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POLITICA
Patria o muerte
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
Fue un emblema que hizo historia. El molde que
los revolucionarios utilizaban para darle configuración
a sus anhelos. Unos por convicción, otros
llevados por la euforia del momento o decididos
a actuar ajustando los mecanismos que regulan
la astucia y el simulacro, según exigían
los acontecimientos, levantaban las columnas de
una nueva república que resultó
ser más mediática que real.
La patria la convirtieron en un santuario, que
demandaba cultos y reverencias, discursos enaltecedores
y alabanzas que querían alcanzar la eternidad.
Eran tiempos donde los pesimistas cargaban con
el signo de la herejía.
La crítica se evaporó con las marchas
multitudinarias. Muchos vieron desembarcar al
populismo desde el púlpito sin saber que
era una invasión de ímpetus coloniales.
Invocar la soberanía tuvo y tiene en la
reiteración una particularidad que ha permitido
el desgaste del término, imprimiéndole
a su vez importancia sólo desde la óptica
del humor y la chanza, como se manifiesta en amplios
sectores de la población.
Independencia es otra alusión que ha herido,
durante los últimos 47 años de "socialismo",
la sensibilidad de numerosos cubanos, por los
abismos que existen entre el monopolio gubernamental
del vocablo que lo oferta como un producto de
incuestionable legitimidad y que sin embargo ha
devenido en una suerte de letanía hueca
que lejos de edificar, aturde.
En una época, los soviéticos se
encargaron de derribar con rublos y tropas los
muros de una soberanía que resultó
ser una metáfora, un detalle relevante
en la dramaturgia del poder, con sus ansias de
imponer la unanimidad. Si total fue la entrega
al Kremlin, de absolutas se deben considerar las
perspectivas de un control social que nos afecta
hasta el día de hoy con sus restricciones
y sus arbitrariedades.
Ya no están Brezhnev, Andropov, ni Chernenko,
quienes desde Moscú hacían soberana
su intromisión en nuestros asuntos internos
por meras utilidades estratégicas en el
concierto de la guerra fría. Gorbachov
y Ronald Reagan derritieron el hielo de las tensiones,
con un enfrentamiento directo y frontal.
Con la partida de los "bolos", como
se llamaba peyorativamente al personal de la desaparecida
Unión Soviética, que por cierto
no dejaron nada memorable de su cultura en su
safari caribeño, sobrevino la crudeza del
racionamiento. Con el adiós a los ingenieros
de Ucrania, a los militares de Bielorrusia, a
armenios y georgianos, llegó el período
especial, que traducido al idioma cubano significa
algo así como caminar descalzo sobre la
lava del Krakatoa en plena erupción, o
andar en short y camiseta por Groenlandia. Para
resumir, es el rigor de las necesidades, sostenido
y denso, como para no ver la esperanza.
Ni soberanos, ni independientes, no obstante
el retorno, concluido en la década del
80 del siglo anterior, de los chicos de la otrora
Gran Madre Patria hoy gobernada por un ex oficial
de la KGB. Esa es la verdad pese a los vericuetos
de la demagogia.
Seguimos bajo el fuego de una fraseología
ceñida a la banalidad y la distorsión.
Las soflamas que pretenden incendiar los auditorios,
son sofismas llamados a despertar la indiferencia
en el mejor de los casos.
La duda ha supuesto un amparo contra los arrebatos
de prepotencia que el discurso nacionalista busca
multiplicar hasta la saturación.
Después de transcurrido casi medio siglo
de gobierno totalitario, cargamos con el estigma
de ser extranjeros en el territorio que nos ha
servido para armar sueños y familias. Lugar
de amores y tristezas, de contrastes y penas,
de despedidas y encuentros, de desdichas y horrores.
La nación en cuenta regresiva hacia la
ruina, despeñándose ante leyes que
obligan a tragarse los avisos sobre una catástrofe.
Cuba languidece con sus bellos hoteles y las
apartadas parcelas del paraíso reservado
para los visitantes que pagan con euros, yenes
o libras esterlinas. La moneda nacional sirve
sólo para remendar el entorno de la miseria
que se ha vuelto tan indiscreta y cotidiana.
Por fin han llegado, al barrio donde resido,
las ollas prometidas por el gobierno. He visto
la discordia florecer en una forma rayana en lo
salvaje. Las pugnas van de las agresiones verbales
hasta las intercambios de golpes. Las ventas están
sujetas al racionamiento que padecen los cubanos
desde 1961. Una olla por núcleo familiar.
Padres contra hijos, hermanos contra hermanos,
nietos contra abuelos. Algo que parecía
una pausa en el contexto de las vicisitudes que
agobian a la desabastecida familia cubana permitió
la renovación de los conflictos entre varias
generaciones obligadas a vivir en el mismo hogar
a causa de la insoluble situación de la
vivienda.
Las trifulcas respondían a los deseos
de obtener la olla para la reventa, no para su
uso en la cocción de los alimentos. A un
costo de 145 pesos, unos seis pesos convertibles
(1 dólar = 0.80 pesos convertibles), los
enseres llegaron a cotizarse entre 15 y 20 pesos
convertibles, suma obtenida por los que finalmente
lograron vencer en la refriega intrafamiliar,
en lo que bien podría denominarse la guerra
de las cazuelas.
Como testigo de estos pasajes que definen los
sinsabores de una existencia monumentalmente trágica,
no hay tiempo para profundizar en una radiografía
a la pretendida soberanía, y mucho menos
sobre el status de independencia.
En este preciso instante recuerdo un axioma utilizado
para cerrar con broche de oro las descargas políticas
que llenan de gloria al anacronismo. Patria o
Muerte se continúa exclamando en cónclaves
y foros, en asambleas y debates circunscriptos
a agendas previamente autorizadas por la nomenclatura.
Por esas casualidades de este mundo, Patria está
a punto de perder la paciencia en un cuarto que
le sirve de refugio y quizás de sepultura
por su condición de inhabitable. Es a pocas
cuadras de mi apartamento en la Habana Vieja.
La pobre Patria, aunque permanezca con vida, tiene
como cercana posibilidad la Muerte.
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