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RELIGION
Cien velas para el cumpleaños de Ramoncito
Miguel Saludes
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
El 31 de agosto será un día especial
para Ramón Junco Sterling, archivero y
sacristán de la iglesia parroquial del
Espíritu Santo en La Habana, pues en esta
fecha arribará a sus cien años de
vida. Llegar a esa respetable cifra no es algo
que ocurre comúnmente a los humanos, pero
lograrlo con la vitalidad que distingue a Ramoncito
es un privilegio todavía más raro.
La memoria excepcional, ganas de vivir y de seguir
siendo útil, mantenerse en actividad y
el gozo de una salud envidiable, son rasgos que
distinguen a este anciano centenario.
Cada mañana, vestido impecablemente de
saco y corbata, se le puede ver en las misas de
La Merced tocando el órgano. Luego en la
parroquia cercana, que ha sido casi como su casa,
siempre encuentra un pretexto para seguir aportando
algo con su esfuerzo, a pesar de que ya no tiene
responsabilidades de trabajo. Su presencia se
destaca al recibir a los que llegan al lugar.
Para ellos conserva su perenne sonrisa y el saludo
ceremonioso que hace a todos.
Hombre de fe probada, Ramón nació
en la esquina de las calles San Isidro y Compostela,
en la Habana Vieja, en 1905. Desde pequeño
ya jugaba a hacer misas en las que hacía
de celebrante. Incluso él mismo confeccionaba
los programas de las festividades religiosas auxiliándose
de una imprenta de juguete que le regaló
su padre. Era tal su seriedad en estos menesteres,
que los vecinos acudían a estos oficios
religiosos presididos por el niño con vocación
de sacerdote.
La inclinación de Junco por las cosas
de la iglesia estaba influida en parte por la
labor de su padre, sacristán de la Catedral,
y su padrino Camilo Brito, archivero del Espíritu
Santo. Sin embargo, no pudo encaminar sus pasos
por la vía del sacerdocio. Todavía
a principios de siglo el Seminario de La Habana
era lugar preferencial para los hijos de españoles
y nada acogedor para los de condición mestiza
como Ramón, una barrera imposible de superar
para acceder a los estudios religiosos.
Desde muy joven comenzó a trabajar como
ayudante de joyería, oficio en el que logró
grandes avances. Pero una crisis económica
ocurrida durante el gobierno de Menocal en 1920
provocó el cierre de numerosos negocios
dedicados a estas faenas, y Ramón decidió
desarrollar sus labores solamente dentro del ámbito
eclesial. Así, los entonces seminaristas
Ángel Varela y Orlando Cobo, hoy venerables
sacerdotes de la Iglesia cubana, lo verán
haciendo de carpintero, electricista y otros trabajos
en el seminario habanero.
La vida de Ramón Junco está plena
de anécdotas interesantes, conocimiento
de grandes figuras y sucesos trascendentales,
todo esto a pesar de que la mayor parte del tiempo
se mantuvo en el círculo de su entrañable
parroquia. Es lastimoso que no haya recogido por
escrito todas las historias que guarda en su mente.
Hasta no hace mucho tiempo conservó con
mucho respeto y cariño la enseña
nacional que el colegio San Luis Gonzaga, anexo
a la iglesia parroquial, llevara al desfile en
aquel memorable 20 de mayo cuando nacía
la República. A finales de los noventa
todavía Omar Rodríguez Saludes pudo
hacer una foto de aquella bandera, casi convertida
en hilachas.
Ramoncito recuerda a Juan Gualberto Gómez,
íntimo amigo de su padrino, en las visitas
que hacía a éste en la iglesia o
los recados que llevaba a su casa. Otra figura
muy relacionada con la persona de Junco lo fue
el padre Ángel Gaztelu, destacada personalidad
de la Iglesia y la cultura cubanas, fallecido
hace pocos años en Miami. Los dos se tuvieron
un afecto mutuo que pude verificar durante una
de las últimas visitas del célebre
párroco a La Habana.
Por causas más bien relacionadas con el
mundo de la política, la figura de Grau
San Martín coincidió con la existencia
de Ramón cuando tuvo que ocultarse durante
meses en los locales de la casa parroquial huyendo
de la persecución machadista. Siendo presidente
del país el hombre de Palacio no olvidó
las atenciones y discreción del sacristán
y le envió un pase permanente para acceder
a la residencia presidencial, algo que el favorecido
nunca utilizó. Pero las muestras de gratitud
continuaron llegando a través de los regalos
enviados por Grau y su cuñada Paulina en
diferentes fechas festivas del año.
En otros momentos del acontecer cubano correspondió
a Sergio González (El Curita), contar con
el amparo del sacerdote de esta vetusta iglesia
habanera y una vez más Ramoncito veló
por la seguridad de un refugiado. Pero este sencillo
hombre no alardea de su servicio humanitario en
pro de los que requirieron su ayuda en alguna
ocasión. En definitiva, según Ramón
ésta es una prerrogativa concedida al Espíritu
Santo en el siglo XIX por una bula papal que decretaba
el derecho de asilo a los que se refugiaran en
sus predios.
Ramón Junco posee entre innumerables cualidades
alma de investigador. Esta inclinación
le llevó a buscar el paradero de los restos
del obispo Jerónimo Valdés, cuyo
cadáver fue removido del nicho para evitar
que en 1762 los ocupantes ingleses profanaran
su tumba. Al concluir la breve presencia británica
en la parte occidental de Cuba y retornar la Corona
de España, nadie recordó el sitio
del enterramiento. No fue hasta 1936 que Ramón
dio con el sitio gracias a su perseverancia y
un hecho casual que bien pude ser visto como obrado
por la Providencia.
