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SOCIEDAD
De churros y de refrescos
Adrián Leiva
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
Cuando nos remontamos en el tiempo y observamos
lo actual para compararlo con lo pasado haciendo
una tabla de valores donde las cosas se clasifican
en mejor o peor, los que nos escuchan hacer estas
valoraciones dicen que ya estamos entrando en
la etapa del envejecimiento. Ciertamente ocurre
que al llegar a una edad más que madura
algunas personas tienden a magnificar el pasado
mientras valoran con juicios negativos las costumbres
de las generaciones posteriores.
Tal vez algo de esto fue lo que me ocurrió
hace unos días al pasar ante un puesto
ambulante de venta de churros en La Habana.
El churro es una golosina que en Cuba se elabora
con harina de trigo y yuca. La masa procesada
se vierte en una prensa manual que le da su característica
forma cilíndrica y alargada mientras va
saliendo impulsada por la presión del operario
para introducirse en una paila con aceite hirviendo
donde se cocina. Una vez que estas tiras tubulares
se fríen son cortadas en tramos y se sirven
en unos cucuruchos de papel con azúcar
espolvoreada por encima.
Durante mi infancia, en la segunda mitad de los
sesenta, salíamos los sábados y
domingos un grupo de amigos del barrio a dar un
paseo que en lo general consistía en visitar
los cines Edison y Maravilla, distantes a unas
pocas cuadras de nuestro reparto. Por entonces
nuestros padres nos regalaban un peso a cada uno
de los paseantes y con esta cantidad de dinero
debía ser cubierto el pago del cinematógrafo
y de cualquier alimento ligero que consumiéramos
en dicha salida. Esto último se invertía
casi siempre en un paquete de churros y una botella
de refresco que por esas fechas costaban diez
y cinco centavos respectivamente. Como la entrada
al cine no rebasaba los 30 centavos, siempre nos
quedaba algo para salir el domingo.
Por esos tiempos ya las industrias cubanas estaban
estatalizadas, pero todavía el relajamiento
productivo, propio del sistema socialista, y la
baja calidad de las producciones no habían
llegado al nivel existente en la actualidad. Han
transcurrido cerca de cuatro décadas, una
diferencia que puede resultar apreciable en el
almanaque, pero que comparando la situación
actual con la de ese tiempo puede ser mucho más
apreciable para los que la vivimos.
Por ejemplo, los cines del barrio y otros tantos
fuera de éste ya no existen. La venta de
churros, después de varios años
anulada, ha vuelto a localizarse en algunos puntos
de la ciudad, pero con la diferencia de que una
cantidad aproximada de 50 gramos cuesta ahora
dos pesos en moneda nacional, lo que significa
un salto en el precio de un 2000 por ciento. La
calidad de éstos tampoco tiene nada que
ver con la de sus antecesores. Con el refresco
embotellado sucedió algo similar. Amén
del riesgo de las producciones piratas, que se
hacen en una casa con apariencias de salir de
la mejor fábrica, los que se adquieren
en las tiendas estatales hoy en día tiene
que ser pagados en divisa o en su equivalente
en moneda nacional, lo que equivale a unos once
pesos.
Viendo estos precios y los pocos lugares que
tienen los niños a los que les tocó
nacer en las postrimerías del siglo pasado,
para disfrutar el tiempo libre, imagino que pocos
de ellos podrán pedir a sus padres dinero
para comprarse un paquete de churros y un refresco
como si de una simpleza se tratase. Mucho menos
todos los fines de semana.
Es posible que con el paso del almanaque comparar
sea una mala costumbre, pero resulta inneglable
que hay cosas entre el presente y el pasado, incluso
reciente, que no resisten ser comparadas.
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