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SOCIEDAD
Venturas y desventuras de un internacionalista
Alejandro Tur Valladares, Cubanacán
Press
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
Corría el año 1980 en Cuba. Es la
época del éxodo marítimo
del Mariel. Danilo acababa de cumplir años,
y como todo joven de su edad pronto tendrá
que acudir al "llamado de la Patria".
Aunque el servicio militar es obligatorio y para
la inmensa mayoría de sus compañeros
es un fastidio, él lo acogerá con
alegría porque es un deber revolucionario,
y qué cosa es Danilo sino un revolucionario.
Por aquellos días históricos de
consignas contra la "escoria social"
que abandonaba la isla para marcharse hacia los
Estados Unidos de América, Danilo conoció
a Martha, una joven quinceañera de procedencia
humilde y como él defensora de la causa
revolucionaria.
El amor pronto llegó, también la
noticia de que se tenía que marchar lejos
de Martha. En Angola se libraba una cruenta batalla,
muchos cubanos morían, también ellos
mataban. Aunque nunca entendió muy bien
las causas por las que el soldado cubano tuviese
que viajar miles de kilómetros para combatir
a unos hombres que jamás les habían
ofendido o agredido, aquélla era una orden,
y ya se sabe que las órdenes no se discuten,
sólo se cumplen.
Antes de marchar dejó tras sí la
promesa del matrimonio, el sueño de forjar
un hogar y de construirse una hermosa casita que
tuviese un gran jardín de girasoles, en
donde sus hijos jugarían a los escondidos.
Él iba a entregar su vida, a erosionar
su salud, a matar a otros hombres que seguramente
tenían familia. Estaba convencido que todos
esos sacrificios serían reconocidos y compensados.
Dos años en las selvas africanas donde,
con el olor de la muerte impregnada en las ropas,
el insomnio hermanado con el miedo, las pulgas
y los mosquitos picándole la piel. Dos
años sin ver a su amada, conociendo de
ella tan sólo por medio de un papel.
El tiempo pasó, y aunque aquello había
sido un verdadero infierno, el solo hecho de saberse
de regreso a su tierra ya era suficiente para
que en un solo instante todo el sufrimiento se
borrase.
Cuando descendió el avión, allí
estaba Martha. Danilo supo entonces lo dichoso
que era. Había regresado ileso de la guerra,
su mujer le había aguardado y para su familia
era un héroe. Ahora para ser feliz sólo
tendría que casarse y volver realidad aquellos
sueños que tanto había recreado
en su mente.
Pero como la dicha nunca es plena y las historias
sólo tienen un final feliz en los cuentos,
Danilo comenzó a confrontar dificultades
inesperadas desde su mismo casamiento. El hotel
donde suponía que pasaría su luna
de miel había que pagarlo con dólares,
y para remachar el clavo, tenía que ser
extranjero.
Aun cuando aquello le perturbó, no le
hizo mella. Él entendía que aquella
dolorosa medida la había tomado la revolución
para agenciarse la divisa extranjera con la que
poder construir casas y hospitales para el pueblo,
por lo que alquiló en un motel de mala
muerte y asunto resuelto.
Durante el primer año Danilo vivió
con su esposa en la casa de su suegro. Pronto
saborearía la dicha de ser padre, y aún
cuando el niño nació con cierto
impedimento de salud, no era nada serio. Supo
entonces que había llegado la hora de crear
un hogar propio y de darle a su hermosa y fiel
esposa su casita.
Un día se presentó en la Oficina
Provincial de la Vivienda. En sus manos llevaba
los documentos que le acreditaban como internacionalista,
como donante de sangre, trabajador vanguardia
y la historia clínica de su hijo. En ella
el médico que atendía al infante
recomendaba que éste se criase en un ambiente
saludable y adecuado.
Lo recibió un funcionario que le miraba
por encima de sus gafas. Le aseguró que
se encargaría de su caso, pero en ese instante
no existían casas disponibles, por lo que
le pedía que regresara después de
tres meses. Esta historia se repetiría
una y otra vez hasta el cansancio. Tres años
después aún la promesa del burócrata
no se había cumplido y Danilo había
perdido toda esperanza.
Fue por esa época que supo que Javier,
su amigo de la infancia, había construido
un bohío en un terreno baldío. Este
había utilizado en la construcción
de su vivienda tablas de palmas, planchas metálicas
y cuanto material sirviese para construir una
estructura.
Es cierto que aquélla no era como la casa
de sus sueños, pero como después
de tanto tiempo quién va a estar persiguiendo
sueños, la aceptó.
Así que metió manos a la obra y
al poco tiempo ya Danilo tenía casa propia.
Sencilla, humilde, pero eso sí, muy higiénica
y radiante de luz. Cuando estuvo terminada, la
pareja se abrazó y sin que mediaran palabras
se juraron uno al otro hacer de aquella choza
un palacio.
Lo que no había pensado Danilo era que
el terreno sobre el que se asentaba su vivienda,
tenía dueño (el estado), y que en
menos de lo que canta un gallo, tendría
sobre sí a todo un ejército de inspectores
y policías.
Cuando fue visitado por éstos, Danilo
expuso su caso, pero sólo tuvo por respuesta:
"Lo siento, pero tiene que derrumbar su casa
en un plazo menor de diez días". Su
esposa rogó, se humilló, habló
del historial del marido, intentó conmoverlos
contando los padecimientos de su hijo. Este había
nacido con desproporción de su sistema
inmunológico y ante el más leve
cambio en sus condiciones de vida podría
enfermar y hasta morir.
El resultado del esfuerzo de Martha fue en vano.
"Tiene diez días", reiteraron
los funcionarios.
El corazón se le deshizo, también
su fe en el sistema político que imperaba
en su patria. Sus ojos se abrieron al fin. Fue
entonces cuando se percató de cuánta
injusticia, miseria e indolencia había
ayudado a sostener. A partir de ese momento entendió
a aquéllos que tanto odió y solía
llamar contrarrevolucionarios. Fue ahora que descubría
a la verdadera Cuba, no la del Noticiero, sino
la de las cuartearías, la de los hambreados,
la de los reprimidos.
Ante la vista atónita de los policías,
rompió el carnet del Partido Comunista
de Cuba (PCC). La cajita con las medallas ganadas
en combate y que aún su esposa sostenía
en las manos, las tomó y las echó
a la letrina. Dicen testigos oculares de los hechos
que con la cara roja por la ira y lágrimas
en los ojos dijo como el famoso Saramago: "Hasta
aquí he llegado", dando a entender
con esto que su vínculo con la revolución
había terminado.
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