|
OLA
REPRESIVA
Historia de amor con caballero y dama
Miguel Saludes
LA HABANA, Cuba (www.cubanet.org) - Cuando a
Loida le visitaron para entregarle los bombillos
ahorradores que se están repartiendo a
la población cubana, respondió que
a su casa le faltaba la luz más importante,
refiriéndose a su esposo Alfredo Felipe,
condenado a 25 años de prisión durante
los procesos de abril de 2003.
Desde aquella jornada su alma pena por el alejamiento
forzado e injusto de un amor que tres décadas
de unión matrimonial no han logrado debilitar.
Pero más allá de las razones políticas
esgrimidas para materializar esta separación,
incluso de la situación en que se encuentra
el prisionero de conciencia, éste es un
acercamiento a una pareja de enamorados que ante
las adversidades se ha crecido poniendo más
amor en su camino.
Escuchar hablar a estos cónyuges del cariño
que se tienen es la mejor prueba del sentimiento
mutuo que les une. Dicen que la época presente
no es propicia para los afectos sinceros, y para
confirmarlo se acude a la sentencia de un canto
popular que tuvo mucho éxito en Cuba hace
pocos años sobre el hecho de que entre
nosotros se perdió el querer. Sin embargo,
historias como la de Loida y Alfredo desmienten
ese criterio.
Se conocieron en la etapa en que eran estudiantes
de la secundaria básica Eduardo Egea, en
su natal Artemisa. Loida rememora aquel primer
encuentro en la etapa de escuela al campo, donde
un gesto de Alfredo que ella califica de machista
provocó el encontronazo entre ambos. Él
había dejado la bandeja sucia con cierto
aire de superioridad por su mayoría en
edad y grado que cursaba. El gesto provocó
la llamada de atención de la entonces jefa
de la brigada de cocina. Este detalle permaneció
en la mente de ambos en otra estancia de trabajo
en el campo donde se hicieron novios.
Esto ocurrió en un sitio nombrado Los
Pinos de Portugués cuando Alfredo, ya en
el servicio militar, aprovechaba sus pases para
merodear por el campamento de estudiantes. En
una de sus visitas le anunció sin muchas
ceremonias que vendría de nuevo para verla
especialmente a ella. Aquel día nació
un romance que ya cumplió 34 años.
Después comenzaron las visitas a la casa,
una formalidad que estaba aún vigente entre
las familias cubanas.
Una de las primeras características que
Loida apreció en Alfredo era su constancia
y diligencia. No se amilanaba por nada ni se dejaba
impresionar con facilidad, ni siquiera ante la
seriedad con que lo recibieron los padres de la
novia. Formalmente les dio su palabra de cumplir
a cabalidad el compromiso contraído entonces.
Muy pronto Loida comprendió que aquellas
relaciones serían difíciles de conciliar,
pues el joven demostraba cierto talante contestatario,
gustaba leer de forma independiente temas y libros
que para ella eran todo un descubrimiento.
Esta situación creaba tensiones en la
relación. Un día sus padres notaron
algo extravagante en el vestuario del visitante.
Dos cruces negras resaltaba en ambos extremos
del cuello de la camisa. Pero lo peor vino cuando
vieron otra de gran tamaño que cubría
toda la espalda de la prenda de vestir. Cuando
incitada por los mayores fue a pedir una explicación
sobre esta extraña ornamentación
la respuesta que recibió fue tajante. Además
de no dar ninguna razón, Alfredo hizo entender
que existía una frontera que no debía
ser rebasada. O lo aceptaba como era o no podrían
seguir el noviazgo.
Loida lo entendió y optó por el
amor. Así se casaron un 4 de diciembre,
ella con 17 años y él con 22.
Después de nacido el primer hijo, que
lleva el nombre de Alfredo como su padre, deciden
reanudar los estudios. Entonces él trabajaba
como administrativo de una empresa constructora.
Al principio Loida le repasa las asignaturas que
tenía mucho más frescas en la memoria,
pero después fue Alfredo quien se convirtió
en su profesor de cálculo, derivadas e
integrales. Las pruebas de ingreso y los cursos
de superación les llevaron a las puertas
de la Universidad, donde matriculan Economía,
en horario especial para trabajadores.
Estudiaban y trabajaban al mismo tiempo. Fueron
tiempos de muchos desvelos, pues tenían
que aprovechar el sueño de su niño
duplicando de esta manera las horas que se hacían
escasas y limitadas. En 1980 se graduaron y junto
con el título les nace su niña Dayneris.
