las saque de Cuba. Es su máxima aspiración
en la vida que les tocó.
Hoy pasé por el viejo y ruinoso edificio
amarillo y apuntalado, y he vuelto a recordar
a Normita. Me encaminé entonces al Conejito.
Necesitaba un par de cervezas por los viejos tiempos
y el futuro incierto. Siempre fue la barra con
las cervezas más frías de La Habana.
Tropecé con un cartel en la puerta. Advertía
que la entrada era sólo por parejas, el
consumo en moneda convertible y no se permitía
fumar.
Antes de doblar la esquina volví la vista
hacia el edificio de Madame Please. Tal vez la
última vez que lo vea en pie. Creí
ver mi vieja camisa azul colgada en la tendedera,
junto a una blusa hindú. Por una ventana
del último piso escapaban los riffs fabulosos
de la guitarra de Carlos Santana en Samba pa´ti.
Juraría que sentí olor a incienso.
La memoria es un terreno resbaladizo, marcado
a ratos por las huellas descuidadas y torpes de
la nostalgia.
Nunca dije a Madame Please que en su reino me
sentí cómodo y a salvo. Ni en un
hotel de la Riviera podría hallar un refugio
mejor. Siquiera por aquella noche, por aquellos
tiempos, valga esta crónica para agradecerle.
|