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POLITICA
Bolívar + Stalin = Chávez
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
Sobrevivir será una meta imposible para
el bolivarianismo. La agenda que avala su proyección
continental demuestra pocos aciertos y muchas
deficiencias.
Aunque las regalías a los países
del área aporten cierta cohesión
y una relativa fuerza en la estructuración
de una América hispanohablante unida, indudablemente
los barriles de PDVSA son una costura que a mediano
o largo plazo dejarán de ser los hilos
de una revolución demasiado pretenciosa.
Los petrodólares podrían sostener
intenciones y propuestas más o menos razonables,
pero servir de plataforma a una utopía
totalmente divorciada de condicionantes geopolíticas
y enmarcada en estrategias que acusan una sustancial
diferencia entre la teoría y la práctica
es, si no una acción de total impericia,
una de las consecuencias que produce ese terrible
padecimiento llamado mitomanía.
Las estadísticas demuestran que al margen
de los programas educativos y de resarcimiento
económico, los índices de pobreza
se mantienen elevados en contraposición
al entusiasmo de militares y civiles chavistas,
que persiguen dibujar en el país andino-caribeño
el rostro de una "nueva izquierda" próspera
y emancipadora.
El caos institucional ha fortalecido la corrupción
a razón de una burocracia que progresa
sostenida y peligrosamente.
El populismo avanza con sus dividendos mediáticos
y sus limitaciones en calmar las necesidades de
miles de habitantes concentrados en los cerros.
Es cierto que muchos se han beneficiado con la
alfabetización y la asistencia médica;
sin embargo, tales atenciones -algunas de dudosa
calidad- buscan potenciar una ideología
que no esconde su perfil autoritario y su empatía
con un estilo de gobierno dictatorial.
A medio camino entre la lírica y la rusticidad
de las serranías, el discurso de Chávez
ha impactado en numerosos núcleos de sectores
menos favorecidos que ven en su locuacidad un
puente para salir de la ignorancia, en sus gestos
las señales de un redentor y en su vestimenta
castrense las ilusiones de una vida sin los martillazos
de la miseria.
Las promesas envueltas en la espesura de la retórica
son bálsamos para la incertidumbre, más
cuando el espacio para la crítica retrocede
con decretos y leyes que quizás no eliminen
en su totalidad, pero entorpecen el ejercicio
de las libertades cívicas.
Ese es el contexto en que vuelven al ruedo la
lucha de clases y la dictadura del proletariado.
Minimizada, la oposición sólo atina
a defenderse frente a una mayoría que quiere
zafarse de las obligaciones que emanan del estado
de derecho.
El antinorteamericanismo y las lluvias de dólares
sobre decenas de países del tercer mundo
son coberturas que facilitan -en cierta medida-
el montaje de un sistema en que los nostálgicos
del socialismo real y la guerra fría encuentran
una alternativa nuevamente latinoamericana.
Románticos y estalinistas, ex-guerrilleros
marxistas y seguidores de la filosofía
de Trostki y hasta maoístas se alistan
entre los valedores del proyecto bolivariano.
La intelectualidad de izquierda y prominentes
políticos -que ofrecen su beneplácito
a aventuras de tal naturaleza, siempre y cuando
ocurran lejos de sus fronteras- enfilan declaraciones
y respaldos a favor de la extensión continental
de una revolución a la que le será
difícil triunfar más allá
de sus anhelos y de las oficinas de sus gestores.
El sentido común avisa que los vínculos
con la dictadura cubana, situada en las antípodas
de la legitimidad y bajo el escrutinio de respetables
entidades y personas de la comunidad internacional
por las flagrantes violaciones a los derechos
humanos, introducen elementos desnaturalizadores
que harán fracasar la épica de un
ideal sin bases congruentes para un ordenamiento
basado en el equilibrio y la tolerancia..