Igualmente promovió el rescate de las
catacumbas situadas bajo el presbiterio, cuya
entrada se mantenía sellada desde 1830.
Después de ubicarlas comenzó una
ardua tarea de excavación para sacar los
escombros. Si estos locales pueden ser visitados
en la actualidad se debe antes que nada al interés
y dedicación del señor Junco.
Considerado altamente por todos los obispos y
clero que han pasado por la capital, su nombre
es conocido más allá de los límites
de la ciudad. Se dice que el Cardenal Jaime Ortega
al referirse a su persona le ha llamado el cuasi
párroco del Espíritu Santo. Si el
prelado cubano ha utilizado realmente dicha expresión,
razones no le faltan.
A la muerte de su padrino en 1946, el mismo día
que la ciudad era azotada por el famoso huracán,
Ramoncito asumió las funciones del difunto.
Desde entonces las desempeñó con
esmero hasta hace apenas cuatro años. La
confianza, deferencia y distinción hacia
su persona por parte de los dos cardenales que
ha tenido la Iglesia cubana, Manuel Arteaga y
Jaime Ortega, es motivo suficiente de modesto
orgullo para este hombre singular.
Pero a Ramón todavía le esperaba
una satisfacción extraordinaria. Durante
la visita de Juan Pablo II a Cuba se le concedió
el privilegio muy merecido de recibir de manos
del Papa la comunión. Tuve la dicha de
presenciar de cerca aquel acontecimiento, y observé
cómo le flaquearon las piernas al imperturbable
archivero cuando se disponía a subir hacia
el improvisado altar levantado en la Plaza José
Martí. Emoción comprensible si se
tiene en cuenta la cantidad de personas en el
mundo que tratan de ver al representante de Pedro
en Roma, la mayoría de las veces infructuosamente.
Sin embargo, Ramón tuvo esa gracia sin
salir de la Isla, y además recibió
la eucaristía de sus manos. Ese momento
grande quedó plasmado en una foto donde
ambos hombres de Dios, sencillos los dos en sus
respectivos puestos y de edad avanzada se encuentran
en el acto de dar y recibir a Cristo sacramentado,
uno de los mayores premios que pudo dar el Señor
en vida a este cubano bueno.
A pesar de su dedicación a la vida eclesial,
Ramón Junco asumió totalmente el
papel de laico comprometido. A la edad en que
la mayor parte de los hombres empiezan a hacer
el conteo regresivo para su ida de este mundo,
él se casó con la que sería
su compañera para toda la vida. Ella le
hizo conocer del don de la paternidad al darle
tres hijos. Únicamente la muerte pudo separar
una unión conyugal que perduró por
casi cuatro décadas. Ramón supo
sobreponerse al dolor de la pérdida.
Su vitalidad es realmente envidiable. Confiesa
que frecuentó al médico a los cincuenta
años y jamás ha tenido que ser sometido
al quirófano. Solamente en cierta ocasión,
a mediados de los noventa, la Parca realizó
una finta en su cuerpo y lo dejó inconsciente
junto al sagrario. Algunos auguraron que había
llegado la hora de su partida definitiva, pero
como el ave Fénix renace de sus cenizas,
así salió Ramón de la cama
de convaleciente en el hospital Ameijeiras. En
los días de sopor se le escuchaba musitar
la oración del Rosario que mantuvo en sus
manos todo el tiempo que estuvo ingresado.
Al recobrarse su primer pensamiento estuvo en
la pronta recuperación para regresar a
su trajinar de cada día.
Pero cien años no pasan en balde. Muchas
de las facultades de Ramoncito le han ido abandonado,
muy lentamente por cierto, pero irremediablemente.
Aún puede leer, sigue tocando el órgano
en las misas del cercano santuario de La Merced,
como lo ha venido haciendo por tanto tiempo, y
hace cuanto esté en sus manos para seguir
siendo útil, una característica
que el cardenal Ortega señaló recientemente
al ponerle como ejemplo del servicio que pueden
prestar las personas de la tercera edad.
Me hubiera gustado estar presente en las actividades
planificadas para este 31 de agosto en homenaje
a Ramón Junco Sterling en su centenario.
Lamentablemente parece que no podré estrechar
ese día su figura enjuta para desearle
que siga recibiendo la bendición divina
y que permanezca entre nosotros cuanto sea posible.
No seré el único, pues a la cita
faltarán el entrañable padre Elpidio
López y Carlos Bernal -en la diáspora-,
su amigo Eusebio Leal por problemas de salud,
su hijo mayor que reside en México, y tantos
otros que por diversas razones no podrán
felicitar personalmente al homenajeado. Pero estoy
seguro que todos, presentes y ausentes, estarán
felices al saber que el archivero, sacristán,
sacerdote de corazón y hombre bondadoso
llegó a tan extraordinaria meta.
Es nuestro deseo seguir disfrutando de Ramón,
el eterno Ramoncito de la eterna sonrisa y el
gesto afectuoso. Personas como él labran
un lugar en el corazón de quienes tienen
la suerte de conocerles. Solamente de esta manera
es que el don de la longevidad se convierte en
una bendición que todos agradecen.
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