PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 26, 2005
 

POLITICA
Patria o muerte

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - Fue un emblema que hizo historia. El molde que los revolucionarios utilizaban para darle configuración a sus anhelos. Unos por convicción, otros llevados por la euforia del momento o decididos a actuar ajustando los mecanismos que regulan la astucia y el simulacro, según exigían los acontecimientos, levantaban las columnas de una nueva república que resultó ser más mediática que real.

La patria la convirtieron en un santuario, que demandaba cultos y reverencias, discursos enaltecedores y alabanzas que querían alcanzar la eternidad. Eran tiempos donde los pesimistas cargaban con el signo de la herejía.

La crítica se evaporó con las marchas multitudinarias. Muchos vieron desembarcar al populismo desde el púlpito sin saber que era una invasión de ímpetus coloniales. Invocar la soberanía tuvo y tiene en la reiteración una particularidad que ha permitido el desgaste del término, imprimiéndole a su vez importancia sólo desde la óptica del humor y la chanza, como se manifiesta en amplios sectores de la población.

Independencia es otra alusión que ha herido, durante los últimos 47 años de "socialismo", la sensibilidad de numerosos cubanos, por los abismos que existen entre el monopolio gubernamental del vocablo que lo oferta como un producto de incuestionable legitimidad y que sin embargo ha devenido en una suerte de letanía hueca que lejos de edificar, aturde.

En una época, los soviéticos se encargaron de derribar con rublos y tropas los muros de una soberanía que resultó ser una metáfora, un detalle relevante en la dramaturgia del poder, con sus ansias de imponer la unanimidad. Si total fue la entrega al Kremlin, de absolutas se deben considerar las perspectivas de un control social que nos afecta hasta el día de hoy con sus restricciones y sus arbitrariedades.

Ya no están Brezhnev, Andropov, ni Chernenko, quienes desde Moscú hacían soberana su intromisión en nuestros asuntos internos por meras utilidades estratégicas en el concierto de la guerra fría. Gorbachov y Ronald Reagan derritieron el hielo de las tensiones, con un enfrentamiento directo y frontal.

Con la partida de los "bolos", como se llamaba peyorativamente al personal de la desaparecida Unión Soviética, que por cierto no dejaron nada memorable de su cultura en su safari caribeño, sobrevino la crudeza del racionamiento. Con el adiós a los ingenieros de Ucrania, a los militares de Bielorrusia, a armenios y georgianos, llegó el período especial, que traducido al idioma cubano significa algo así como caminar descalzo sobre la lava del Krakatoa en plena erupción, o andar en short y camiseta por Groenlandia. Para resumir, es el rigor de las necesidades, sostenido y denso, como para no ver la esperanza.

Ni soberanos, ni independientes, no obstante el retorno, concluido en la década del 80 del siglo anterior, de los chicos de la otrora Gran Madre Patria hoy gobernada por un ex oficial de la KGB. Esa es la verdad pese a los vericuetos de la demagogia.

Seguimos bajo el fuego de una fraseología ceñida a la banalidad y la distorsión. Las soflamas que pretenden incendiar los auditorios, son sofismas llamados a despertar la indiferencia en el mejor de los casos.

La duda ha supuesto un amparo contra los arrebatos de prepotencia que el discurso nacionalista busca multiplicar hasta la saturación.

Después de transcurrido casi medio siglo de gobierno totalitario, cargamos con el estigma de ser extranjeros en el territorio que nos ha servido para armar sueños y familias. Lugar de amores y tristezas, de contrastes y penas, de despedidas y encuentros, de desdichas y horrores. La nación en cuenta regresiva hacia la ruina, despeñándose ante leyes que obligan a tragarse los avisos sobre una catástrofe.

Cuba languidece con sus bellos hoteles y las apartadas parcelas del paraíso reservado para los visitantes que pagan con euros, yenes o libras esterlinas. La moneda nacional sirve sólo para remendar el entorno de la miseria que se ha vuelto tan indiscreta y cotidiana.

Por fin han llegado, al barrio donde resido, las ollas prometidas por el gobierno. He visto la discordia florecer en una forma rayana en lo salvaje. Las pugnas van de las agresiones verbales hasta las intercambios de golpes. Las ventas están sujetas al racionamiento que padecen los cubanos desde 1961. Una olla por núcleo familiar. Padres contra hijos, hermanos contra hermanos, nietos contra abuelos. Algo que parecía una pausa en el contexto de las vicisitudes que agobian a la desabastecida familia cubana permitió la renovación de los conflictos entre varias generaciones obligadas a vivir en el mismo hogar a causa de la insoluble situación de la vivienda.

Las trifulcas respondían a los deseos de obtener la olla para la reventa, no para su uso en la cocción de los alimentos. A un costo de 145 pesos, unos seis pesos convertibles (1 dólar = 0.80 pesos convertibles), los enseres llegaron a cotizarse entre 15 y 20 pesos convertibles, suma obtenida por los que finalmente lograron vencer en la refriega intrafamiliar, en lo que bien podría denominarse la guerra de las cazuelas.

Como testigo de estos pasajes que definen los sinsabores de una existencia monumentalmente trágica, no hay tiempo para profundizar en una radiografía a la pretendida soberanía, y mucho menos sobre el status de independencia.

En este preciso instante recuerdo un axioma utilizado para cerrar con broche de oro las descargas políticas que llenan de gloria al anacronismo. Patria o Muerte se continúa exclamando en cónclaves y foros, en asambleas y debates circunscriptos a agendas previamente autorizadas por la nomenclatura.

Por esas casualidades de este mundo, Patria está a punto de perder la paciencia en un cuarto que le sirve de refugio y quizás de sepultura por su condición de inhabitable. Es a pocas cuadras de mi apartamento en la Habana Vieja. La pobre Patria, aunque permanezca con vida, tiene como cercana posibilidad la Muerte.


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