PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 31, 2005
 

POLITICA
Causas y efectos

Oscar Espinosa Chepe

LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - Latinoamérica, desde la fundación de las repúblicas, ha sido terreno fértil para caudillos, y "hombres fuertes". Una tradición nefasta que, junto a la violencia, tiene raíces profundas en el pasado colonial.

Los caudillos y "hombres fuertes", con distintos disfraces, pero siempre consustanciales a la fuerza y el militarismo, han utilizado la inestabilidad política, económica y social frecuentemente presentes en nuestras sociedades para mostrarse como personajes providenciales, a fin de hacerse del poder absoluto y satisfacer la irrefrenable ambición de grandeza y mando que los caracteriza.

En realidad, estos "mesías" no sólo han florecido en nuestro subcontinente. En la políticamente correcta y experimentada Europa pueden recordarse tristes ejemplos. Alemania e Italia son casos de la toma del poder absoluto por aventureros apoyados en olas de entusiasmo popular, provocadas por una desbocada demagogia, terror y exaltación de burdo nacionalismo.

En Alemania, como ahora en Venezuela, la mayoría de los ciudadanos, defraudada por una democracia que dejó de lado legítimas aspiraciones y golpeada por una crisis cruel de magnitud universal, apoyó en las urnas el surgimiento del fascismo y más tarde, increíblemente para una nación tan culta, se dejó conducir al desastre.

Estas verdades históricas demuestran que la existencia de las libertades de expresión, reunión y asociación, así como el derecho de los ciudadanos a elegir y ser elegidos en comicios libres, aunque son condiciones indispensables para el establecimiento de la democracia, no resultan suficientes para el sostenimiento de una sociedad plural, sana y autosuficiente.

José Martí, real demócrata, ya lo afirmaba con preocupación a fines del Siglo XIX: "La libertad política no ha podido servir de consuelo a los que no ven beneficio alguno inmediato en ejercerla".

La acumulación de riquezas en un polo de la sociedad mientras en el otro se amontona la precariedad, sin que los que sufren este mal tengan perspectivas y oportunidades ciertas de encontrar salida a sus dramas, constituyen fuentes de inestabilidad política y social; un ambiente providencial para la revuelta y el surgimiento de "ungidos", que terminan conduciendo a los pueblos al desastre.

En este contexto, resultan absolutamente reprobables las expresiones recientes del pastor evangélico Pat Robertson, encaminadas a la supresión física del Coronel Hugo Chávez Frías, como solución al problema venezolano.

La propuesta, de hecho anticristiana, más que irresponsable es ingenua al tomar un efecto como causa. Además, como ha señalado el Washington Post, constituye un regalo al totalitarismo; un nuevo argumento para promover sentimientos ultranacionalistas y antinorteamericanos en el área.

Robertson se equipara así con el ex senador Jesse Helms, quien en su momento, con oratoria agresiva y desenfocadas acciones legislativas, fue y continúa siendo uno de los mayores soportes políticos del régimen de La Habana.

Hugo Chávez Frías, fracasado militar golpista, no representa la causa de los problemas venezolanos, sino un fenómeno producto de una crisis prolongada y desatendida. Junto al hambre, la miseria, el desempleo, la falta de educación, la corrupción, la marginalidad y otros azotes, constituye una consecuencia de estructuras políticas, sociales y económicas caducas, obstructoras de las legítimas aspiraciones del pueblo venezolano.

Esta problemática, también vigente en varios países del subcontinente y de posibles consecuencias lamentables en el futuro, es insoluble por vías violentas, que únicamente complicarían el panorama, creándose un ambiente más favorable a los extremistas y seguidores del totalitarismo.

La experiencia demuestra que la democracia es muy difícil de obtener con bayonetas y bombas. Son tiempos, no sólo en América Latina, de reformas y tránsitos pacíficos a sociedades plurales, tanto en lo político como en los planos económico y social, mediante la creación de oportunidades de progreso para todos los ciudadanos.

La propia experiencia norteamericana en Japón así lo indica. Después de finalizada la II Guerra Mundial, las políticas de reformas promovidas allí, dirigidas a la distribución del ingreso de forma más justa y equitativa, luego demostraron ser un factor de peso en el impresionante ulterior desempeño y estabilidad de esa nación.

Son alentadoras las voces que en Estados Unidos de inmediato se levantaron en protesta por las desafortunadas declaraciones del Reverendo Pat Robertson. Altos líderes políticos y religiosos, reconocidos periodistas e intelectuales y otras distinguidas personalidades han patentizado el rechazo ante tamaño despropósito.

Quizás este lamentable incidente sirva para comprender la urgente necesidad de vertebrar una nueva política hacia América Latina, más enfocada hacia la solución de los problemas sociales y económicos de la región.

La política actual hace demasiado énfasis en asuntos relacionados con el libre comercio, tema realmente muy importante, pero no el único. Asimismo, algunos expertos consideran que los vecinos del Sur carecen de la debida atención y prioridad en la agenda de la política exterior estadounidense. Es una situación que debería cambiar. Son tiempos de reevaluación de la coyuntura existente.

La experiencia del New Deal de la época de Franklin Delano Roosevelt constituye un modelo que, ajustado a las nuevas circunstancias, podría servir de base para el desarrollo de relaciones promovedoras de una era de progreso y cooperación en América Latina en su conjunto.

El programa recientemente adoptado por el G-8, en un marco lógicamente diferente, para coadyuvar a resolver la compleja situación de Africa también podría ser tomado como referencia aprovechable.

El escenario latinoamericano urge de más atención, comprensión y, sobre todo, solidaridad. La demora en actuar podría ser fatal.


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