PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 30, 2005
 

POLITICA
Bolívar + Stalin = Chávez

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - Sobrevivir será una meta imposible para el bolivarianismo. La agenda que avala su proyección continental demuestra pocos aciertos y muchas deficiencias.

Aunque las regalías a los países del área aporten cierta cohesión y una relativa fuerza en la estructuración de una América hispanohablante unida, indudablemente los barriles de PDVSA son una costura que a mediano o largo plazo dejarán de ser los hilos de una revolución demasiado pretenciosa.

Los petrodólares podrían sostener intenciones y propuestas más o menos razonables, pero servir de plataforma a una utopía totalmente divorciada de condicionantes geopolíticas y enmarcada en estrategias que acusan una sustancial diferencia entre la teoría y la práctica es, si no una acción de total impericia, una de las consecuencias que produce ese terrible padecimiento llamado mitomanía.

Las estadísticas demuestran que al margen de los programas educativos y de resarcimiento económico, los índices de pobreza se mantienen elevados en contraposición al entusiasmo de militares y civiles chavistas, que persiguen dibujar en el país andino-caribeño el rostro de una "nueva izquierda" próspera y emancipadora.

El caos institucional ha fortalecido la corrupción a razón de una burocracia que progresa sostenida y peligrosamente.

El populismo avanza con sus dividendos mediáticos y sus limitaciones en calmar las necesidades de miles de habitantes concentrados en los cerros.

Es cierto que muchos se han beneficiado con la alfabetización y la asistencia médica; sin embargo, tales atenciones -algunas de dudosa calidad- buscan potenciar una ideología que no esconde su perfil autoritario y su empatía con un estilo de gobierno dictatorial.

A medio camino entre la lírica y la rusticidad de las serranías, el discurso de Chávez ha impactado en numerosos núcleos de sectores menos favorecidos que ven en su locuacidad un puente para salir de la ignorancia, en sus gestos las señales de un redentor y en su vestimenta castrense las ilusiones de una vida sin los martillazos de la miseria.

Las promesas envueltas en la espesura de la retórica son bálsamos para la incertidumbre, más cuando el espacio para la crítica retrocede con decretos y leyes que quizás no eliminen en su totalidad, pero entorpecen el ejercicio de las libertades cívicas.

Ese es el contexto en que vuelven al ruedo la lucha de clases y la dictadura del proletariado. Minimizada, la oposición sólo atina a defenderse frente a una mayoría que quiere zafarse de las obligaciones que emanan del estado de derecho.

El antinorteamericanismo y las lluvias de dólares sobre decenas de países del tercer mundo son coberturas que facilitan -en cierta medida- el montaje de un sistema en que los nostálgicos del socialismo real y la guerra fría encuentran una alternativa nuevamente latinoamericana.

Románticos y estalinistas, ex-guerrilleros marxistas y seguidores de la filosofía de Trostki y hasta maoístas se alistan entre los valedores del proyecto bolivariano.

La intelectualidad de izquierda y prominentes políticos -que ofrecen su beneplácito a aventuras de tal naturaleza, siempre y cuando ocurran lejos de sus fronteras- enfilan declaraciones y respaldos a favor de la extensión continental de una revolución a la que le será difícil triunfar más allá de sus anhelos y de las oficinas de sus gestores.

El sentido común avisa que los vínculos con la dictadura cubana, situada en las antípodas de la legitimidad y bajo el escrutinio de respetables entidades y personas de la comunidad internacional por las flagrantes violaciones a los derechos humanos, introducen elementos desnaturalizadores que harán fracasar la épica de un ideal sin bases congruentes para un ordenamiento basado en el equilibrio y la tolerancia..

Entre el errático diseño económico de Chávez y el asesoramiento político y militar de Cuba están los fundamentos que posibilitan varios escenarios, todos en función de sumir al continente en un caos y dejar a Venezuela con las arcas gubernamentales vacías, los pozos petrolíferos exhaustos y una población en mayor desamparo.

Venezuela no es la Unión Soviética, que pudo extender su influencia por medio mundo a partir de sus enormes recursos naturales, su poderío militar y la musculatura política derivada de la victoria sobre el nazismo.

Esta es una nación que a pesar de sus tentativas no puede escapar a las limitantes del subdesarrollo ni sustraerse a la dependencia de su vecino del Norte, para el que dedica una periódica dosis de amenazas, sumadas al boicot contra el modelo democrático por medio del consentimiento a agrupaciones que buscan el poder atizando a las multitudes al desafío violento de las instituciones.

Al esgrimir el cese de los suministros de petróleo a los Estados Unidos como castigo se pierde de vista que el perdedor es el huésped del Palacio de Miraflores.

De ocurrir esto, las mayores afectaciones terminarían en la patria de Bolívar. Encontrar un comprador fiable para los más de un millón de barriles que Washington compra diariamente, es algo que pondría a PDVSA en aprietos.

La suspensión de los envíos también podría desencadenar respuestas de rigor por parte de las autoridades estadounidenses, que al parecer han rectificado su postura elevando el nivel de beligerancia, hasta el momento delimitado a aspectos diplomáticos.

El rearme de sus militares y las sospechas, según el Pentágono documentadas, de prácticas desestabilizadoras en países aledaños como Bolivia y Ecuador, acercan los desencuentros que posibilitarían un conflicto donde al cono sur le pertenece de antemano una derrota de proporciones cataclísmicas.

Hugo Chávez no quiere comprender que son otros los tiempos y las coordenadas. Sus desplantes autoritarios son una extensión del disparate sobre el almanaque que nos recuerda el decursar del siglo XXI. La Organización de Estados Americanos (OEA) se erige en un obstáculo para las pretensiones de monopolizar el poder. Por eso las descalificaciones contra el cónclave donde 34 países de América tienen representación menos Cuba, expulsada en 1962 por desconocer las compromisos democráticos.

Un caudillo puede ser -en apariencias- una persona agradable y sensata, perspicaz y consoladora. Lástima que en definitiva abracen la obstinación y la bravuconería, el odio y la confrontación.

Estoy seguro de que en Venezuela la dictadura no germinará, como tampoco otras especies de despotismo.

La iglesia y los medios que subsisten a la censura, los diezmados partidos políticos y los empresarios deben unificar su vocación pluralista y colaborar en el desmontaje de esos muros que instan a ceñir la sociedad a esquemas de obediencias e incondicionalidades.

Yo no puedo evadirme de las dudas en relación con el chavismo y su Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA).

Son muchos los señuelos y los planes que, dada su dimensión, casi siempre terminan en el descalabro.

La pasividad - sin el acompañamiento de la lógica-, y la improvisación no suelen ser antídotos duraderos contra la pobreza.

Los trucos son factibles en los filmes de Spielberg y las manipulaciones semánticas un factor a tener en cuenta en las comedias de enredos.

Es allí donde prefiero disfrutarlos y no forzados en una tribuna, ni internacionalizados en movilizaciones "humanitarias".

Ahora recuerdo que el presidente venezolano acaba de declarar hace unos días, en la versión habanera de su fatigoso programa radial "Aló Presidente",que en Cuba no hay dictadura sino una democracia revolucionaria. Me abstengo de dedicar mi tiempo a las aclaraciones, me basta con decir: ¡Que Dios lo perdone!


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