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POLITICA
El fascismo: mi nueva ideología
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
Disfrutaba el aire fresco y los colores de la
primavera. Los árboles eran los espectadores
de mi calvario. El sol un paréntesis en
el fragor de las penumbras. El automóvil
hacía alardes de su ligereza queriendo
imitar los pasos de una pantera. Yo iba detrás
con dos acompañantes. Eran policías
de mirada torva, apoderados de todos los silencios.
Los ruidos ambientales y el motor del vehículo
constituían la única sonoridad en
aquel itinerario con destino a un sitio con el
olor de la infamia. Mis manos, inutilizadas por
las esposas, me recordaban el 18 de marzo de 2003,
el día del allanamiento a mi residencia,
las pesquisas en busca de elementos para incriminarme,
la captura de mis libros de periodismo, mis dos
máquinas de escribir cubiertas de remiendos
y penas y los últimos textos periodísticos
comprometidos con el acontecer que permanece ausente
de los medios oficiales.
Durante cinco semanas fui huésped de las
mazmorras. Sin ventilación, una luz fluorescente
las 24 horas, agua de manera efímera, calor
africano, compañía de tres personas
con un peligroso historial delictivo, celda de
aproximadamente 2 metros de largo por 1.20 metros
de ancho, interrogatorios, visitas de dos familiares
por espacio de 10 minutos, una vez por semana.
Una abstracción, el espejismo de un iluminado.
Eso pensaba sobre el tiempo, que en tales circunstancias,
había sido convertido en parte del instrumental
de la tortura. Por decisiones inapelables Villa
Marista, el Cuartel General de la Seguridad del
Estado, se erigía en mi nuevo hábitat.
De allí me habían sacado, para
vestir de legalidad los atropellos. A pocas horas
de comenzar la parodia jurídica, estaba
en el umbral de la perfidia. Más tarde
vería el derecho hecho piltrafa.
La neutralidad fue un deseo, el rencor y la insania
dos excesos, el proceso una vergüenza.
En la mañana del 4 de abril, sería
la vista oral. La petición del fiscal era
de 15 años tras las rejas. Escribir al
margen de la uniformidad, que hace del periodismo
apadrinado por el gobierno una de las actividades
más desprestigiadas dentro del orden institucional
vigente, eran pruebas suficientes para avalar
la condena.
El automóvil se detuvo, decenas de agentes
de la policía política rodeaban
el recinto que serviría de tribunal y de
circo. Unos 50 jóvenes, al parecer militantes
de la Juventud Comunista o alumnos de escuelas
militares, ocupaban casi todos los asientos. En
un rincón, nuestros familiares.
Por primera vez vi a mi abogado. Nuestro intercambio
fue como un relámpago en la noche. Diez
minutos, ni más, ni menos.
Lluvias de calumnias, embustes, acusaciones falsas,
consumieron la casi totalidad de la sesión,
que superó las 8 horas.
Atribulado y conociendo de antemano la derrota,
mi abogado hizo unas piruetas verbales para limpiar
con algo su conciencia. Su importancia allí
era puramente ornamental, fungía como parte
del elenco de una obra calculada con frialdad.
Su intervención sólo serviría
para darle fachada de imparcialidad y trascendencia
profesional al juicio.
Junto con el desvanecimiento de la tarde llegaba
a su fin la farsa con los cinco jueces y el fiscal,
que confirmaron con sus intervenciones lo decidido
por los verdaderos administradores de la injusticia:
la policía política, y los encumbrados
líderes del poder absoluto.
Regresé a las catacumbas de Villa Marista
para completar los 36 días. A finales del
mismo mes de abril estaba en la Prisión
Provincial de Guantánamo, a 910 kilómetros
de mi lugar de residencia. No me sorprendí
al conocer que mi sanción se había
elevado a 18 años. Así comenzaba
otra etapa de mi vía crucis en un ambiente
pleno de hostilidad y sufrimiento. Intentos de
suicidio, los rostros enajenados por el hambre
y la violencia y la compañía de
roedores, escorpiones, mosquitos resultaron escenarios
naturales dentro del mundo carcelario.
He estado al tanto de las informaciones sobre
los cinco agentes cubanos descubiertos en Miami,
en 1998, por el Buró Federal de Investigaciones.
Quizás sus condenas hayan sido desproporcionadas
y el juicio salpicado de presuntas anomalías
que favorecieron el dictamen de los acusadores.
Ellos, que operaban con identidades falsas, que
incluso le ocuparon planos de lugares estratégicos,
entre otras implicaciones sensibles, han contado
con garantías procesales que no hemos tenido
los hallados culpables por cargos que deberían
estremecer el pudor de los incriminadores.
Se alimentan adecuadamente, hablan por teléfono
y se comunican por Internet con periodistas, sacerdotes,
escritores, y un sinfín de nacionales y
extranjeros que han elegido por convicción,
confusión o cinismo solidarizarse con su
causa. Cuentan con una aceptable atención
médica, no están a merced de la
suciedad y el hacinamiento que deben soportar
miles de prisioneros en Cuba.
Por aquí se proclama con intensidad que
en los Estados Unidos avanza la estructuración
de un estado fascista.
La votación unánime del Onceno
Circuito de Atlanta favorable a los cinco agentes
de la inteligencia cubana define que pese a los
infundios de la propaganda montada para labores
de prestidigitación cultural y las imperfecciones
que suelen acompañar a toda obra humana,
las instituciones norteamericanas son verdaderamente
independientes.
La cantinela de los medios que en Cuba anuncian
la cercanía del Cuarto Reich o la amenaza
del fantasma de Mussolini en tierras de Abraham
Lincoln, dan una nota de calamidad intelectual
y por supuesto de incoherencia.
Allá hay espacio para marxistas y trotskistas,
conservadores y liberales, musulmanes y budistas.
El New York Times critica la guerra en Irak y
publica sin consultar con la Casa Blanca. Existe
el derecho a huelga y a desautorizar con pancartas
y consignas al presidente de la nación.
Residentes y ciudadanos pueden irse y regresar
sin la necesidad de un permiso de las autoridades
migratorias como es pertinente en este remedo
de socialismo.
Ni en Washington ni en los Ángeles ni
en Miami ni New York hubiese sido posible condenar
y fusilar a tres negros en unos días por
intentar el secuestro de una embarcación,
en una acción que no arrojó víctimas
fatales ni heridos, como sucedió en marzo
de 2003 en La Habana.
Los cinco tendrán un nuevo juicio gracias
al fallo de ese tribunal derivado del fascismo.
Por acá las instancias judiciales no conocen
la benevolencia, salvo extrañas excepciones,
y mucho menos tienen a mano la independencia que
les proporcionaría honra y prestigio. Los
más de 300 presos políticos y de
conciencia continuarán purgando sus penas
en las horribles ergástulas, privados de
un recurso apelatorio que alcance las debidas
cuotas de dignidad.
Es imposible revocar mi elección. Definitivamente,
si todo el sistema democrático que rige
en los Estados Unidos es fascista, yo lo asumo
como mi nueva ideología.
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