Entre el errático diseño económico
de Chávez y el asesoramiento político
y militar de Cuba están los fundamentos
que posibilitan varios escenarios, todos en función
de sumir al continente en un caos y dejar a Venezuela
con las arcas gubernamentales vacías, los
pozos petrolíferos exhaustos y una población
en mayor desamparo.
Venezuela no es la Unión Soviética,
que pudo extender su influencia por medio mundo
a partir de sus enormes recursos naturales, su
poderío militar y la musculatura política
derivada de la victoria sobre el nazismo.
Esta es una nación que a pesar de sus
tentativas no puede escapar a las limitantes del
subdesarrollo ni sustraerse a la dependencia de
su vecino del Norte, para el que dedica una periódica
dosis de amenazas, sumadas al boicot contra el
modelo democrático por medio del consentimiento
a agrupaciones que buscan el poder atizando a
las multitudes al desafío violento de las
instituciones.
Al esgrimir el cese de los suministros de petróleo
a los Estados Unidos como castigo se pierde de
vista que el perdedor es el huésped del
Palacio de Miraflores.
De ocurrir esto, las mayores afectaciones terminarían
en la patria de Bolívar. Encontrar un comprador
fiable para los más de un millón
de barriles que Washington compra diariamente,
es algo que pondría a PDVSA en aprietos.
La suspensión de los envíos también
podría desencadenar respuestas de rigor
por parte de las autoridades estadounidenses,
que al parecer han rectificado su postura elevando
el nivel de beligerancia, hasta el momento delimitado
a aspectos diplomáticos.
El rearme de sus militares y las sospechas, según
el Pentágono documentadas, de prácticas
desestabilizadoras en países aledaños
como Bolivia y Ecuador, acercan los desencuentros
que posibilitarían un conflicto donde al
cono sur le pertenece de antemano una derrota
de proporciones cataclísmicas.
Hugo Chávez no quiere comprender que son
otros los tiempos y las coordenadas. Sus desplantes
autoritarios son una extensión del disparate
sobre el almanaque que nos recuerda el decursar
del siglo XXI. La Organización de Estados
Americanos (OEA) se erige en un obstáculo
para las pretensiones de monopolizar el poder.
Por eso las descalificaciones contra el cónclave
donde 34 países de América tienen
representación menos Cuba, expulsada en
1962 por desconocer las compromisos democráticos.
Un caudillo puede ser -en apariencias- una persona
agradable y sensata, perspicaz y consoladora.
Lástima que en definitiva abracen la obstinación
y la bravuconería, el odio y la confrontación.
Estoy seguro de que en Venezuela la dictadura
no germinará, como tampoco otras especies
de despotismo.
La iglesia y los medios que subsisten a la censura,
los diezmados partidos políticos y los
empresarios deben unificar su vocación
pluralista y colaborar en el desmontaje de esos
muros que instan a ceñir la sociedad a
esquemas de obediencias e incondicionalidades.
Yo no puedo evadirme de las dudas en relación
con el chavismo y su Alternativa Bolivariana para
las Américas (ALBA).
Son muchos los señuelos y los planes que,
dada su dimensión, casi siempre terminan
en el descalabro.
La pasividad - sin el acompañamiento de
la lógica-, y la improvisación no
suelen ser antídotos duraderos contra la
pobreza.
Los trucos son factibles en los filmes de Spielberg
y las manipulaciones semánticas un factor
a tener en cuenta en las comedias de enredos.
Es allí donde prefiero disfrutarlos y
no forzados en una tribuna, ni internacionalizados
en movilizaciones "humanitarias".
Ahora recuerdo que el presidente venezolano acaba
de declarar hace unos días, en la versión
habanera de su fatigoso programa radial "Aló
Presidente",que en Cuba no hay dictadura
sino una democracia revolucionaria. Me abstengo
de dedicar mi tiempo a las aclaraciones, me basta
con decir: ¡Que Dios lo perdone!
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