PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 22, 2005
 

SOCIEDAD
De poeta tenía mucho; de loco muy poco

Jannice Broche, Villa Blanca Press

SANTA CLARA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - José González Hernández nació con todas las de perder. Negro, homosexual, humilde y poeta, en una isla donde el racismo y el machismo la desbordan.

Conocido por todos cariñosamente como Pepe, raras veces tenía un rumbo fijo. Prefería viajar en tren. Se sentaba en un rincón del vehículo con un jabuco lleno de hojas de papel, escritas de su puño y letra. También llevaba consigo una alcancía improvisada. Eran su fiel compañía.

Durante la travesía, Pepe sacaba las cuartillas con los poemas. Los leía con tono noble y una sonrisa en sus labios para atraer la atención de los viajeros, quienes quedaban impresionados con la belleza de los poemas, que llegaban al centro del drama eterno del hombre. Los pasajeros, sorprendidos por la inteligencia y la dicción de aquel anónimo poeta, le llenaban la alcancía de billetes, algunos de alta denominación.

Todos veían un rostro que mostraba gratitud y alegría, pero nadie miraba sus ojos color café que, desolados, ocultaban la melancolía de su alma.

Coincidí con Pepe en varios viajes. Después de ganarse algún dinero se sentaba cabizbajo y serio. La última vez que lo vi conversamos mucho, y supe el por qué de su aflicción. Tenía 73 años y una familia que vive pobremente. Se vio obligado a abandonar su hogar. Sólo vuelve a la casa cuando puede, de visita, a llevar el resultado de su inteligencia, y así ayudar a sus sobrinos y única hermana, ciega crónica que espera ansiosamente su llegada.

Me comentó que en su juventud era un buen poeta y escritor, y le publicaban sus libros. Pero conoció y sufrió la realidad de Cuba y convirtió su quehacer poético en un proceso de íntima libertad. Pero le costó demasiado caro. Los directivos de la Unión de Escritores y Artistas lo amenazaron con desemplearlo, pero este valiente poeta no se sometió, no fue obediente ni supo escribir bajo consignas, aunque conocía que las dictaduras recurren a la fuerza y la represión.

Los verdaderos poetas no suelen ser sumisos, y Pepe era un verdadero poeta. Por eso lo dejaron sin trabajo, sumido en el olvido. Aquella fue nuestra primera y última conversación. Supe, más tarde, que el poeta había muerto de un infarto.

Pepe, en virtud de la poesía y de su radical compromiso ético, se ha convertido en un símbolo de las ansias de libertad del pueblo cubano. Hoy se le conoce y se le admira. Todos hablan del poeta, aún sin haberlo conocido. Y los que memorizamos sus poesías lo consideramos indestructible, como la belleza verdadera, ésa que se lleva bien adentro.

Recorro con mi mente su vasta geografía humana, y cada poema es una bella anécdota, un momento grabado con amor en la memoria de todos los que lo conocimos. Nunca quedará en la oscuridad del olvido.


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