PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 25, 2005
 

POLITICA
El fascismo: mi nueva ideología

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - Disfrutaba el aire fresco y los colores de la primavera. Los árboles eran los espectadores de mi calvario. El sol un paréntesis en el fragor de las penumbras. El automóvil hacía alardes de su ligereza queriendo imitar los pasos de una pantera. Yo iba detrás con dos acompañantes. Eran policías de mirada torva, apoderados de todos los silencios. Los ruidos ambientales y el motor del vehículo constituían la única sonoridad en aquel itinerario con destino a un sitio con el olor de la infamia. Mis manos, inutilizadas por las esposas, me recordaban el 18 de marzo de 2003, el día del allanamiento a mi residencia, las pesquisas en busca de elementos para incriminarme, la captura de mis libros de periodismo, mis dos máquinas de escribir cubiertas de remiendos y penas y los últimos textos periodísticos comprometidos con el acontecer que permanece ausente de los medios oficiales.

Durante cinco semanas fui huésped de las mazmorras. Sin ventilación, una luz fluorescente las 24 horas, agua de manera efímera, calor africano, compañía de tres personas con un peligroso historial delictivo, celda de aproximadamente 2 metros de largo por 1.20 metros de ancho, interrogatorios, visitas de dos familiares por espacio de 10 minutos, una vez por semana.

Una abstracción, el espejismo de un iluminado. Eso pensaba sobre el tiempo, que en tales circunstancias, había sido convertido en parte del instrumental de la tortura. Por decisiones inapelables Villa Marista, el Cuartel General de la Seguridad del Estado, se erigía en mi nuevo hábitat.

De allí me habían sacado, para vestir de legalidad los atropellos. A pocas horas de comenzar la parodia jurídica, estaba en el umbral de la perfidia. Más tarde vería el derecho hecho piltrafa.

La neutralidad fue un deseo, el rencor y la insania dos excesos, el proceso una vergüenza.

En la mañana del 4 de abril, sería la vista oral. La petición del fiscal era de 15 años tras las rejas. Escribir al margen de la uniformidad, que hace del periodismo apadrinado por el gobierno una de las actividades más desprestigiadas dentro del orden institucional vigente, eran pruebas suficientes para avalar la condena.

El automóvil se detuvo, decenas de agentes de la policía política rodeaban el recinto que serviría de tribunal y de circo. Unos 50 jóvenes, al parecer militantes de la Juventud Comunista o alumnos de escuelas militares, ocupaban casi todos los asientos. En un rincón, nuestros familiares.

Por primera vez vi a mi abogado. Nuestro intercambio fue como un relámpago en la noche. Diez minutos, ni más, ni menos.

Lluvias de calumnias, embustes, acusaciones falsas, consumieron la casi totalidad de la sesión, que superó las 8 horas.

Atribulado y conociendo de antemano la derrota, mi abogado hizo unas piruetas verbales para limpiar con algo su conciencia. Su importancia allí era puramente ornamental, fungía como parte del elenco de una obra calculada con frialdad. Su intervención sólo serviría para darle fachada de imparcialidad y trascendencia profesional al juicio.

Junto con el desvanecimiento de la tarde llegaba a su fin la farsa con los cinco jueces y el fiscal, que confirmaron con sus intervenciones lo decidido por los verdaderos administradores de la injusticia: la policía política, y los encumbrados líderes del poder absoluto.

Regresé a las catacumbas de Villa Marista para completar los 36 días. A finales del mismo mes de abril estaba en la Prisión Provincial de Guantánamo, a 910 kilómetros de mi lugar de residencia. No me sorprendí al conocer que mi sanción se había elevado a 18 años. Así comenzaba otra etapa de mi vía crucis en un ambiente pleno de hostilidad y sufrimiento. Intentos de suicidio, los rostros enajenados por el hambre y la violencia y la compañía de roedores, escorpiones, mosquitos resultaron escenarios naturales dentro del mundo carcelario.

He estado al tanto de las informaciones sobre los cinco agentes cubanos descubiertos en Miami, en 1998, por el Buró Federal de Investigaciones. Quizás sus condenas hayan sido desproporcionadas y el juicio salpicado de presuntas anomalías que favorecieron el dictamen de los acusadores.

Ellos, que operaban con identidades falsas, que incluso le ocuparon planos de lugares estratégicos, entre otras implicaciones sensibles, han contado con garantías procesales que no hemos tenido los hallados culpables por cargos que deberían estremecer el pudor de los incriminadores.

Se alimentan adecuadamente, hablan por teléfono y se comunican por Internet con periodistas, sacerdotes, escritores, y un sinfín de nacionales y extranjeros que han elegido por convicción, confusión o cinismo solidarizarse con su causa. Cuentan con una aceptable atención médica, no están a merced de la suciedad y el hacinamiento que deben soportar miles de prisioneros en Cuba.

Por aquí se proclama con intensidad que en los Estados Unidos avanza la estructuración de un estado fascista.

La votación unánime del Onceno Circuito de Atlanta favorable a los cinco agentes de la inteligencia cubana define que pese a los infundios de la propaganda montada para labores de prestidigitación cultural y las imperfecciones que suelen acompañar a toda obra humana, las instituciones norteamericanas son verdaderamente independientes.

La cantinela de los medios que en Cuba anuncian la cercanía del Cuarto Reich o la amenaza del fantasma de Mussolini en tierras de Abraham Lincoln, dan una nota de calamidad intelectual y por supuesto de incoherencia.

Allá hay espacio para marxistas y trotskistas, conservadores y liberales, musulmanes y budistas. El New York Times critica la guerra en Irak y publica sin consultar con la Casa Blanca. Existe el derecho a huelga y a desautorizar con pancartas y consignas al presidente de la nación.

Residentes y ciudadanos pueden irse y regresar sin la necesidad de un permiso de las autoridades migratorias como es pertinente en este remedo de socialismo.

Ni en Washington ni en los Ángeles ni en Miami ni New York hubiese sido posible condenar y fusilar a tres negros en unos días por intentar el secuestro de una embarcación, en una acción que no arrojó víctimas fatales ni heridos, como sucedió en marzo de 2003 en La Habana.

Los cinco tendrán un nuevo juicio gracias al fallo de ese tribunal derivado del fascismo. Por acá las instancias judiciales no conocen la benevolencia, salvo extrañas excepciones, y mucho menos tienen a mano la independencia que les proporcionaría honra y prestigio. Los más de 300 presos políticos y de conciencia continuarán purgando sus penas en las horribles ergástulas, privados de un recurso apelatorio que alcance las debidas cuotas de dignidad.

Es imposible revocar mi elección. Definitivamente, si todo el sistema democrático que rige en los Estados Unidos es fascista, yo lo asumo como mi nueva ideología.

 


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