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POLITICA
Causas y efectos
Oscar Espinosa Chepe
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
Latinoamérica, desde la fundación
de las repúblicas, ha sido terreno fértil
para caudillos, y "hombres fuertes".
Una tradición nefasta que, junto a la violencia,
tiene raíces profundas en el pasado colonial.
Los caudillos y "hombres fuertes",
con distintos disfraces, pero siempre consustanciales
a la fuerza y el militarismo, han utilizado la
inestabilidad política, económica
y social frecuentemente presentes en nuestras
sociedades para mostrarse como personajes providenciales,
a fin de hacerse del poder absoluto y satisfacer
la irrefrenable ambición de grandeza y
mando que los caracteriza.
En realidad, estos "mesías"
no sólo han florecido en nuestro subcontinente.
En la políticamente correcta y experimentada
Europa pueden recordarse tristes ejemplos. Alemania
e Italia son casos de la toma del poder absoluto
por aventureros apoyados en olas de entusiasmo
popular, provocadas por una desbocada demagogia,
terror y exaltación de burdo nacionalismo.
En Alemania, como ahora en Venezuela, la mayoría
de los ciudadanos, defraudada por una democracia
que dejó de lado legítimas aspiraciones
y golpeada por una crisis cruel de magnitud universal,
apoyó en las urnas el surgimiento del fascismo
y más tarde, increíblemente para
una nación tan culta, se dejó conducir
al desastre.
Estas verdades históricas demuestran que
la existencia de las libertades de expresión,
reunión y asociación, así
como el derecho de los ciudadanos a elegir y ser
elegidos en comicios libres, aunque son condiciones
indispensables para el establecimiento de la democracia,
no resultan suficientes para el sostenimiento
de una sociedad plural, sana y autosuficiente.
José Martí, real demócrata,
ya lo afirmaba con preocupación a fines
del Siglo XIX: "La libertad política
no ha podido servir de consuelo a los que no ven
beneficio alguno inmediato en ejercerla".
La acumulación de riquezas en un polo
de la sociedad mientras en el otro se amontona
la precariedad, sin que los que sufren este mal
tengan perspectivas y oportunidades ciertas de
encontrar salida a sus dramas, constituyen fuentes
de inestabilidad política y social; un
ambiente providencial para la revuelta y el surgimiento
de "ungidos", que terminan conduciendo
a los pueblos al desastre.
En este contexto, resultan absolutamente reprobables
las expresiones recientes del pastor evangélico
Pat Robertson, encaminadas a la supresión
física del Coronel Hugo Chávez Frías,
como solución al problema venezolano.
La propuesta, de hecho anticristiana, más
que irresponsable es ingenua al tomar un efecto
como causa. Además, como ha señalado
el Washington Post, constituye un regalo al totalitarismo;
un nuevo argumento para promover sentimientos
ultranacionalistas y antinorteamericanos en el
área.
Robertson se equipara así con el ex senador
Jesse Helms, quien en su momento, con oratoria
agresiva y desenfocadas acciones legislativas,
fue y continúa siendo uno de los mayores
soportes políticos del régimen de
La Habana.
Hugo Chávez Frías, fracasado militar
golpista, no representa la causa de los problemas
venezolanos, sino un fenómeno producto
de una crisis prolongada y desatendida. Junto
al hambre, la miseria, el desempleo, la falta
de educación, la corrupción, la
marginalidad y otros azotes, constituye una consecuencia
de estructuras políticas, sociales y económicas
caducas, obstructoras de las legítimas
aspiraciones del pueblo venezolano.
Esta problemática, también vigente
en varios países del subcontinente y de
posibles consecuencias lamentables en el futuro,
es insoluble por vías violentas, que únicamente
complicarían el panorama, creándose
un ambiente más favorable a los extremistas
y seguidores del totalitarismo.
La experiencia demuestra que la democracia es
muy difícil de obtener con bayonetas y
bombas. Son tiempos, no sólo en América
Latina, de reformas y tránsitos pacíficos
a sociedades plurales, tanto en lo político
como en los planos económico y social,
mediante la creación de oportunidades de
progreso para todos los ciudadanos.
La propia experiencia norteamericana en Japón
así lo indica. Después de finalizada
la II Guerra Mundial, las políticas de
reformas promovidas allí, dirigidas a la
distribución del ingreso de forma más
justa y equitativa, luego demostraron ser un factor
de peso en el impresionante ulterior desempeño
y estabilidad de esa nación.
Son alentadoras las voces que en Estados Unidos
de inmediato se levantaron en protesta por las
desafortunadas declaraciones del Reverendo Pat
Robertson. Altos líderes políticos
y religiosos, reconocidos periodistas e intelectuales
y otras distinguidas personalidades han patentizado
el rechazo ante tamaño despropósito.
Quizás este lamentable incidente sirva
para comprender la urgente necesidad de vertebrar
una nueva política hacia América
Latina, más enfocada hacia la solución
de los problemas sociales y económicos
de la región.
La política actual hace demasiado énfasis
en asuntos relacionados con el libre comercio,
tema realmente muy importante, pero no el único.
Asimismo, algunos expertos consideran que los
vecinos del Sur carecen de la debida atención
y prioridad en la agenda de la política
exterior estadounidense. Es una situación
que debería cambiar. Son tiempos de reevaluación
de la coyuntura existente.
La experiencia del New Deal de la época
de Franklin Delano Roosevelt constituye un modelo
que, ajustado a las nuevas circunstancias, podría
servir de base para el desarrollo de relaciones
promovedoras de una era de progreso y cooperación
en América Latina en su conjunto.
El programa recientemente adoptado por el G-8,
en un marco lógicamente diferente, para
coadyuvar a resolver la compleja situación
de Africa también podría ser tomado
como referencia aprovechable.
El escenario latinoamericano urge de más
atención, comprensión y, sobre todo,
solidaridad. La demora en actuar podría
ser fatal.
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