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SOCIEDAD
De poeta tenía mucho; de loco muy poco
Jannice Broche, Villa Blanca Press
SANTA CLARA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org)
- José González Hernández
nació con todas las de perder. Negro, homosexual,
humilde y poeta, en una isla donde el racismo
y el machismo la desbordan.
Conocido por todos cariñosamente como
Pepe, raras veces tenía un rumbo fijo.
Prefería viajar en tren. Se sentaba en
un rincón del vehículo con un jabuco
lleno de hojas de papel, escritas de su puño
y letra. También llevaba consigo una alcancía
improvisada. Eran su fiel compañía.
Durante la travesía, Pepe sacaba las cuartillas
con los poemas. Los leía con tono noble
y una sonrisa en sus labios para atraer la atención
de los viajeros, quienes quedaban impresionados
con la belleza de los poemas, que llegaban al
centro del drama eterno del hombre. Los pasajeros,
sorprendidos por la inteligencia y la dicción
de aquel anónimo poeta, le llenaban la
alcancía de billetes, algunos de alta denominación.
Todos veían un rostro que mostraba gratitud
y alegría, pero nadie miraba sus ojos color
café que, desolados, ocultaban la melancolía
de su alma.
Coincidí con Pepe en varios viajes. Después
de ganarse algún dinero se sentaba cabizbajo
y serio. La última vez que lo vi conversamos
mucho, y supe el por qué de su aflicción.
Tenía 73 años y una familia que
vive pobremente. Se vio obligado a abandonar su
hogar. Sólo vuelve a la casa cuando puede,
de visita, a llevar el resultado de su inteligencia,
y así ayudar a sus sobrinos y única
hermana, ciega crónica que espera ansiosamente
su llegada.
Me comentó que en su juventud era un buen
poeta y escritor, y le publicaban sus libros.
Pero conoció y sufrió la realidad
de Cuba y convirtió su quehacer poético
en un proceso de íntima libertad. Pero
le costó demasiado caro. Los directivos
de la Unión de Escritores y Artistas lo
amenazaron con desemplearlo, pero este valiente
poeta no se sometió, no fue obediente ni
supo escribir bajo consignas, aunque conocía
que las dictaduras recurren a la fuerza y la represión.
Los verdaderos poetas no suelen ser sumisos,
y Pepe era un verdadero poeta. Por eso lo dejaron
sin trabajo, sumido en el olvido. Aquella fue
nuestra primera y última conversación.
Supe, más tarde, que el poeta había
muerto de un infarto.
Pepe, en virtud de la poesía y de su radical
compromiso ético, se ha convertido en un
símbolo de las ansias de libertad del pueblo
cubano. Hoy se le conoce y se le admira. Todos
hablan del poeta, aún sin haberlo conocido.
Y los que memorizamos sus poesías lo consideramos
indestructible, como la belleza verdadera, ésa
que se lleva bien adentro.
Recorro con mi mente su vasta geografía
humana, y cada poema es una bella anécdota,
un momento grabado con amor en la memoria de todos
los que lo conocimos. Nunca quedará en
la oscuridad del olvido.
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