Si alguna vez Loida sintió celos fue por
la atracción que el ajedrez ejercía
sobre su esposo. Ella no gustaba ni comprendía
aquel difícil juego, pero por no dejar
de compartir tiempo con su pareja fue venciendo
la adversión hacia el deporte de los trebejos
para adentrarse en sus complejidades. Mientras
le acompañaba tomaba las notas de cada
movida en los eventos donde él participaba.
El primer choque social se produce cuando una
plaza en el Mariel le es denegada a Alfredo a
pesar de su expediente y resultados académicos.
La falta de integración política
y la actitud mantenida en el plantel universitario
dejaron pesadas huellas en la evaluación
ideológica del educando. En San Cristóbal
ambos consiguen ubicación en la Empresa
de Alimentación, él como jefe económico
y ella de contadora auxiliar.
Alfredo demostró una capacidad e interés
poco frecuente en el desempeño de aquella
responsabilidad. Luchaba los recursos del estado
como si estos fueran propios. Loida manifiesta
que si todos los que dicen ser revolucionarios
hubieran hecho igual quizás las cosas fueran
diferentes. Sentados uno frente al otro en el
departamento de Estadística municipal hacían
un equipo tremendo donde no quedaba espacio para
el aburrimiento o el tedio que suele producir
el contacto diario entre un matrimonio.
El carácter ahorrativo -quizás
pocos ahorren tanto como él la electricidad
y otros recursos no renovables- y la seriedad
de su trabajo daban motivo a la confianza depositada
por sus superiores. Los informes que enviaba con
datos importantes ni siquiera eran verificados
por los tecnócratas que venían a
buscarlos para llevarlos a otros niveles. Todo
lo pedía y daba por escrito, costumbre
que le permitió conservar un gran archivo
que demuestra su eficiencia. Esta manera precisa
de ejercer su labor le ganó el apodo de
"rosca fina". Ella sonríe al
rememorar este detalle.
Luego su rostro retorna a la gravedad cuando
recuerda cómo al solicitar el lugar vacante
en el banco de su pueblo, no se le concedió.
Al parecer le seguía faltando lealtad política
hacia el sistema y el resultado de que la evaluación
técnica de Alfredo Felipe estaba lastrado
con recomendaciones de tipo ideológico
le vetaban la calificación de excepcionalmente
positivo que le correspondía y con ellas
la posibilidad de trabajar en ese puesto. Un nuevo
motivo de decepción.
Otro rasgo que distingue a este hombre sencillo
son sus valores humanos. Recuerda que le compró
una jaba de naranjas a una anciana que trataba
penosamente de vender su carga, sin pensar que
tenían el viandero lleno de estas frutas.
Por cosas como ésta supo ganarse el respeto
de los revolucionarios de su pueblo, muchos de
los cuales hoy se preocupan constantemente por
su situación.
En pleno período especial, cuando la economía
domestica se tornó compleja, empezó
a llevar frutos del campo hacia La Habana y desde
la ciudad artículos industriales deficitarios
en su localidad haciendo funciones de un verdadero
mercader. Confeccionaba plantas de soldar y hasta
buscaba obtener con sus inventiva algún
premio en la Asociación de Racionalizadores.
Se dedicó a pulir pisos y a vestir de granito
las cocinas y baños. Por eso se ofende
al escuchar la acusación absurda de mercenario
hecha a un hombre que sudó tanto la camisa
para mantener la familia. El día antes
de ser detenido había traído de
la capital varios peines y tomacorrientes comprados
en las tiendas de venta minorista de moneda nacional.
Entró a formar parte de la oposición
en Armonía, con Indamiro Restano, y posteriormente,
durante la campaña cívica por el
Proyecto Varela, dedicó mucho de su talento,
esfuerzo y sacrificios en la divulgación
y colecta de firmas en la región de Artemisa
y en sus aledaños, actividad en la que
una vez más contó con el acompañamiento
de Loida, quien en este caso fungió casi
como su secretaria.
Ahora desde la prisión esta historia de
amor sigue llenado páginas hermosas. La
preocupación se pone de manifiesto y el
temor del esposo por su compañera que vive
estos momentos duros hizo brotar en ella la poesía.
No te preocupes por mí
conozco la fortaleza
casi al borde de la infancia
me atravesé en tu trillo
haciendo que me miraras
aunque parecía un grillo.
No sé porque me viene la imagen de aquellas
historias de caballería en las que el guerrero
se disponía a enfrentar todos los peligros
para rescatar a la amada. En ésta los términos
se han invertido. Revestida de una coraza de sentimientos
y con la espada de su palabra, esta mujer se echó
al ruedo para romper cuantas lanzas sean precisas
por sacar del encierro a su caballero cautivo.
La fuerza del amor le da la confianza suficiente
para saber que más temprano que tarde tendrá
a su lado al novio de toda la vida para seguir
compartiendo juntos muchos años de felicidad.
|